”La historia se cansa de no tener rostro y vuelve a lo singular”, eso dice François Dosse. Parafraseando al autor de El arte de la biografía, a veces las noticias también se cansan ¡pero de tener el mismo rostro! Vemos pasar los mismos con las mismas, subiendo y bajando, como en un tiovivo. Y no pasa nada. Pasan y vuelven a pasar. Es lo normal. Por eso resulta tan afortunado toparse con “recién desconocidos” que tengan mucho que contarnos. A veces, las historias contundentes no tienen caras populares ni familiares. Vienen por ahí en cuerpos anónimos que se confunden con el resto de la gente. Simplemente están ahí, como esperando que nuestras miradas cambien de dirección y nos fijemos en ellas porque sí, porque han sufrido para sobrevivir, porque se empeñaron en refugiarse en su propia sombra o porque se esforzaron y llegaron a ser lo que alguna vez soñaron ser. Son rostros que vienen para romper el monopolio de los rostros conocidos o cómplices que siempre le hacen un guiño o juego a las noticias. Estos nuevos visitantes de nuestras páginas, simplemente han vivido sus vidas con tal intensidad que hoy merecen ser contadas, no importa que vengan rodeadas de venturas o tragedias, son alegrías o tristezas que a la postre enseñan. Fue así como le abrimos la portada de nuestra revista al bailarín de Buenaventura Fernando Montaño, hoy celebridad en Londres. La misma atracción y entusiasmo nos produjo una pareja, Mariela Forero y Armando Rey, que convirtió una plaga en un buen negocio de caracoles; o el joven bogotano Iván Luna, que construye satélites. Y con la misma atención nos sentamos con Martha Corrales, una mujer que terminó esclavizada por la mafia en Japón y que hoy tiene la entereza de contar su historia para que otras mujeres no caigan en la trampa. Encuentros nuevos con la elocuencia de lo que duele en el alma o entusiasma.