Si esta especie tiene un comienzo, ese punto es su boca. Unos labios que dicen mucho retozando en silencio, sensuales y muy húmedos, y que rojos se desbordan como un aviso de Coca-Cola cuando les da por decir algo. A una mujer fuera de serie no le molesta pasar del glamur y la pose, al cuerpo a cuerpo en batalla; por el contrario, con los duelos crece su encanto, sus volúmenes se agrandan y su fuerza de atracción aumenta. Las chispas y los truenos la endiosan. Poco importa la razón, la tenga o no, ella siempre llama la atención. No es un adorno, es una noticia que se contonea, un aroma que inspira, un susurro que enamora o un grito que paraliza. La diva no aparece, irrumpe. No se va, se desvanece. No dice, insinúa o sentencia. Lo que le gusta la detiene y lo que la enerva la pone a mil, la vuelca, la saca del planeta. No pueden vivir sin un galán y mucho menos sin un perrito muy pequeño por el piso confundiéndose con sus tacones. Su sensibilidad es caprichosa como una alarma de incendios, que a veces se prende porque sí y cuando llegan de verdad las llamas ni se inmuta. Todo le despreocupa y preocupa, pero ella decide cuándo sus indiferencias y cuándo sus furias. Sus piernas y su ganas de cantar son infinitas, o eso cree y hace creer al que la desmienta. Esté donde esté, tarde o temprano, siempre pide un espejo. De pronto le brillan los ojos y sonríe sin razón aparente, florece en medio del mundo con la fragancia del misterio. Cuando pienso en una diva pienso en Amparo Grisales y, por supuesto, en nuestra portada, la actriz peruana Stephanie Cayo, la protagonista de la novela de Caracol El Secretario, con su mascota Maya y su obsesión por que le pongan más crema en todo el cuerpo. Una diva es el problema exquisito que todo hombre quisiera tener para resolverlo. @jairocromos