Es un asunto sensible, por un número de razones que quiero exponer sin rodeos, porque el tema, francamente, me incomoda; no crean que cada vez que esta columna se publica no encuentro en mi correo electrónico una sucesión de signos de interrogación y un llamado a cuentas: “¿Y vos por qué no me lo habías dicho antes? ¿Y te parece muy civilizado andar confesándolo en las páginas de una revista colombiana?
Y bueno. La verdad que sí.
Hoy quiero reconocer, como muchos otros hombres, que me encanta el sexo oral; que por lo general, cuando arranca una faena amorosa, lo tengo en mente; y que, por consiguiente, las tantas veces en que ella arranca con los besos por el pecho con dirección al sur me suscitan una emoción que procuro disimular. Siempre pienso: “hoy va a ser, hoy va ser”, mientras pretendo que no quiero la cosa (uno tiene su dignidad, y a todas luces, es mejor que parezca natural y espontáneo). Muchas ocasiones el asunto es puro amague: resulta que la chica sólo quería darse un tour por el estómago y regresar arriba. De nada sirve en esos momentos que uno se eche un poco hacia arriba, intentando que la acción le resulte más obvia, más cómoda, a la compañera, o que uno se retuerza hacia los lados como diciendo: “miralo, miralo, no te olvides que está ahí”. Cuando la cosa no es, no es, y si uno no quiere solicitar expresamente el servicio, al final sólo queda resignarse a que, al menos esta vez, nos quedaremos sin el bonus track.
Pero hay asuntos más embarazosos. Pues en efecto hay momentos que llega la anhelada y generosa felación. Llega así, como a mí me gusta: desinteresada y espontánea. En ese tipo de situaciones la banda sonora cambia: suena “What a wonderful world” o “Don’t worry be happy”; las paredes de la habitación toman un color pastel luminoso, la cama gira en círculos lentamente…
Hasta que llega el mordisco.
¿Ustedes son conscientes de lo que esto puede producir? El hombre, guiado por sus bajos instintos, comete una acción que desafía el principio de autoconservación: introduce su vida entera en una cavidad con dientes. Lo hace con ilusión, con confianza, y ¿qué recibe a cambio? No puedo, no debo y no quiero explicar lo que sentimos los hombres cuando esos malditos caninos se entrometen entre nosotros y la felicidad eterna.
Igual de incómodo resulta salir de aquella situación. Sostener la conversación post coito en la que sugieres que ouch, dolió, y que no es la primera vez, y que como siga así mejor ni intentarlo. Pero ¿cómo va uno a incomodar de esa manera? y ¿cómo arriesgarse a que el castigo por tan insolente crítica sea la privación perpetua del regalo?
Yo prefiero aguantarme la molestia. Un poquito de estoico, tengo, y otro tanto de masoquista, pero sobre todo de fervoroso creyente en el porvenir y en que la práctica hace al maestro.
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