Hace 27 años, cuando entraba por primer vez a la sala de redacción del diario El Tiempo, que más parecía un laberinto de cubículos y escritorios, ese mismo día salían en desbandada lenta y sistemática, como tortugas y cangrejos, un mar de máquinas de escribir grises y ceniceros de todos los colores y tamaños. Las manchas pálidas que dejaron sobre las superficies amarillentas de las mesas de los periodistas, tan evidentes como las huellas que dejan las piedras, fueron rápidamente cubiertas con grandes computadores con apariencia de gruesas lápidas con letras subiendo por sus vidriosas superficies como hormigas. Así fue mi primer día de trabajo, como practicante, siendo testigo de cómo el aire circundante se deshacía por completo de su gran carga de humo de cigarrillo, y aligeraba sus alforjas con menos corrillos y menos bulla y murmullos en sus pasillos, ante la posibilidad de comunicarse de pantalla a pantalla con mensajes de texto, sin tener que levantarse del puesto. Adiós alharaca y bocanadas, adios sonidos de bailarín de tap, producidos por las teclas machacando las pequeñas letras contra las hojas de papel, sometidas y ruidosas sobre cientos de rodillos. Dos cosas se iban para siempre y sin duda sembraron en nosotros mutaciones jamás inventariadas. Hoy, 27 años después, tengo una sensacion parecida de entrar a un gran salón donde, en medio de un gran bullicio, algo o alguien se prepara para callar, mientras algo o alguien más subirá su voz hasta abarcarlo todo. Esta vez, la sensación de mudanza no es tan clara ni atropellada como la de El Tiempo en su momento de cambalache de Olivettis por PC. Es algo más imperceptible pero no por ello menos evidente. Es algo que viene, que ya está de viaje, y que seguro llegará cuando tenga que llegar a contarnos nuestra propia experiencia en formas distintas, sin viejos hábitos de lectura, ni páginas que se doblen en las puntas.