Hace poco más de dos meses, un ataque químico en Siria que mató a más de 100 personas indignó al mundo. Hace poco menos de un mes, un ataque en un concierto en Manchester dejó 22 muertos. Hace un par de días, un petardo explotó en un centro comercial de Bogotá y se llevó la vida de 3 mujeres. Hace siglos, el odio y el rencor han dejado infinitos, incontables e inimaginables muertos.
Hace mucho que nos venimos haciendo daño y seguimos sin detenerlo. Creamos odios infundados, vengativas repugnantes y paisajes grises sobre nosotros mismos. Y nos seguimos matando. Con ataques químicos, con balas, con bombas, con palabras y ahora, con redes sociales.
Nos matamos con anónimos digitales, con seres virtuales. Nos consideramos líderes de opiniones erradas, de acusaciones políticas vagas. Creamos conflictos donde no debería haberlos. Nos aferramos tan fuertemente a cualquier corriente política que olvidamos nuestra corriente humana.
Y a la humanidad la dejamos encerrada, la prostituimos hasta llegar al morbo. Del ataque en el centro comercial Andino recibí en cadenas de whatsapp al menos 5 fotos de posibles víctimas del atentado. Recibí mensajes contra Juan Manuel Santos, leí otro par contra Álvaro Uribe. Ni a las víctimas ni a sus familias les habría importado mucho. Por encima del dolor, al país lo absorbió de nuevo el odio. Twitter se convirtió en un caldo de cultivo de santistas, uribistas, fanáticos religiosos y algunos otros que lanzaban diez mil insultos en 140 caracteres. Todos, a nadie. A nadie más que a ellos mismos que pretendían odiar a quien no sabe que está siendo odiado.
Impávidos ante el dolor y eufóricos ante las palabras de odio, vamos dejando que losaños pasen y que la vida pase con ellos. Que el mundo pase, y con él, el odio. Vamos impregnando a hombres, mujeres y niños que podrían ser nuestros esposos, esposas o hijos, con rencores pintados en paredes que ya bastantes manchas de sangre han recibido.
Ojalé entonces, que así como las rosas blancas siempre llenan los lugares después de los atentados y las masacres, empecemos a llenarnos de amor compasivo para meternos en la cabeza que, como dijo alguna vez Sartre: “Basta con que un hombre odie a otro para que el odio vaya corriendo hasta la humanidad entera”.
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