En teoría no debería ser tan difícil. Tenemos la idea de que la clave es comer menos calorías o quemarlas en el gimnasio. Sencillo. El problema es que ese es el raciocinio que hace nuestra mente vanidosa, pero nuestro cuerpo, enfocado en sobrevivir y en mantener a todos los órganos funcionando como relojitos, trabaja de otra manera y no le interesa perder energía.
El científico Darío Pescador le explicó a Eldiario.es que la tendencia natural de nuestro cuerpo es quedarse con el peso que tiene. Esto se conoce como homeostasis y, en otras palabras, es la capacidad que tiene el organismo de mantenerse estable internamente frente a cambios en su entorno. Es una habilidad maravillosa, porque es una especie de escudo que nos protege de las amenazas a nuestro alrededor: como el de una cabeza que prefiere la delgadez a la salud, por ejemplo.
Por otro lado están las hormonas. Cuando estamos a dieta baja el nivel de leptinas de nuestro cuerpo y para el hipotálamo eso significa inanición, por lo tanto, el cerebro nos empieza a mandar señales para que comamos. Además, el páncreas reduce la producción de amilina, que nos da la sensación de saciedad.
A todo esto se suma que el cuerpo tiene un sistema de ahorro de energía. Por simple lógica de supervivencia, si introducimos menos alimentos a nuestro cuerpo, más trabajo nos va a costar quemar calorías: hay que cuidarlas porque las podríamos necesitar para caminar, para pensar, para respirar.
Para rematar, el organismo tiene una memoria que también tiene como propósito mantenernos sanos. Cuando terminamos la dieta, las hormonas aún recuerdan esos tiempos de “inanición”, así que invitan al cerebro a comer todo lo que pueda mientras pueda. Y entonces subimos en una semana lo que bajamos en tres meses.
También permanece el ahorro energético. Tenemos que guardar todas las calorías posibles en caso de que lleguen, otra vez, tiempos de ‘vacas flacas’.