La vida de Martha Lucía Becerra ha sido marcada por permanentes retos, porque ser madre a los 17 años, tener cinco hijos, una de ellas con condiciones especiales, vivir el secuestro de otro y luego montar un colegio para apostarle a la inclusión de niños en condición de discapacidad, la convierten en una mujer a toda prueba. Martha estudió pedagogía infantil en la Normal de Copacabana antes de tener a su primera hija, pero aplazó el ejercicio de su profesión para cuidar a Paula Andrea, que nació con parálisis cerebral y una discapacidad funcional por encima del 92%.
Mientras muestra con orgullo las instalaciones de su colegio, cuenta que empezó como profesora en una escuela del barrio Zamora de Medellín pero por el traslado laboral de su esposo, que también es maestro, la familia tuvo que desplazarse al municipio de Peque, que por esa época era epicentro de la violencia. “Fueron siete años que uno quisiera olvidar porque allí delincuentes secuestraron a una de mis hijas, nos pedían 30 millones de pesos que no teníamos y aunque el ejército nos la rescató sana y salva, fuimos víctimas del peor de los atropellos humanos”, relata Martha Lucía sobre ese pasado de dolor.
«Paula vivió 35 años con el 92% de discapacidad y parálisis en su cuerpo. Yo sé que ella me dejó una misión y yo la disfruto: educar a cada niño, no importa la discapacidad que tenga»
De regreso a Medellín, se fue a trabajar como profesora del colegio de un familiar y después de un par de años decidió endeudarse para comprar la licencia del instituto. El Centro Educativo Senderos Infantiles comenzó con unos 30 estudiantes porque su idea inicial fue practicar una educación personalizada y en 2009, venciendo sus propias dudas, inició la inclusión de niños con discapacidad. La muerte de su hija Paula, quien durante los 35 años vivió en relación permanente con sus cuatro hermanos, le ratificó a Martha Lucía que esa exitosa experiencia debía replicarse con más fuerza en el colegio.
Martha tiene 92 estudiantes. Sus cuatro hijos le ayudan en el colegio y donan parte de su salario para los estudiantes de menos recursos económicos
Decidió, entonces, incrementar el número de estudiantes con diversidad funcional en cada aula de clase. Lo que parecía un golpe a la moral familiar, se volvió un nuevo reto hoy plenamente superado. Quizá uno de los momentos de mayor emoción para quien visita el colegio de Martha es ver interactuar a estos niños a la hora del descanso. Juegan juntos, se cuidan unos a otros, se protegen y se respetan. Basta ver cómo a la hora de repartir los equipos para un partido de fútbol, los primeros en ser pedidos por los capitanes son los que tienen capacidades especiales, porque dicen, juegan con el alma. Martha está a cargo de los niños de tercer grado, pero cuando faltan unos minutos para la una de la tarde y se agota la jornada, su responsabilidad se va para la puerta del colegio en donde entrega personalmente a cada uno de los niños.
La mayoría de chicos pagan una pensión, pero varios de los niños especiales no pueden por las dificultades de sus familias, entonces los hijos de Martha que hacen parte del equipo docente cubren esos gastos con parte de su salario. “Esto es como un acto en memoria de su hermana que aunque nunca pudo ir a la escuela, nos dejó la misión de reconocer a estos niños, darles un lugar digno y ayudar a esos papitos”, dice Martha Lucía. Sobre la decisión de aplicar la inclusión escolar, Martha sostiene que lejos de ser una obligación para los colegios, este debería ser parte del compromiso social que tienen los establecimientos educativos para formar seres humanos más sensibles y humanistas y como el ejemplo debe empezar por casa, aquí estudian sus dos únicos nietos.