Quisiera, primero, decir que estas son dos cartas que quedaron dobladas y guardadas para siempre en el bolsillo de mi chaqueta de jean. Quisiera, segundo, contarles que mientras escribía, esperaba –en la estación de TransMilenio Calle 45– una ruta B23, que me dejara cerca al sitio donde trabajo desde hace cuatro meses. Quisiera, tercero, llevarlos a caminar conmigo por una historia que seguramente no les va a importar, pero a la que le guardo una fe especial, porque sé que lo efímero de la revista que sostienen entre las manos es directamente proporcional, en contexto y en forma, a la distancia que nos cobija, y que, sin embargo, no nos impedirá entender (porque yo también necesito hacerlo) de qué hablamos cuando hablamos de amor, como diría Carver. Quisiera, cuarto, pedirles perdón por escribir en primera persona:
Dulce jueves, Bogotá.
Llevo tres horas en posición fetal por la dificultad que implica escribir esto. Dos horas en la cocina, dos en la bañera. Siete días postergando lo que ahora soy y lo que tengo debajo de las lastimaduras de mi rodilla izquierda. Lo que me queda en el abismo incoherente al que van a parar todos mis miedos y que encaja perfecto en mis costillas fracturadas por la podredumbre en el mundo y por el dolor que me produce la falta de humanidad de aquellos a los que quiero.
Siete horas pensando, o mejor, recordando, lo mucho que me gusta que nuestras continuidades hayan empezado de cabeza, como quien salta de un helicóptero a 5.000 metros sobre el nivel de la tierra: mirándonos sin vernos a los ojos, sintiéndonos sin la necesidad absurda de querer tejer ambas vidas en una etiqueta, escuchándonos en el silencio.
Y digo “de cabeza” porque usualmente estas tres características que te nombro aparecen en una relación cuando ya ha pasado ese tiempo prudencial en el que el sentimiento amoroso empieza a convertirse en bandera y en confianza. Me alegra decir, por ejemplo, que no tuvimos que esperar para sentirnos libres juntos. Esa libertad sobre la que hemos hablado tanto es vital en estos tiempos de falsa entrega y nos hemos volcado hacia ella con fuerza.
Además, nuestro amor físico no prevalece sobre el amor que inspira al ser. Prevalecen los libros, las canciones y las películas que nos hemos regalado. El “Me hiciste dar ganas de leer más” recíproco. Y el “Jueputa, son las 5:00 de la mañana y no hemos dormido nada por estar hablando”.
Triste viernes, Bogotá.
Quise continuar la carta anterior, pero no me gustó. Voy hacia vos y escribo (no me he podido quitar esta manía de hacerlo mientras espero lo que sea). “Voy hacia vos”… ¿Te das cuenta de lo que te digo? Te has convertido en camino y en estación…
Qué me iba a imaginar que el día que vi a ese chico –que llevaba en la mano un anillo de ojo, en el índice derecho, y uno de escarabajo, en el anular– iba a cambiar por completo la secuencia de mis pasos. Vos decís: “Nos hubiéramos encontrado después”. Pero en el fondo sabés que no, porque, ¿cuándo nos hemos vuelto a ver por casualidad para hablar, como hablamos esa primera vez en el stand de Corferias, doce horas seguidas?
No puedo siquiera imaginar lo que habría hecho si el desorden de tu pelo, sobre el que me cuentas cada tanto, no me despertara en los días en los que el sol se inmiscuye por la ventana de tu casa o de la mía. ¿Qué hubiera hecho si la comprensión que te embriaga no estuviera aquí; si no me esperaras en las noches, al otro lado de la luz; si no me dijeras que está bien que llore; si no me coquetearas tanto; si no me dijeras que no puedes besarme en público porque sientes que eso es profanar mi cuerpo? ¿Qué haría sin tu profunda ternura y sin tu fuerza animal? Todo y nada, como siempre, porque en eso radica la belleza de este nosotros: no me inspiras a ser más o menos triste, feliz o sarcástica. Me inspiras a ser yo. Yo transparente.
Qué historia esta que se puede resumir en un párrafo: Desde que empezamos a hablar, nunca paramos de hacerlo. Si no estamos frente a frente, estamos detrás de una bocina o en una ventana emergente de chat. Te dije que me dieras un beso, me dijiste: “No quiero que pienses que si un chico te invita a tomar una cerveza es porque quiere que le des un beso”. Te respondí: “¿No quieres un beso?”. Te quedaste inmóvil: “Sí”. Y fuiste a la barra por un tequila. Después todo ha sido desaprender. Y recordar un poema de Jattin, que refleja de algún modo, el principio y el fin de esto a lo que hemos preferido llamar N.N.:
Prometo no amarte eternamente, / ni serte fiel hasta la muerte, / ni caminar tomados de la mano, / ni colmarte de rosas, / ni besarte apasionadamente siempre. / Juro que habrá tristezas, / habrá problemas y discusiones, / y miraré a otras mujeres, / vos mirarás a otros hombres; / juro que no eres mi todo / ni mi cielo, ni mi única razón de vivir, / aunque te extraño a veces. / Prometo no desearte siempre / a veces me cansaré de tu sexo / vos te cansarás del mío / y tu cabello en algunas ocasiones / se hará fastidioso en mi cara. /Juro que habrá momentos / en que sentiremos un odio mutuo, / desearemos terminar todo y / quizás lo terminaremos. / Más te digo que nos amaremos, / construiremos, compartiremos.