Desde la primera vez que lo vi en sus dominios en Tuluá, hace unos años, me di cuenta de que así como corría ligero y relajado en una cancha de fútbol, así se comporta en su vida. Lo sigo mientras entramos en su casa de mil metros cuadrados. “Ahí tenía un reloj que compré en Newcastle –dice– pero se lo robaron. Allá había una porcelana de Parma y también se la robaron. Esta casa es tan buena que tiene ladrón incluido”. Ese es el humor de Faustino Asprilla. Frente a todo lo que le pasa, siempre tiene una broma o válvula de escape. Pasamos a un pequeño comedor en la cocina para desayunar, y solo hay platos cubiertos con servilletas de papel sobre la mesa y una nube de bichos en el aire. A mi quinta manoteada tratando de espantarlos de la comida, “El Tino”, con un pedazo de pan en la boca, sin ningún protocolo, trata de explicar la situación a su manera: “Tengo un vecino que puso una pollería muy cerca y me manda todas estas moscas, ¡y ni un huevito!”. Me lo vuelvo a encontrar, esta vez en un avión, en la silla de al lado, con un celular de micrófono tratando de desahogarse con un amigo de un chisme en el que lo enredan en un trío amoroso. Parece enojado hasta que su queja se vuelve un chiste: “¡Hombre, por qué es una mujer fea y no Sofía Vergara o Jennifer Lopez la que inventa esta mentira”. Entra en escena, por tercera vez, con su amigo “Caremonja”, listo para las fotos en un estudio en Bogotá. No tiene reparos ni peros con la vestuarista. Todo está bien. No hay problema en que le afeiten la cabeza. Posa con mucha naturalidad y habla con una gran memoria y mucha desmesura. Le pregunto por su rodilla, la causa de su retiro de las canchas, saca la lengua y la mueve como si fuera un limpiaparabrisas, sonríe, y me dice: “¿Usted ha escuchado esa canción que dice: ‘trupá, trupá, tru tru, tuprá’? Cuando camino, así me suena”. Ese es Faustino.