El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

No fue el brócoli, fue la guerra

"La paz no se firma ni se estudia; la paz es el resultado de la tolerancia".

Por Redacción Cromos

03 de octubre de 2016

PUBLICIDAD

Por: Karen Gritz Roitman.

Edad: 23 años.

Estudiante de Comunicanción Social.

 

 

Nadie sabe todavía cómo viene servido el platillo de la paz. Elegir esta opción en el menú es arriesgarse a que nos traigan a la mesa un sapo baboso que no se puede devolver a la cocina en caso de que no nos guste. Nadie sabe con certeza, ni el mismo jefe de cocina (o de Estado), con qué debe ir acompañado el manjar que desde hace años se está hirviendo en la caldera presidencial. Aunque algunos comensales ya dijeron de antemano “no, gracias” a las propuestas del chef, otros queremos creer que el anfibio verdoso quizás sabe a pollo o, en el peor de los escenarios, a brócoli.  Y es que la paz es como ese pequeño árbol que nos obligaron a comer de niños; a nadie le gustó de entrada, pero a todos nos convencieron de sus poderes para hacernos crecer sanos y fuertes. 


Me criaron a punta brócoli tibio y muchas noches me acosté con dolor de estómago. Podría pensarse que el vegetal me indigestaba, pero, en realidad, el malestar, que solo hasta hoy empieza a ceder, fue consecuencia de haber tenido que tragar una guerra que no pedí, pero que de todos modos me fue concedida. La verdadera culpable de mi enfermedad ha sido la carta periodística, bombardeada día a día con titulares de la guerrilla. ¿Quién puede “soñar con los angelitos” después de ver el noticiero de las 7:00 de la noche?


El monstruo de mis pesadillas, claro está, no es cosa de mi imaginación. El personaje del terror es real y se pasea entre nosotros, no se esconde debajo de las camas ni detrás de los sofás. El esperpento de la guerra está en todas partes y ya nos hemos acostumbrado a su presencia. He ahí mi desventaja: nací en un país con una larga trayectoria violenta y no me puedo imaginar cómo se siente la paz. Nunca la viví. 


Los de mi generación sabrán de qué hablo, pues somos los nietos y herederos legítimos de un conflicto que no elegimos por voluntad o por convicción. El problema aquí es que la versión de la historia que tenemos está ligada a los relatos de otros y eso nos hace tropezar con las experiencias que marcaron a nuestros padres. Si los tocó la guerra o no, si tuvieron que combatirla o no, si la promovieron o no, todo termina por enredar nuestra postura en nudos ajenos. Pero eso es también una ventaja. Al no ser devotos de un solo bando como ellos, tercos, podemos con más elasticidad hacer concesiones en el debate político que, queriendo o no, hemos construido con base en las secuelas que nos alcanzaron y no en las causas que nos contaron.


Gran parte de las discusiones que protagonizamos los jóvenes son pacíficas por defecto. Es así, no por la sutileza de nuestras palabras, sino porque en las redes sociales, donde yacen los memes de la política en tanga, no hay lugar para la confrontación cara a cara. Estos espacios de conversación no están diseñados para acoger grandes argumentos entre opuestos. Allí no hay a quién convencer porque solo aceptamos (literalmente) compartir opiniones con otros de nuestro mismo talante. Si las cosas no se ordenaran según nuestras preferencias, no nos prestaríamos para cargar públicamente con el título de fan, seguidor o, algo mucho peor, amigo de alguien o algo que no nos representa. O todos somos sí o todos no. En estas condiciones, la lucha no es por defender una ideología, sino por demostrar quién es el más erudito o el más popular.


Este juego de simpatías y antipatías lo único que ha logrado es impedir que seamos el país más feliz del mundo (y el más democrático también). Atribuirle un nombre (o un partido) a la construcción de paz, no solo es lavarse las manos frente a una cuestión que nos compete a todos; hacerlo también es entregar el sistema a una tiranía que se preocupa por salvar el orgullo de pocos y así es muy fácil culpar a otros por la guerra que ocasionamos con la pereza de asumir nuestra ciudadanía. El futuro al que le estamos apostando, ya sea próspero o desalentador, no puede ni debe ser responsabilidad de unos contados actores de este drama clichezudo.  

 
Y entre que si soy del sí o del no, o si voy a votar por Timochenko para presidente 2018 o no, lo curioso de todo esto es que la paz nos es tan desconocida que fue necesario convertirla en un asunto de cátedra digno de ser evaluado. Ahora que esta palabra ya no se escribe con una pluma sin tinta, tenemos que aprender con planas, a la antigua, a conjugarla en los tiempos correctos: presente y futuro. Sin embargo, este contenido no puede quedar solo en los renglones de un acuerdo o de un cuaderno. La paz no se firma ni se estudia; la paz es el resultado de la tolerancia, inclusive, cuando el bebé del vecino llora sin parar hasta las 3 de la mañana. 


Estrechar la mano con las Farc no significa que los conflictos van a desaparecer por arte de magia… en realidad nunca van a terminar. Lo que sí se acaba con este gesto de humanidad (que parece más bien un grito de auxilio) es una guerra que ha pintado las fronteras de Colombia con su sangre y el escudo de la nación con el miedo. 

No ad for you


Atrevernos a aceptar que existe otra forma de combate, sin armas, es como echar una moneda al aire y esperar a que caiga del lado que queremos. Y aunque esto parece una fiesta de oficina (que todo el mundo sabe cómo empieza, pero no sabe en qué termina), lo importante es saber que con ese ‘carisellazo’ ya se pagó el sapo de la cena. Hay que tragárselo y de un solo bocado; creyendo que es pollo, pero con la esperanza de que tenga los mismos efectos del brócoli. 

 

 

Por Redacción Cromos

“Somos la revista de mayor tradición y reconocimiento en Colombia. Entérate con nosotros de temas de estilo, moda, salud, belleza y sociedad.” RevistaCromos
Ver todas las noticias