El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El placer como renacimiento

Por satisfacer a otros hemos sacrificado nuestro propio goce. La bulimia, las relaciones tóxicas y el repudio a todo lo que somos resultan de olvidarnos de nosotras mismas.

Por María del Mar Ramón

24 de noviembre de 2019

Foto: cortesía.
PUBLICIDAD

Desde la primera vez que alguien me dijo que estaba demasiado gorda para comerme ese arequipito –cuando apenas era una niña–, hasta esas veces en las que –de adulta– me dijeron que mis deseos eran incorrectos, yo entendí que el problema no era ese arequipito, no eran los chicos que me gustaban y no era la forma en la que me quería vestir: el problema era el placer que todo eso me generaba. Lo que había que acallar, moldear y anular era mi placer. Lo que había que borrar de mi experiencia vital era la sensación de felicidad que me generaba satisfacer mis propios deseos. Lo que había que prohibir era que yo pudiera pasarla bien y sentir placer en mi propia piel.

Entonces hice lo que me dijeron que tenía que hacer. Seguí mi deber como mujer en una sociedad como la nuestra y me obsesioné con la comida. Recorté, anulé o medí con extrema precisión cualquier alimento que me trajera dicha pura: dulces, harinas, postres, pizzas y hamburguesas. La hambruna y la disciplina se volvieron mi forma de vida. Adelgacé, fui lo que los demás querían que fuera, pero también me odié. Me odié tanto. Hice caso a las indicaciones de la gente y repudié cada gramo de mi cuerpo, que era incorrecto o inadecuado. Siempre podía estar más flaca, siempre debía querer estarlo, siempre había algún alimento más para recortar, algún kilómetro más para correr. Así me convertí en bulímica y así comprendí que el único cuerpo posible para las mujeres es uno que no existe. Que el deber sobre nuestras identidades es borrarlas, anular todo gusto por la vida, todo deseo satisfecho, y existir para la falta y la carencia: existir para el hambre.

Lo mismo pasó con la mayoría de mis relaciones con los hombres. Tuve tan claro lo que tenía que ser para gustarles que me olvidé yo de elegir, yo de desear y yo de querer. Olvidarme de ese deseo, o nunca haberlo tenido como opción, habilitó una enorme cantidad de violencias solapadas y crueles en las relaciones con mis parejas. Siempre a disposición de las ganas de un otro, nunca pensando en mis ganas. Nunca pensando en mí.

El placer es también una forma de sanación porque implica, necesariamente, pensar en nosotras. Considerar cuidadosamente qué es lo que realmente queremos, en contraposición a qué es lo que nos dijeron que teníamos que querer.

El placer –que las mujeres transitemos por esta vida felices y en nuestros propios términos– es una forma de sanación, renacimiento, revolución y resistencia. Y también es una forma de amor.

Ver todas las noticias