Desde que llegamos al muelle de Turbo para tomar la embarcación que nos llevó a Unguía, nos dimos cuenta del cariño que despierta Juan Arturo Gómez en la región. Todo el mundo lo saluda o le agradece por un favor o porque le ayudó a alguien a conseguir algo para su familia. De hecho, creo que esas dos horas de viaje en lancha, desde Turbo hasta Unguía, fueron las únicas seguidas en que pudimos verlo. Apenas llegamos al pueblo, desapareció. En adelante, solo conocimos gente que nos hablaba de todo lo que habían hecho o conseguido gracias a este hombre.
El primero en abordarnos fue Adán Jiménez, un hombre maduro de sombrero campesino que, con tono de patriarca, se paró frente a la cámara para decirnos que Juan Arturo fue el que llevó Internet a Unguía, y que, ante el desplazamiento forzado de la población, fue el que le escribió a la Cruz Roja Internacional para buscarles una solución a 260 niños que no tenían dónde estudiar. «En un par de semanas nos visitaron y nos dieron los recursos para construir la escuela de Tagualito», afirma Adán. Admite que fue duro porque los niños no tenían uniformes, lápices ni libros. Nada.
El segundo testimonio lo encontramos a veinte minutos de Unguía, por una trocha empedrada donde nos esperaban Rogelio Izquierdo y su familia. Rogelio es un indígena tule que me mostró a dos de sus hijos, ya recuperados, a quienes Juan Arturo inscribió en un programa gratuito de cirugías de paladar hendido que descubrió en Internet. En total, Juan ayudó a veinte niños con casos similares en Unguía, Acandí y Riosucio. Al final del día hablamos con la hermana María Ninfa Hincapié, coordinadora del Colegio Sagrada Familia, a quien Juan Arturo le consiguió por Internet una benefactora alemana que les giró el dinero para reparar el internado cuando el invierno prácticamente lo destruyó.
Al día siguiente todo Unguía sabía que estábamos grabando Titanes Caracol. Así que, muy temprano, nos abordó Anderson, un labriego de unos 28 años. Aseguró que una mina antipersona le había destrozado su pierna izquierda y que gracias a Juan Arturo había podido volver a caminar. Cuenta que Juan escribió a Colombia sin minas y, además de lograr que lo operaran, hizo todas las gestiones, también por Internet, para que le dieran las prótesis que le permitieron recuperarse.
Después, Juan nos convenció de visitar el kiosco donde indígenas embera usaban Internet. «Es cerquita», dijo para sellar el compromiso de ir. Fue una hora y media en campero y otra hora más por un camino de herradura que se abre a través de una maraña de árboles al final de los cuales apareció la caseta donde Leovigildo Echeverri nos mostró con orgullo los dos computadores, la fotocopiadora, el teléfono satelital y la planta solar que Arturo les ayudó a gestionar para que su comunidad hoy pueda navegar por la red.
Cuando íbamos a tomar la lancha de regreso a Turbo, un niño se acercó a Juan Arturo y le entregó un talego lleno de tapas plásticas. El paisa sonrió y me explicó que como no todos los niños pueden pagar por el Internet, por cada treinta tapas que le llevan para los niños enfermos de cáncer, él les da media hora de computador.
Este es Juan Arturo, un titán que a los 46 años confiesa sin reparo que a Unguía le debe todo porque allí se recuperó de las drogas y porque allí supo qué era ser papá.