El orgasmo femenino –en sí un eterno enigma para cualquiera de mi género– debía de ser un objetivo inapelable; un indicador de éxito sin el cual la jornada amorosa perdía sentido.
Debo reconocer que yo me tomé demasiado a pecho este comando. Para mí, el único sexo válido era el sexo con orgasmo bilateral, fuera coordinado o no. Obsesionado con los resultados, pasé años poniendo a prueba mi imaginación buscando métodos que me permitieran constatar que la chica había alcanzado sus glorias. Rápidamente me harté de la tradicional pregunta: “¿Te viniste?”, pues era patética y perezosa, y me resolví por la vía de la observación: dilatación de pupilas, estremecimiento involuntario del cuerpo… Pero no funcionó.
La cosa se fue agravando, hasta que alguna me agarró, a punto de terminar, con dos dedos puestos sobre su arteria carótida. Yo simulaba un cariñito, pero me descubrió. “¿Me estás tomando la tensión?”. Y yo: mmm… ups. Toqué fondo.
Tras años de intentos fallidos por descubrir el método de oro para comprobar si me estaban o no mintiendo, terminé llegando a una sola conclusión: ¿Qué diablos importa? ¿En qué momentos permitimos que se popularizara la idea de que los hombres somos responsables de los orgasmos femeninos? Ha sido suficiente. Yo les ruego, mujeres del mundo, es hora de que nos liberen de esta carga, ¡Responsabilícense de sus orgasmos!
La ciencia lo ha demostrado. Desde los años setenta, desde que lo prescribieran dos psicólogos norteamericanos, la sexología lleva predicando a los cuatro vientos un sano ritual masturbatorio para paliar el karma de la anorgasmia. Sus resultados parecen ser tan satisfactorios que ya es casi un vox populi: lo repite Playboy, lo repite la Dr. Fulana en el programa de radio y lo imploro yo: a solas o en compañía, aprendan a quererse, sin miedo, sin asco y sin complejos.
Los hombres lo venimos practicando hace milenios y nos funciona a la perfección. Me consta que algunas aventajadas en el tema también le han sacado provecho, y no pasados los primeros minutos de una jornada se están disfrutando en abundancia. ¿Por qué habrían entonces de resignarse a esas largas jornadas en donde nada pasa y, aún peor, convertirnos a nosotros, que tantos las queremos, en los únicos responsables de tan importante tarea?
No más con eso. Basta con arrancar. Cierren la revista y manos a la obra.
¿No era lo que esperaban?
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No prometo resolvérselas, pero nos divertiremos.