Las historias pasan tan aprisa que no hay tiempo de entrar en ellas. Son como avisos de neón que se prenden, llaman la atención pero al rato su luz se acaba. Se enciende un titular y al cabo del tiempo ya no ilumina más, pero más adelante hay otro que alumbra y se apaga, y otro más, en una fila extensa de alertas incompletas que no nos llevan a nada, solo a una torturante vigilia. Lo malo es que con esa narración escasa creemos saber lo que de verdad ocurre en nuestras vidas, cuando en realidad lo que apenas vemos son las sombras de las noticias. Se nos ha olvidado contar lo que pasa con la falsa excusa de informar de forma rápida y objetiva. Y eso nos incapacita para vivir de verdad nuestras pesquisas. Es por eso que a veces un poco de tiempo lento nos puede ayudar a que el lector encuentre en nosotros la osadía de quedarnos en una y solo en una historia –así nos dejen varios trenes de ruidosas primicias– por el simple hecho de saber más y mejor de un tema prohibido, de un personaje oculto o de una nota que no pudo llegar a ser grande por falta de tiempo y exceso de distancia. El afán atropella, por eso desde CROMOS queremos que nuestra actualidad no sea un poco de todo sino mucho de sólo un poco. Parece un trabalenguas pero así son los retos. Por eso desde nuestros comienzos, hace 96 años, la revista no cubre la noticia sino que le hace visita. Así fuimos en esta edición a la casa del artista Édgar Negret y así hablamos con Isabella Rosellini a propósito de su visita a Colombia. Recuerdo El libro de los libros y el desafío de su dibujante, Quint Buchholz, quien mandó por correo a cada uno de los escritores favoritos, una ilustración diferente para que la vieran y extrajeran de ella su mejor historia. Deberíamos hacer lo mismo con algunas de nuestras escenas olvidadas, deberíamos sacarlas de la basura, desarrugarlas y volverlas a contar con brío y con gracia, en el papel, en internet, en iPad, en iPhone o en las alas que sean necesarias para ponerlas a volar.