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Jorge Armando Mendoza, el matemático del origami

Mendoza y veinte de sus estudiantes visitan semanalmente las rancherías de Maicao para enseñarles a los niños wayúu estas dos formas de arte: el origami y las matemáticas.

Por Carlos Eduardo Barragán Rozo

07 de abril de 2015

Jorge Armando Mendoza, el matemático del origami
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El profesor Jorge Armando Mendoza sostiene que una de las maneras más bellas y particulares de enseñar las matemáticas es a través del origami, una técnica japonesa que consiste en doblar hojas de papel de manera que formen, sin pegamento alguno, objetos o figuras. Ese convencimiento ha llevado a que Mendoza y veinte de sus estudiantes visiten semanalmente las rancherías de Maicao para enseñarles a los niños wayúu estas dos formas de arte: el origami y las matemáticas. 

Estos chicos, sostiene, tienen la destreza de las manualidades en su ADN. Si a esa cualidad le sumamos la geometría, estamos obteniendo conocimiento, diversión y aprendizaje. En su colegio, Jorge también aplica un particular método de enseñanza en el que divide a sus estudiantes en grupos de rendimiento: superior, medio y básico. Los primeros apoyan a los otros dos grupos en el proceso de aprendizaje. Este licenciado en Educación básica con énfasis en Matemáticas, formado en España, afirma que la clave de su pedagogía está en enseñar en contexto, es decir, ubicando al estudiante en su entorno y dejándole ver que todo lo que hace tiene que ver con su clase de matemática: por ejemplo, cuánto paga por un minuto de celular, qué es un descuento, cómo se liquida un IVA y qué interés paga una tarjeta de crédito.

 

 

Este joven que quiso ser biólogo afirma que después de décimo hay que detectar qué es lo que le apasiona al joven y cuál es la matemática que va a necesitar en su vida. «Si su visión está en los negocios, pues le debo enseñar una matemática contable o financiera; si quiere ser médico, pues hay que enseñarle matemáticas en conversiones; y si quiere ser ingeniero debemos enfatizar en el cálculo, las diferencias y la trigonometría». La estrategia le ha funcionado. Los estudiantes de nivel superior hoy son cerca de veinte, quienes además van al colegio todos los sábados para prepararse y aspirar a a un grupo especial que él llama «Príncipe de Gauss», que representarán al colegio en las olimpiadas matemáticas. 

 

 

Jorge, quien lleva ocho años ejerciendo la docencia, afirma que cuando los estudiantes son estimulados, el conocimiento fluye de manera natural y los muchachos van más allá de lo que un libro o un salón de clases les pueden ofrecer. Uno de sus estudiantes Gauss me dice, mientras le da vueltas a un cubo de origami, que cuando se resuelve un ejercicio de manera mecánica no lo disfruta tanto como cuando racionaliza la operación y descubre que hay más de dos formas para llegar al resultado final.

Al volver a traer a colación el origami, Mendoza afirma que su conocimiento en esta milenaria técnica es muy básica. Cuando los niños llegan con una nueva figura y él les pide que le enseñen, el pequeño rompe los paradigmas y hace realidad esa ilusión de ser profesor.

Jorge tiene otra peculiar manera de calificar y es citarse con el estudiante como en un encuentro de amigos y donde ambos se sientan a ver dónde está el acierto o la equivocación. Así es como se logra la excelencia y el compromiso de mejorar.

El profesor Mendoza confiesa que quizás el mayor logro de sus muchachos es que han descubierto que las matemáticas son alcanzables, y que solo se necesita amor y método para que los maestros contribuyan a derrotar el fracaso escolar.

 

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