Madre del soldado profesional Edwin Carranza Acevedo, muerto en combate con las FARC.
Nací en Granada, Meta, tengo 44 años y tuve dos hijos, Edwin y Lizeth. Me separé de mi esposo cuando ellos tenían 11 y 8 años y tuve que hacer de papá y mamá. Por miedo a que las Farc se llevaran a mis niños, me fui a Zipaquirá buscando oportunidades. Yo no pude terminar mis studios y tuve que trabajar en un cultivo de flores; así es muy duro pagar arriendo y educar a dos hijos.
Al terminar el bachillerato, mi hijo salió apto para prestar el servicio militar; él no quería, pero con el tiempo le gustó. Él me contaba que le mostraban videos de cómo las Farc mataban a sus compañeros. Cuando terminó el servicio se quedó como soldado profesional. Yo digo una cosa, el ejército los entrena para matar. Siempre que salía de permiso, venía triste, contando que les habían matado a tantos compañeros. Tenía un corazón tan grande que de su sueldito donaba 150 mil pesos para una fundación que atendía a los soldados que quedaban mutilados y heridos.
Ya iba a cumplir seis años de carrera. Todos los 16 de diciembre iba a la casa y se iba el 16 de enero; esos son los meses más duros para mí. En diciembre de 2012 llegó y me dijo que pensaba retirarse, quería rehacer su vida, tenía una novia y quería estudiar sistemas, ya había cumplido con la promesa de pagarle la universidad a su hermanita. Cuando llegó a Tolemaida, en enero, me llamó y me dijo que había pedido la baja pero que el capitán y sus compañeros lo habían convencido de no hacerlo.
Yo sentí un presentimiento, le dije que lo tendría en mis oraciones de todos los días. A los tres días se lo llevaron para la Julia, en Uribe, Meta. Desde allá me llamó, me pidió la bendición, yo le pedí que se cuidara mucho. No volví a hablar con él. Los compañeros me contaron que hubo un ataque de la Farc y que él murió defendiéndolos. Por ser alto -él medía 1,75- cargaba la M-60, un arma que le hace más daño a los guerrilleros y ellos siempre le disparan al que la tiene.
Después de eso uno camina y habla porque le toca, pero no quiere vivir. ¿Para qué vive usted si le quitan la vida así a un muchacho lleno de planes?, ¿qué culpa tengo yo para que el hijo que traje al mundo muera en una guerra así de absurda. Tuve tres sicólogos durante seis meses, no pude ni siquiera trabajar. Como es normal, el papá que nunca vio por él se apareció a reclamar la pensión; como si hubiera sido un buen padre. Yo quedé con media pensión.
Yo entregué a mi hijo sano y salvo y me lo entregaron en una bolsa negra. No es justo que a un ser humano lo entreguen así, como si fuera un animal. Cuando uno tiene que hacer las vueltas es muy doloroso porque la gente que lo atiende a uno en el ejército lo trata mal cuando saben que es la mamita de un soldado, parece que no sintieran dolor. Dicen que eso es normal o que ya le había llegado la hora.
Yo reaccioné como al año y medio. Cambié de trabajo y eso me sirvió mucho, estudié gastronomía en la CUN y ahora estoy validando el bachillerato. De tanto ir a sanidad del Ejército me volví popular hasta que un día me invitaron a asistir a un encuentro de víctimas en Barranquilla y me encontré con un montón de señoras que contaban cómo sus hijos y esposos llegaban destrozados por las bombas o cómo recibían apenas pedazos de los cuerpos. Yo no quería meterme de líder, yo no sabía que era eso, pero allá en ese foro organizado por la ONU me di cuenta de que la mayoría no tenemos estudio, estamos desamparadas, olvidadas, nadie sabe que existimos, estamos deprimidas y no tenemos trabajo. Y conocí a otras víctimas que estaban organizadas y yo pensaba que podía hacer algo. En esos foros nos atacaron, nos decían que éramos paracas.
No sé por qué apenas sabían que éramos familiares de militares nos hacían el feo y nos acusaban de falsos positivos.
Luego fui a Cali y con otras mujeres logramos que nos escucharan y pasamos una propuesta para que nos reconocieran como víctimas de las Farc. Yo les dije, y les digo, soy víctima porque mi hijo murió por cuidar este Estado, por proteger al gobierno. No entiendo por qué guerrilla y ejército se matan. Hay mucha gente que no tiene la culpa de estar metido en esos grupos de guerrilla y terminan allá matando a otros. Es la vida de ellos o la de los otros.
Yo tengo la idea de montar un proyecto productivo en el llano para que las mujeres que sabemos trabajar el campo podamos sembrar yuca, plátano, piña, mandarina, mango, tener nuestras gallinas. Ya logré contacto con Fundación dignidad respeto y honor de los militares y las universidades del Bosque, la Javeriana y el Externado nos van a asesorar.
Yo les diría a todas las mamitas de los hijos que se han ido a todos los grupos a morir en esta guerra, que debemos unirnos para lograr la paz. Solo nosotras sabemos el dolor por el que hemos pasado. Es importante que propongamos proyectos productivos. Yo creo que las guerras vienen por falta de empleo, y hay que pedir que el estado nos apoye, que regresen las tierras para que cultivemos. Quiero que nos unamos con las mujeres guerrilleras que salen de los grupos armados, ¿si nosotras no buscamos la reconciliación, quién lo hará?
Foto: David Schwarz.