Hacía mucho tiempo que no tenía una en mis manos, y volver a tocarla, a agitarla y a ponerla debajo de mi brazo me trajo a la memoria un ritual que no hacía quizás desde la vieja portada de Claudia Schiffer, cuando Juan Manuel García le hacía a la top model alemana fotos de prueba con su Polaroid, y yo le ayudaba a moverlas en el aire y a calentarlas para que apareciera la rubia en las imágenes en el menor tiempo posible. Se me había olvidado la magia de esas pequeñas postales. Rectángulos que más bien parecen cálidos nichos donde viven personajes diminutos a sus anchas con sus ingenuas poses. Porque en el mundo de la Polaroid hay algo que desinhibe a sus protagonistas, que los vuelve más espontáneos, que los recuesta sobre un momento, como se apoya la espalda contra un muro mientras recibimos tenues y delicados rayos de sol. Y es que su frescura comienza desde la intención del que toma la foto, sabiendo que no se trata de la ejecución formal y compleja de un óleo, sino de un simple boceto a mano alzada, circunstancia que relaja el ánimo del que observa, apunta y dispara; y distensiona los músculos del que posa ante alguien que mira por mirar y nada más. Mirándome dentro de una Polaroid no parezco estar preso en un plano, ni mucho menos congelado, sino todo lo contrario, siento que habito un espacio que tiene su propio aire fresco y en el que da la impresión que de un instante a otro voy a salir corriendo. Para cerrar el círculo, no hay un muro en la ciudad que sea, que no haya soñado con que lo condecoren con una Polaroid, ni ser humano que no haya guardado con celo una, ni mundo digital que haya podido hacernos sentir lo que hoy es tener estas ventanitas en nuestros dedos y ver cómo se cocina un mundo ante nuestros ojos. La Polaroid nos recuerda que más vale una foto en la mano que cientos volando en el ciberespacio. Mi reino por una Polaroid.