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«El ser muy enamorado me puso a escribir» Carlos Vives

Como director invitado de la revista, puso su oficina en la playa y quiso que cada página fuera un juglar que le cantara, con sentimiento, a su Colombia fantástica.

Por Jairo Dueñas

22 de septiembre de 2014

«El ser muy enamorado me puso a escribir» Carlos Vives
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Tiene la comodidad, la parsimonia y el buen ánimo del que se siente a sus anchas,  sin que nada le talle, en  su holgado trono de 53 años. Su poder es la música, su ángel es su espíritu samario y su identidad es la provincia. Respira tambores, suspira gaitas, se pinta la cara de colores vivos y siempre quiere volver por el camino viejo… para empezar de nuevo.

 

«Es que los samarios hemos sido muy incrédulos con nuestra propia historia.»

Foto: Hernán Puentes

 

Decir que este ídolo samario de uno ochenta y tres metros de estatura cabe completo en su sonrisa no es un malabar de contorsionista, es hablar de un hombre franco y de una victoria merecida en una prueba que muy pocos pasan. Porque cuando alguien intenta aparentar y cubrirse con su buen ánimo, sabiendo de antemano que este no le da la talla, resulta un patético espectáculo. Estos son los felices forzados. Los dichosos por encargo. Los jubilosos libreteados. Los graciosos desgraciados. Ruidosas fuentes sin agua. Hay que tener disposición de espíritu para echarse de verdad la propia alegría encima sin parecer falso y acartonado, sin pensar en quedar bien con nadie ni ser payaso de ningún escenario.

Y así es Carlos Vives, gocetas porque sí. Así como el camaleón se diluye plácidamente en el color donde se recuesta a dormir la siesta, así este samario juega con su risa. Con ella marca sus pausas, amarra sus historias y se toma su tiempo. Una partitura muy sutil que pude leer y apreciar en estos dos últimos meses de encuentros esporádicos en lugares disímiles con Carlos Vives, ya no en su faceta de actor ni mucho menos de cantante, sino de director invitado de CROMOS. Hablar con él resulta toda una paradoja, porque mientras habla sin prisa a ritmo de cumbia, no deja de moverse de un lado a otro mientras conversa, como en un partido de fútbol queriendo quitarse la marca de encima. En su apartamento en Bogotá, paseamos por la sala, la biblioteca y la cocina, pensando en la revista.

En Gaira, la charla, literalmente, se explayó por cada uno de los tres pisos, incluida la cocina. En la casa del pintor Jacanamijoy, el tour incluyó el estudio del pintor y su terraza,  y en Santa Marta las palabras se extendieron por el hotel Don Pepe, el restaurante Mañe Cañón y toda la playa. Hasta las orillas de su Caribe le llevamos la oficina para que se inspirara y sintiera en carne propia el consejo de redacción ideal, con barcos de fondo, olas y arena. De pasear por sus palabras, finalmente salieron ocho caminos, ocho crónicas en todas las direcciones, desde la Guajira hasta el Amazonas, desde Chocó hasta el Putumayo. Cuentos fantásticos con raíces muy profundas en lugares y parajes de nuestras tierra. Entre concierto y concierto de su gira por Colombia, Vives siempre encontró el tiempo y el lugar para hacer con la revista su propio Unplugged.
 

Carlos Alberto Vives Restrepo…
…El mismo que calza y viste.
 

¿Cuál es su conexión con las palabras?
Soy comunicador. Y siempre fue algo que me llamó la atención y, en eso, las palabras tienen todo que ver. Las palabras construyen y por eso siempre he creído en la responsabilidad que tienen los medios de comunicación. El medio impreso, siempre el medio impreso, llevaba implícito la credibilidad, el respeto, la conciencia…
 

…¡Y el cuento!, porque hay que seducir.
Claro, definitivamente, también la creatividad, que es una expresión humana que nos es común a todos.
 

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Su palabra favorita.
«Esclarecidos».
 

«El ser muy enamorado me puso a escribir»

Foto: Hernán Puentes

 

En Carlos Vives, ¿primero fue la música y después las palabras?
Yo creo que llegaron juntas.  Las palabras llegaron con las canciones porque tuve una infancia en la que los juglares, que eran música, palabras e historias, me tocaron mucho. Mis papás eran muy melómanos. Teníamos los últimos discos de la música colombiana, los de los artistas pop colombianos de mi infancia. Tuvimos todo.
 

¿A qué edad oyó toda esa música?
Hasta los doce años en Santa Marta. Había mucha música. Santa Marta es una ciudad muy influenciada por el bolero y por el paso de los juglares vallenatos. Hay una mezcla entre el porro de Córdoba, el de Sucre y el de toda esa región. Venían las orquestas, había baile de salón.
 

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¿Cómo eran esas parrandas?
Había una cosa muy especial de fraternidad. Sí, eran otras fiestas, siempre había una temática, siempre había una razón. Había una mujer bonita y había unas palabras para ella, había un doctor maravilloso que todo el mundo quería, había unas palabras para él. Eran cronistas. Esa información ya la tenía el juglar que empezaba a contar la historia y a encontrar un hilo conductor, una canción que fuera el hilo conductor de la noche para contar esta historia. Lo que ellos producían en la gente era una admiración y un cariño. Y a las mujeres por el trato, la palabra bien dicha, les producía una cosa. A mí esa vaina se me quedó en mi vida, yo decía: «yo quiero ser así». En vez de pensar, digamos, en lo que se pensaba, «que hay que ser como Julio Iglesias», yo pensaba «quiero ser como Leandro Díaz, un seductor así».
 

¿Qué veía en Leandro, para querer ser como él?
Son espíritus muy especiales, porque es gente con muchas dificultades, con muchos problemas. Cuando uno oía las canciones de Leandro, cualquiera donde él cuenta su historia, piensa: «¡Juepucha, qué vida tan difícil!». Muy difícil. Con todo y eso era un espíritu muy especial, limpio, bonito. Muy justo, ¿sabes? Gente muy justa, eso es bonito.
 

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Eso con la música, pero ¿de dónde venían los cuentos?
Nunca estuve ausente de escuchar historias y cuentos de gente que siempre me llamó la atención. Eran personas, por lo general, muy mayores, que venían de diferentes regiones. Santa Marta era la capital de toda una provincia, de una región muy mágica, que tenía que ver con el río grande de la Magdalena, que tenía que ver con la Sierra Nevada, con la Guajira y más allá. Cada vez que leo a Gabo, lo redescubro un poquito. Vuelvo a encontrar más cosas en común. Veíamos las cosas, éramos testigos, porque estábamos ahí, en esa región.

 

Cuénteme uno de esos relatos que oía de niño.
Siempre escuchaba esa historia de los submarinos cuando íbamos a Bahía Concha, una bahía muy profunda. ¿Eso podría ser qué año? Yo podía tener nueve o diez años. Era un pescador que cuidaba las lanchas que se parqueaban en esos años ahí, en la bahía. Cuando nosotros nos acercábamos para pescar, porque era una zona profunda, él nos llamaba la atención y nos contaba esa historia: «Allá, bien abajo, había una base de submarinos alemanes, ahí se estacionaron los submarinos de la Segunda Guerra Mundial». Y, después, cuando uno lee la historia de cómo se movían los submarinos por toda la cuenca del Caribe, hay posibilidades de que no hubiese estado tan loco el señor.
 

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¿Y sus compañeritos sí le creían ese cuento?
No, mis compañeros se burlaban. Yo empecé en el colegio muy pequeño, en el Divino Niño, con la profesora Bertha; después fui al Moderno. Es que los samarios hemos sido muy incrédulos.
 

¿Incrédulos de qué?
Hemos sido incrédulos con nuestra historia. Tal vez porque no ha habido esa cultura de mantener vivos ciertos recuerdos, ya sea para no repetir los mismos errores o para enaltecer ciertos espíritus que pasan y ya olvidamos, de gente que nos dejó cosas buenas que nos podrían servir. Sí. Hemos ido un poquito de espaldas a la memoria.
 

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¿Por qué?
Hoy hay aeropuertos, las vías están abiertas. Pero durante mucho tiempo los samarios estuvimos de espaldas a la Sierra, al frente el mar Caribe, al lado derecho teníamos el desierto de la Guajira, a la izquierda, la ciénaga grande, el río Magdalena y la Isla de Salamanca. Era una zona bastante difícil, digamos, no tan asequible. Somos como una isla, hemos estado aislados.

De ahí el nombre de La perla de la América.
Nació por unos escritos de un padre jesuita, el padre Antonio Julián, a mediados de 1700, que escribe sobre La perla de la América, y dice que España la está perdiendo. Él escribe una queja y hace un catálogo de la riqueza que tiene la provincia de Santa Marta, de lo importante que es para España y de cómo se va perdiendo. Su idea era rescatar la ciudad en ese momento y demostrarle a España que no estaban bien las políticas que estaban tomando. Es muy emocionante ver a alguien que conoce la región y que la ha caminado y la ha cabalgado, y que empieza a describirla. Ese libro es muy emocionante. Debería ser un libro de lectura obligatorio para los que vivimos en esta región.

   
«Me encanta la palabra “identidad”»

 

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¿Volver a Santa Marta es su mayor tentación? ¿Siempre volver?
Sí, sí. Digamos que yo he sido un enamorado de Santa Marta. Yo siento que tengo compromisos con la ciudad, pensando también en los hijos, y en que dejen de ser tierras del olvido. Por lo general, está la tendencia a irse; ese cuento de que para triunfar tenemos que irnos. Nunca he estado cómodo con eso.
 

Pero las mamás le decían a uno: «Mijo, estudie mucho para que llegue bien lejos».
Sí, es un poquito eso. Yo he tratado de no caer en eso en mi vida, y no significa cerrarse a nada, sino entender que sí hay un compromiso con el lugar donde uno nace, donde estuvieron los abuelos y por donde pasaron los papás. Ahí hay que trabajar y esa es mi identidad. Al final esa palabra me encanta: «identidad». No es tan sonora, no es tan fácil hacer canciones con ella (sonríe en cámara lenta, a lo Carlos Vives). Al final, Dios le da a cada quien lo suyo y uno trata de que lo de uno esté bien y sea lo mejor, ¿no? Creo que es una ley natural. Es lo que uno tiene para compartir con los demás.
 

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¿Qué encuentra aquí en Santa Marta que no encuentre en otro lugar?
Aquí tengo mi espacio.
 

¿Y su tiempo lento?
Eso es importante, pero no es algo solo de Santa Marta. Yo creo que en la vida uno no tiene que correr tanto porque de pronto se acaba todo más rápido. Pero claro, la vida costeña tiene cierta sabiduría sobre eso. Yo creo que la vida hay que cogerla suave.
 

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¿Esa es la pausa que toman los costeños cuando dicen: «¡Ajá!»?
Sí. No sé. Soy un costeño que ha vivido gran parte su vida en Bogotá. He tenido que irme a muchas partes en mi país y trabajar allí, ya sea de actor, ya sea de cantante. Yo siento que hay en mí una gran Colombia. Cuando yo estoy con un cubano o con un puertorriqueño, ellos me hablan del tema andino como algo muy ajeno para mí, pero yo soy un caribe-andino. El día que empiezas a mirar a la Sierra y a ver la cultura tairona de los pueblos, eres un caribe-andino.
 

Claudia Elena está presente y pendiente de cada aspecto de la vida de su esposo. Le lleva la agenda, supervisa su imagen y hasta lo llama al orden cuando está «locho» y no quiere escribir.

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Foto: David Schwarz

 

Carlos, un olor de Santa Marta.
A níspero. El olor de un arroz de coco es una cosa increíble.
 

Un sonido.
Hay un sonido que me alegra mucho y es cuando hay mucha gente y todo el mundo habla: la algarabía. Cuando dormía en la ciudad vieja, en la casa de mi abuela, y de pronto oías que amanecía y ese sonido de la gente hablando, de gente con una forma de hablar muy especial, que es la forma como hoy trato de cantar. Yo he aprendido algo y es que uno debería cantar lo más parecido a como habla.
 

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Un color.
Un color de acá, el azul profundo hablando de estas bahías profundas.
 

Si nunca hubiera salido de Santa Marta a los doce años, si sus papás no se hubieran separado, ¿cómo se imagina su historia?
Quién sabe, a lo mejor tendría un canal de televisión aquí: Gaira TV. (Sonríe.) Eso me encantaría.
 

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¿Alguna vez se imaginó viviendo en Bogotá, ¡la nevera!, a los doce años?
No, no, fue un choque muy fuerte y muy doloroso.
 

¿Cuánto duró ese dolor?
¡Uy! No mucho, porque Bogotá fue espectacular. Bogotá mueve, es mucha magia, es impresionante.
 

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Pero el dolor del desarraigo, ¿cuánto duró?
Hay cosas que se quedan ahí siempre, pero la parte más difícil fueron dos años de esa destetada de mi papá, Luis Aurelio. Eso  fue muy difícil.

   
«Cada quien tiene lo suyo»
 

¿Bogotá le abrió el mundo musical?
No. Fíjate, siempre estuvo conmigo. Aquí en Santa Marta me lo promovieron mi papá, mi mamá y mis tíos, que me entusiasmaban a cantar. Mi abuela Elena tocaba el piano. Me enseñó a tocar El limonar. (Comienza a cantar) «Al saber que muy pronto ibas a volver…». Es que mi familia de todos lados, la parte paisa y la parte costeña, era muy musical.
 

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Y en Bogotá, ¿cómo lo reciben?
Para mis compañeros bogotanos era muy exótico. Yo era para ellos, me imagino, como los andaluces para la gente del interior de España. Un andaluz muy alegre, cantador, hablador, contador de cuentos y todo eso. Yo me di cuenta de que les encantaba, entonces siempre terminaba en las chimeneas con mis compañeros de colegio, con mi guitarra, cantando vallenatos.
 

Orgulloso de su identidad.
Sí, claro, porque cada quien tiene lo suyo. Uno entiende un poquito a Escalona y de cómo les gustaba cuando lo trajeron por primera vez a Bogotá, y él traía esas historias, esas canciones a una sociedad como la bogotana, un poco más fría. Era interesante. Yo me recuerdo así. Empecé a crecer en el colegio y los profesores me llevaban a las serenatas.
 

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A los 16 años, en el colegio Hispano Americano Conde Azures (Bogotá), con la muerte de su fundador, Mateo Matamala, compuso una canción de despedida. ¿Desde entonces componía?
Sí, yo componía incluso antes de eso. O descomponía, no estoy muy seguro. Pero tenía mis pretensiones de escribir algo.
 

¿Se acuerda de la canción?
No mucho.
 

Antes de todo esto, ¿escribía?
Sí, pero me da pena. Yo era muy enamorado y el ser muy enamorado me puso a escribir.  Siempre había una mujer que me tenía pensando. En esa época eran cartas con dibujitos, cartas por correo para que llegaran.
 

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Ahora, cuando compone, ¿hay algo de esas cartas?
Sí, sí. (Cierra los ojos y hace memoria). «Traigo mil canciones en un cofre de papel, amores que no vuelven otra vez, cuántas sensaciones se grabaron en mi cien, traigo una canción a flor de piel». Yo creo que las canciones son esos recuerdos que le quedan a uno, esos momentos o esa gente que lo toca a uno. Uno siempre vuelve a esos espíritus para hacer las canciones. En el fondo cada canción es una carta.
 

¿La escritura es algo esporádico o una presencia permanente?
Me acompaña siempre. Cuando fui a la universidad y estudié Publicidad, sin graduarme, fui copy junior de un departamento creativo de una agencia de publicidad que trabajaba para una agencia muy grande. Además, hoy tengo que escribir textos todo el tiempo, de mis trabajos, de mi Twitter, de todas mis comunicaciones. Yo trato a veces de echarme a la «locha» y decir: «Escríbanse esa vaina». Pero Claudia no deja que nadie más los escriba.
 

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De su trabajo como copy en publicidad, ¿hay algo que lo enorgullezca?
No recuerdo algo memorable. Cuando empecé en la música, que me patrocinó Colombiana, recuerdo algo que me encantaba: «Toda mi gente es cada vez más colombiana», de eso hace 21 años.
 

¿Y sí cree que eso se está cumpliendo?
Yo creo que sí, yo creo que cada vez hay más conciencia. Hay mucha juventud que está educada con mucha música y cosas que no están tan chéveres. No les tiene por qué gustar, ¿no? Pero cuando uno les puede mostrar la razón de ser de lo nuestro, se van a sentir orgullosos, porque es una cosa de historia, de uno, de gente, de espíritu. Mi motivación para trabajar, el camino de mi música, tiene que ver con todo eso.
 

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En su retiro, ¿se imagina regresando a Santa Marta?
Sí, yo procuro no desconectarme nunca, para nunca tener que esperar para ser. Yo siempre he vuelto por el camino viejo. Nunca quise desconectarme. Cuando tratas de curar muchas cosas, se vuelve parte de tu camino. Así, yo he querido que Santa Marta sea para mí ese lugar sagrado en mi vida, adonde uno siempre vuelve, y donde tiene planes y sueños. Todo el tiempo me la imagino mejor. Yo sé que tengo muchos proyectos y quiero venir.
 

Y uno de sus planes en Santa Marta es descansar.
Yo no descanso. (Sonríe.) A mí lo que me descansa es poder hacer lo que me gusta, eso me descansa, el trabajo que yo quiero hacer no me cansa. Formar parte de algo que ayude a mejorar cosas con mi música.
 

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¿Algo con Santa Marta que tenga en mente?
Un lugar como Santa Marta tiene una vocación turística. A donde deberíamos llevarlo realmente es a una vocación de servicio, de cuidar lo que tenemos en la naturaleza para poder ofrecérselo a la gente. Desde cuidar la Sierra para que después el planeta tenga más oxígeno y agua, y no estemos pasando por las cosas que estamos pasando.

«Si yo fuera presidente»
 

¿Algún día se ha cansado de cantar?
No, «hombe», no.
 

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¿Qué lo amarra a la música?
Cuando empezamos a hacer Escalona, yo empecé un viaje de regreso, porque estaba haciendo la vida de un personaje que mi papá había conocido en el colegio. Cuando fui a ver, tenía que cantar más de cincuenta canciones de Escalona y yo me sabía la mitad, porque nunca se me fueron de la cabeza. Estaba conectado a ese cordón sentimental de mis papás, de mi Santa Marta perdida, de ese encuentro de los provincianos. Por eso a mi banda le puse La Provincia, porque con el tiempo descubrí que mucha de la gente que más me fascinaba, con la que yo me críe, venían de provincias, de un pueblo de la Guajira, de un pueblo del Cesar, del Magdalena. Los poetas, los mejores cantantes que conocí en mi infancia, amigos de mi papá, que eran médicos pero tenían en el baúl del carro una guitarra, eran de Chiriguaná, eran de Riohacha, eran de Maicao, de Valledupar, o de San Juan del Cesar, de Villanueva. Mi familia tenía muchos vínculos con toda la provincia. Por eso los juglares siempre llegaban.
 

«En el fondo cada canción es una carta.»

Foto: David Schwarz

 

 

¿Si le digo «Cromos» qué se le viene a la cabeza?
¡Uy! El revistero de la casa en el estudio, otro juglar. ¿Cuántos años tiene Cromos? -Cromos tiene 98 años-. No joda, ¿cuántos? Increíble. En la revista CROMOS siempre hubo un apoyo y una cosa de cariño de mi país. Siempre he tenido ese apoyo, a pesar de que uno siempre tenía dificultades en la industria para que entendieran más o menos un proyecto. Eso se expresa en una revista que ha sido familiar para los colombianos como CROMOS.
 

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Si fuera Presidente de la República, ¿qué haría en defensa del país que ama como artista?
Creo que me llevaría la capital de Colombia para el Banco, Magdalena, o para Plato, Magdalena, y comenzaría un plan de recuperación del río grande, es decir, rescataría el país de «Los pocabuya». Haríamos ese trabajo fundamental de rescatar un centro de pensamiento de nuestra identidad, y el rescate físico del río.
 

¿El país de «Los pocabuya»?
Los chimila. Los españoles lo llamaron el país de «Los pocabuya». Ahí estaban nuestras percusiones que no llegaron del África, los tambores que se tocaban en nuestra música y que después se mezclaron con tambores que llegaron del África.
 

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¿Y quedan pocos?
Yo no sé, pero de ellos nos queda la cumbia. La cumbia es más que una fusión de nuestras culturas, tiene mucho de ese mundo de «Los pocabuya». Hay gente que dice que la cumbia viene del término «cumbé», que fue un tambor que vino de África a Cuba. Hay otra teoría que dice que es la unión de dos sílabas de origen indígena, «cum» y «bia», que significa «canto que agrada a los dioses».
 

Hablemos de Carlos Vives, el viajero, el caminante de su propio país. ¿Qué clase de caminos busca?
La historia del río me toca mucho, me gusta casi en exceso. Cuando estuve en Magangué, cuando estuve en Mompox –donde tuve la oportunidad de vivir un tiempito–, y cuando fuimos al Banco o bajamos a Calamar, a Barranquilla o por los lados del Magdalena, en cualquiera de sus puntos, hay algo que me conecta con ese río y que me gusta mucho. Pero hay algo que me marcó también y fue el diario que escribió aquel cura, Fray Gaspar de Carvajal, que iba con Francisco de Orellana, cuando se perdieron y descubrieron por accidente el Amazonas. Ese es otro mundo que me llama la atención: nuestro río grande que nos conecta con esa historia a veces rocanrrolera y fantasiosa.
 

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Un personaje que se le haya cruzado en la vida y lo haya marcado.
Sabes que conocí a Delia Zapata Olivella, bailarina, maestra. En una época de su vida me abrió su casa para que tocáramos las bandas de rock and roll de la época e hicimos, ahí mismo, un lugar que se llamaba La estación central. Fue un lugar muy especial. Delia, por supuesto, estaba muy conectada a sus estudios sobre la danza y sobre la parte raizal y sobre sus orígenes afro, bolivarenses. Fue una mujer con tanta mística, rocanrroleando en esa época, para mí fue una referencia muy especial. Fue tan cariñosa conmigo y me hablaba siempre de música. Yo estaba muy conectado y ese fue un primer círculo de músicos que trabajaría después conmigo y que, al día de hoy, sigue, como Gilbert Martínez. Había músicos más jóvenes alrededor de ella, tamboreros como Batata y toda esa escuela que era bien especial y muy respetada en nuestro medio. Delia fue un personaje maravilloso.

 

«Si fuera Presidente de la República, me llevaría la capital de Colombia para el Banco, Magdalena, o para Plato, Magdalena, y comenzaría un plan de recuperación del río.»

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Foto: Hernán Puentes

 


   
«El cuento es que somos capaces»
 

Un lugar prohibido, hoy por cuestiones de seguridad, que quisiera visitar.
La misma Sierra Nevada, es un sitio que forma parte de mi iconografía y de un espíritu del que siempre echamos mano. La Sierra, para mí, es un lugar prohibido, después de muchas cosas se volvió difícil ir.
 

¿A la sierra no puede ir con tranquilidad?
Exactamente. Es muy curioso porque hemos vivido en un país donde hemos tenido que estar intranquilos en muchos de los lugares donde hemos querido estar, por las historias y las realidades. Hace unos días me entrevistó el periodista Jorge Ramos, de Univisión, y me dice: «Bueno, ¿usted cuántos años tiene? Tiene 53 años. La guerra en su país lleva un poquito más que eso, usted no conoce la paz». Yo no conozco la paz, ¡wow!, qué fantasiosos hemos sido porque así hemos vivido. Al mismo tiempo superamos y olvidamos rápido. Pasamos un susto y olvidamos el susto, es un poquito eso. Al final somos un pueblo que quiere cambiar las cosas y para cambiarlas tenemos que tener una actitud de cambio y creernos el cuento de que sí somos capaces.
 

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Un común denominador en todos los temas que escogió para esta revista es la palabra «fantasía», ¿falta ver más a Colombia con esos ojos?
Sí, definitivamente, ese sería un gran comienzo. Que todos la veamos así, como algo realmente precioso. Y sí es fundamental porque la fantasía de lo nuestro está conectada a una cosa espiritual, a entender nuestra historia para cambiar cosas. Creo que eso tiene que ver con una posición espiritual ante nuestro país, de creer y de reconocernos. Volver a la historia de Santa Marta, «La perla de la América», cuando el cura Antonio Julián decía: «Es que yo la llamo la perla porque está cubierta. Y la gente no la ve, pero mi afán es abrir la perla para que la gente diga: ¡Oh, esto es increíble!». Esa figura es chévere y se aplica a Colombia.
 

¿La idea con esta edición es que nos  creamos el cuento?
Sí. Es que mira, yo escuchaba cuando niño a la señora que planchaba la ropa en la casa, mamá Rosa. Una mujer mayor en esos años. Nosotros éramos niños y siempre queríamos estar detrás de la casa de la abuela porque allá estaba la gente que más te contaba cosas. Las señoras fumaban tabaco y fumaban para adentro para que las camisas que estaban planchando no quedaran oliendo a chicote de tabaco. Y contaban esas cosas y hablaban de la muerte de un cura, otros hablaban de una maldición. Esas historias estaban ahí. Y después uno dice claro, estas señoras y Gabo son de la misma zona, de la misma tierra, como de la misma época. Uno empieza a asociar cosas que oía.
 

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Un consejo para alguien que quiera comenzar a recorrer el país, como lo ha hecho usted.
Yo creo que los colombianos tenemos ese espíritu de recorrer el país y gozárnoslo. Yo, de pronto, no encuentro en otras partes del mundo tantos sitios a orillas de la carretera. Nos gusta irnos de viaje, a pesar de que no tenemos las mejores carreteras. Hemos sido viajeros y nos gusta parar. A mí me gustaba parar en todo sitio. Uno siempre se demoraba el doble de tiempo, el triple de tiempo, porque era parar a conocer y a hablar. Hay algo de mi país que siempre me gustó y era eso, la actitud. Pero creo que, por supuesto, nos hemos mantenido distantes de gran parte de nuestro país. Pero ¿qué le puedo decir a la gente que viaja? Que Colombia es un país para viajárselo y para parar y hablar y oír y  probar lo que dice y cocina la gente.
 

¿Todo termina en el mar o en el río?
(Suelta una carcajada.) Todo empieza en el río y termina en el mar.
 

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***
 

Mientras repite esta última respuesta en el apartamento que nos prestó Juan, su hermano menor, el oftalmólogo, se ve al fondo un cardumen inmenso de pescaditos metálicos cubiertos de herrumbre azulosa, que flota sobre la pared curva del comedor. Es una de las obras que Carlos hizo cuando estaba empezando a construir su planeta llamado Gaira Cumbia House.

 

«Hay un sonido que me alegra mucho y es cuando hay mucha gente y todo el mundo habla: “algarabía”.»

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Foto: Hernán Puentes

 

Asistente de fotografía: Junior Rojas / Producción General: Mónica Ma. Moreno M. / Productores Santa Marta: Elmer Carrera, Luza Flórez y María Ximena Durán  / Vestuario Carlos Vives: TENNIS – http://www.tennis.com.co / Maquillaje: Jorge Romero para Franklin Ramos / Agradecimiento: Claudia Elena Vásquez, Rosa Campo y Hotel Don Pepe (Santa Marta: www.hotelboutiquedonpepe.com)

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