Por: Juanita Kremer
Es increíble cómo la maternidad replantea todo aquello que fuimos. Siempre he luchado por ser independiente, por tomar decisiones sin preguntarle a nadie y por defender mis ideas a pesar de que el mundo se me venga encima. He recibido apoyo de mi familia, pero me enorgullecía haber tomado las riendas de lo mío desde muy joven y haber asumido las responsabilidades que conllevaba esa autonomía. Fui dueña de mi vida. Siempre.
Hace unos días mi hijo tuvo una gripa fuerte y dejó de comer. ¡Él! Que es buena muela como pocos. Es difícil explicarle, si usted no es mamá, lo que uno siente cuando esos muchachitos se enferman. Uno quiere tener poderes, absorber sus males y borrarles esos cachetes rojos encendidos en fiebre. Uno está dispuesto a tragarse la enfermedad y estar en la cama por días, con tal de que ellos estén bien. El estómago de uno se revuelve al verlos a ellos desgonzados en la cama, desganados y tristes. Uno siente que alguien les robó el brillo.
Uno de esos días, mientras le insistía con una sopita de pollo, el niño fue hasta la cocina, sacó el tarro de galletas y me estiró un paquete frente a la cara para que se las abriera. ¡No supe qué hacer! Empecé a dudar. Yo, la mujer decidida e independiente. Sí, un simple paquete de galletas me hizo tambalear como madre. O al menos eso sentí.
Esta fue mi conversación mental:
Yo: Está enfermo y solo quiere comer eso.
Mi otro yo: Si le das unas galletas dulces te la va a montar y el problema será después. No comerá igual a como lo ha hecho hasta ahora.
Yo: Pero está enfermo…
Mi otro yo: ¡Mano dura! Que la gripa no sea una excusa.
Yo (le pregunto a mi esposo): ¿Crees que le debo dar las galletas?
Mi esposo: Mmm… No sé. Tal vez es lo único que quiere, dáselas.
Mi otro yo: Pues no se las doy y punto. Me está manipulando. Cómo es posible que sí le apetezca el dulce y nada más.
Yo: No se las doy y punto.
Joaquín: Rompe en llanto.
Mi cabeza era un caos. Sí, era solo una galleta, pero yo, como mamá primeriza, no sabía qué hacer. Lo único que quería era que el niño estuviera bien. Entonces, finalmente, se me quiebra el carácter, y esa independencia –que tanto me costó cultivar durante 20 largos años– sale volada por la borda: llamo a mi mamá.
Yo: Mamá, Joaquín está enfermo y solo quiere comer galletas de vainilla. ¿Se las doy o qué hago?
Mamá: Déselas porque está maluco y solo le apetece eso, ya volverá a la normalidad.
Me sentí inútil, dependiente y ridícula. ¡Tuve que llamar a mi mamá para que me diera ‘permiso’ de darle una galleta a mi hijo! ¡Yo! ¡La estatuade la libertad hecha mujer! Y no escribo esto en el plan de aconsejar qué hacer si su hijo solo quiere comer galletas. No. Lo escribo para hacer un llamado a la sensatez. La maternidad, que en teoría es un asunto de adultos, hace que nos sintamos niñas otra vez. Inseguras, dudosas, desconfiadas.
Ese deseo profundo de ser grandes e independientes a toda costa se viene al piso cuando somos madres, justo en esta etapa de nuestras vidas entendemos que no está mal recibir la ayuda de otros. Que es humano y natural y lógico. Que eso no cuestiona nuestra capacidad de ser mamás. Que el orgullo y la autosuficiencia solo nos alejan de la tranquilidad.
Foto: Istock