Decía el yogi tibetano Jigme Lingpa que “esta vida es efímera: somos todos viajeros, viajeros sin hogar”. Y es que cuando la miramos con la mirada más amplia, esa que abarca tanto el nacimiento como la muerte, la vida es un viaje: impermanente, transitoria, asombrosa y llena de paisajes evanescentes, que se despliegan ante la mirada del viajero.
Pero somos proclives a la mirada estrecha. Ignoramos el viaje, para fingir el derecho a la permanencia. Agarramos las experiencias, los momentos, las personas. Queremos detenernos y hacer una morada. Pero de una u otra forma, cada experiencia se nos escurre como agua entre las manos; siempre debemos partir de nuevo.
Hace poco una paciente, entrando a sus 60 años me dijo con frustración: “hace 5 años sentí que había llegado a alguna parte, que me había encontrado, pero hoy siento que estoy perdiendo el piso, que lo que antes tenía sentido, ya no lo tiene, y me siento perdida”. Yo le respondí: “Por supuesto, uno cree que llegó, pero la vida no para, y no parará hasta que te mueras. Esto es un viaje forzado, y cada que uno se acomoda, llega un nuevo momento, un nuevo paisaje y ya el viaje es otro”.
Y tal vez por eso amamos los viajes, porque nos devuelven la mirada amplia, esa que nos da el tono para volver a asumir nuestra verdadera condición, la de eternos viajeros. Porque los viajes, geográficos o virtuales, más que la excepción o la ruptura, más que la novedad de lo extraordinario, ofrecen un profundo reconocimiento de nuestra naturaleza profunda: la regla es el viaje, porque el gran viaje es la vida.
Me parece que nuestro crecimiento está ligado a este reconocimiento. En la infancia damos las cosas por sentadas. El tiempo sigue la cadencia de la eternidad. Los territorios ofrecen una hermosa estabilidad y permanencia. Pero el transcurso de la vida nos empuja al tránsito obligado. La experiencia humana de muertes y renacimientos, encuentros y despedidas, pruebas y redenciones, toma la forma de un camino. Y cuando llegamos a la mitad de la vida y, en la cima del ascenso, empezamos a divisar el destino inevitable, es imposible no sabernos viajeros. La madurez del que no cierra los ojos, tiene el desapego del que sabe que nada es suyo. Y la vejez tiene la calma del que ha visto mucho, y el tiempo sagrado del que huele a la muerte próxima, el fin del viaje.
Pero detengámonos un momento en la condición del viajero. El viajero no exige eternidad y por eso honra el presente, y aprovecha el tesoro fugaz del tiempo. Sus manos no agarran sino que contemplan. Sus ojos tienen menos paredes y más paisaje. Sus experiencias no son la mediocre manifestación del tedio, sino el brillo vibrante del acontecimiento. En el viaje la ley no es el deber sino la libertad. Y el foco del viajero no está en la solidez de las cosas, sino en la plenitud de la experiencia.
Pero es fácil confundir el viaje con el extravío, que se rige por dos elementos: lo motiva la persecución y la huida, y dos, se pasa por alto que lo esencial es el viajero y no los lugares. Un ejemplo es la condición del judío errante, esa ansiosa actitud del que no se halla en ninguna parte, del ingenuo que cree que algún lugar lo hará feliz. Va de ciudad en ciudad y siempre encuentra la misma verdad que se empecina en ignorar: la felicidad no es una condición de los lugares, sino del viajero.
Otro ejemplo son los cazadores de experiencias extraordinarias. Persiguen el brillo de lo exótico. Tienen los ojos puestos más allá, el alma sumida en un anhelo de futuro. Y no saben que su amor por lo extraordinario es lo que condena al resto de la vida a lo ordinario. Hablan de la nieve del Tíbet, del tamarindo de Tailandia, de los ocasos de Fiji y de la fiesta de Goa. Pero en sus vidas de todos los días están muertos. No entienden cuál es el verdadero viaje.
Proust dio en el blanco cuando dijo que “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Y cuando el viaje se centra en el ojo, empezamos a sentir el escalofrío de la vastedad: porque de ese viaje no hay retorno. Si tenemos el coraje para asumir la vastedad, llegamos a la maestría del viajero: caminar un camino sin huella. Luis Enrique Mejía lo expresó bellamente cuando escribía: “¿Y ahora si cree que va para alguna parte? – Cuándo le toqué el tema (…) se limitó a decirme: “Vamos a donde nunca llegamos porque el lugar del destino se abre camino en nosotros”. (…) Finalmente, lo que disfrutamos es el viaje y todos los días llegamos a donde vamos, porque ahí vamos”.
Por eso Lao Tse nos dice que el sabio, el viajero, “sin salir de su patio, llega a conocer el mundo.(…) No viaja lejos para conocer más. Y aunque no viaja, lo sabe todo; y aunque no mira, puede discernirlo todo”. Porque una vez se entiende la esencia del viaje, la geografía ya no importa. Cada rincón del mundo es tan cercano y lejano como cualquiera, cada persona tan íntima e insondable como cualquiera. Y sí, habrá también un ahora, donde tendremos que asumir otro viaje, uno que el poeta Juan Ramón Jiménez visualizó así:
“…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico…” .
Foto: Istock.