Detrás de un biombo blanco, una voz grave con tono de confesión y de arrepentimiento dice: “Doctor Liu, el problema es que soy intenso”. La esposa que lo acompaña salta como un resorte con un noooo largo y burletero. La escena se disuelve con muchas risas mientras, del otro lado, me queda sonando la frase vergonzosa. Intenso es el doctor Liu con sus agujas, ¡y es un maestro! ¿En qué momento la intensidad ganó mala prensa? El diccionario la define como la “fuerza con que se manifiesta un estado de ánimo, sentimiento o sensación”. Un cielo azul intenso nos empuja a salir en busca de emociones fuertes. Una mirada intensa nos muestra más mundos y nos dice muchas más cosas que una distraída. Una nota intensa y honda en el piano nos abre más caminos y nos empuja con más fuerza hacia nosotros mismos que una ligera. A la intensidad no me la imagino emparentada con la mortificación o la cantaleta, sino, por el contrario, la veo del brazo de la vehemencia, dama imponente que pone pasión y entusiasmo en lo que hace o dice, según otra dama intensa de la historia como fue María Moliner. El ímpetu con que rompen las olas siempre va a ser más conmovedor que un mar en calma. ¿Cuándo fue que la intensidad perdió su imán? ¿Cuándo se volvió jarta? ¿Cuándo se convirtió en medalla de seres insufribles y no de almas sensibles? ¿Cuándo salió del libro de las virtudes y entró al de las patologías? Aplicado al papel, vivir intensamente no es más que reteñirnos sobre las páginas de nuestros días. Lo contrario no son más que dibujos desvaídos de lo que hacemos sin creencias ni firmeza. ¡Qué vuelvan los días y los hombres intensos! Porque, seguramente, traerán más energía y color a nuestra existencia que esos otros soles desteñidos que ni siquiera calientan.