“Somos todavía, pues, animales de grupo”. Las palabras de Doris Lessing retumban en mi cabeza tan fuerte como suenan los tambores tan pronto me bajo del bus y comienzo a internarme en un mar turbulento de carrozas y comparsas. Continúa la premio Nobel su querella: “Pero lo peligroso no es pertenecer a un grupo o a una serie de grupos, sino no comprender las leyes sociales que gobiernan a los grupos y, por ende, también a nosotros”. Avanzo por el mítico cumbiódromo de la Vía 40 en Barranquilla y a medida que rozo y choco, como un átomo, con más gente disfrazada de lo que sea, de Obama, de dios sol o de palmera, siento que mi disfraz no es esta camisa blanca, este sombrero y este pañuelo dorado de lentejuelas atado al cuello, sino que mi verdadera máscara es toda esa muchedumbre alegre y laboriosa de llevar a cabo su ritual sagrado de la fiesta. Tengo su atención y ellos la mía. Es un juego de yo te miro y tú floreces, tú me miras y yo irradio casta y buena energía. Todos somos parte de una gran ilusión colectiva. Nos miramos, nos cruzamos, bailamos y nos fundimos en un gran río de niños derretidos bajo un sol que también nos mira. Ya no busco personas similares, al contrario, quiero pensar y sentir como esa multitud extraña que con cada golpe del tambor quiere alzar un peldaño más alto su vida. Ahora Lessing ya no es la Nobel de Literatura, viene disfrazada de hombre callejero, de Saul Williams, el rey del hip-hop, para poner claridad con su poesía sobre lo que hago aquí en esta romería, “sí, (dice) yo tengo alas. Tú tienes alas. Todos los hijos de Dios tienen alas. De modo que ensanchemos la circunferencia de nuestros nidos y escapemos de esta incubadora urbana”. Y los barranquilleros todos, santos y pecadores, ricos y pobres, viejos y jóvenes, blancos, cobrizos y negros, son capaces de escapar en febrero hasta el cielo detrás de Joselito y volver luego como si nada a sus oficios. Por algo este carnaval es para la Unesco “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”. Para los que todavía no se animan, es como meterse debajo de la piel de un pueblo rumbero. ¡Buena catarsis! Y vuelvo.