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¿Qué me voy a poner?

Detrás de la ansiedad que sentimos a la hora de escoger qué ponernos existe una práctica cultural consumista.

Por Matilda González Gil

07 de abril de 2017

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Es lo primero que me pregunto cuando voy para un concierto, evento social o al bar que está de moda. Para el Estéreo Picnic, un festival de música en Bogotá, decidí irme con un estilo que se podría describir como “hippie chancletudo, pero chic”. Me encanta la moda, los diseños raritos y ser la vieja de la pinta chévere de la fiesta. Me gusta tomarme la foto del look y subirla a las redes sociales para recibir likes y halagos. Podría excusarme y decir que no, que lo que pasa es que yo uso las redes sociales por razones laborales o porque son un foro político donde se debaten ideas. Y es cierto. Pero negar que también las uso porque me fascinan los likes sería cínico. 

 


Subir una foto y sentir ansiedad o emoción por el número de likes es síntoma de que vivimos en una sociedad en donde es muy importante aparentar. En el libro Contracultura: los movimientos de los años 60 hacia la utopía, Diana Uribe dedica un capítulo al movimiento de los hippies. La descripción de las personas que iniciaron ese movimiento me sonó muy familiar, similar a la de mis círculos sociales: personas a quienes nos dijeron que para poder ser felices teníamos que conseguir trabajos que pagaran bien para ser ricos y gastar en cosas innecesarias. Fuimos criados en la comodidad y la abundancia: nos entrenaron para sentir placer al comprar cosas y para que pensáramos que las cosas que compramos tienen fecha de vencimiento cuando pasan de moda. Como lo explica Diana Uribe, en un mundo definido por el consumo, el ideal cultural es encajar. 

 


A diferencia de mis amigos y yo, los hippies se rebelaron contra los valores que les habían inculcado y construyeron una comunidad alternativa. Creían que había que construir una cultura opuesta a la que habían heredado y que solo serían posibles los cambios culturales si había un cambio primero al interior de las personas. Ese cambio debía construirse de forma diferente, tenía que basarse en la comunidad y la cooperación. Intentaban vivir de forma simple, algunas comunidades daban comida gratis y compartían casas y apartamentos para rebelarse a la idea de que la propiedad debía ser privada e individualista. En vez de protestas, hacían encuentros con bandas de rock, manifestaciones artísticas y, por supuesto, LSD. Querían vivir en el presente, consientes de sí mismos y de su entorno. Compartiendo y no gastando. Soñaban con un mundo donde el futuro no fuera una obligación agobiante y donde no importara la pinta que se escogiera para compartir con los amigos. 

 

 

Foto: iStock.

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