En momentos como estos, de ver a un hombrecito menudo del campo colombiano jalando por las narices con su pedaleo redondo a un pelotón de atletas macizos de laboratorio, entiendo por qué hace algunos años los locutores pusieron de moda para estas gestas heroicas, poner de fondo y a todo volumen, en la radio y la televisión, el himno nacional. Gracias a Kid Pambelé, Lucho Herrera, la selección nacional del cinco a cero contra Argentina y Juan Pablo Montoya en la Fórmula Uno, soy de una generación adicta a oír el “¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal! ¡En surcos de dolores, el bien germina ya”, en momentos de efervescencia y calor como los recientemente vividos en el Tour de Francia con Nairo Quintana. Y aunque el himno de Sindici y Núñez ya no lo pongan en situaciones como esta, por parecer tan lobo, altisonante o mañé, como los pasajeros que aplauden cuando aterrizan los aviones, pude rescatar esta tradición gracias a las conexiones virtuales y pude oírlo como me gusta, fuerte y marcial, mientras veía en la tele a nuestro Nairo pararse sobre los pedales y dejar atrás al inglés Christopher Froome y al español Joaquín Rodríguez, para ganar la penúltima etapa y convertirse en subcampeon del Tour, campeón de los jóvenes y campeón de la montaña. En el país cualquier héroe desborda nuestras emociones no solo porque nos sorprende con acciones extraordinarias, sino también porque el protagonista de la hazaña de turno nos demuestra con su esfuerzo que no solo los hijos de un mortal y un Dios, como los héroes griegos, pueden triunfar en la vida, sino que también lo puede hacer un simple hijo de vecina, por lo general, criado en condiciones más difíciles que las del resto de los mortales. Y eso fue lo que nos inspiró Nairo Quintana hace unos días volando en su bicicleta por las épicas cumbres francesas. Esta vez dejamos a un lado la belleza en nuestra portada para hacerle un homenaje al pundonor de nuestro nuevo héroe de Cómbita.