Cuando recorre las parcelas sembradas con matas de pimienta, Rodrigo Trujillo emprende un nostálgico viaje al pasado. Mientras acaricia las pepas verdes del fruto, su mirada se transporta a este mismo campo, 25 años atrás, cuando de niño su papá le enseñó a surcar la tierra con plátano, maíz y yuca. Y recuerda que apenas había cumplido 16 años cuando probó la amargura de la violencia.
Eso sucedió el día en que la economía pérfida de la coca se apoderó de las familias, de las tierras y de todo a su alrededor. “La vida perdió todo valor y sólo de mi familia la coca se llevó a seis primos. En la vereda donde vivíamos las venganzas, el odio y la ambición mataron a unos doce vecinos”, señala al indicar que lo único que valía era tener más hectáreas, más obreros y más pasta para procesar.
Luego vino la persecución de la justicia, a finales de los años 90. El campesino quedó en el centro de huracán: la policía fumigaba y los narcotraficantes dejaron de pagar lo justo por la cosecha. Muchas veces, dice, el campesino llegaba con 4 ó 5 kilos para cristalizar y le tocaba fiar o recibir lo que le quisieran dar en un trueque desigual, del que no se podía quejar. Hacerlo, significaba la muerte misma.
Pero no hay mal que dure cien años y un día Rodrigo conoció a un agrónomo ecuatoriano que le habló de la posibilidad de cultivar pimienta. Este putumayense buscó, se documentó y convenció a 10 amigos más de proponerle al Estado, al mismo que los perseguía, sustituir la coca por pimienta. Querían salirse del conflicto y vivir en paz.
“Suena bonito, pero la iniciativa estuvo engavetada cuatro años en un ministerio, hasta que en el 2002 la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID, puso la plata”, relata Trujillo al contar cómo empezaron.
Con los recursos que llegaron les construyeron una planta de procesamiento, “un elefante blanco” como la calificaron algunos, porque si bien los campesinos tenían la tierra, las ganas y la decisión, no tenían la menor idea de administrar y comercializar.
Pero con la idea de no dejarse vencer por las dificultades, Rodrigo empacó unas cuantas muestras de pimienta en una maleta y comenzó a mostrar su producto en cuanto evento de paz y de sustitución de cultivos se hacía en el país. Había que buscarle una salida al problema, cualquiera, con tal de no volver a la economía de la coca.
Entonces vino un nuevo impulso. La embajada estadounidense organizó un viaje para comerciantes y degustadores entre quienes estaba la chef internacional Tansy Evans, a quien visitamos en Bogotá. En su cocina, mientras deslizaba los dedos sobre la misma pepa verde que Rodrigo me mostró en la selva, Evans me dijo que la pimienta del Putumayo tiene ese aroma y ese sabor profundo que necesitan sus platos, superando incluso a la especia de Camboya, famosa en todo el mundo. Hoy su restaurante le compra a Rodrigo una buena tajada de las dos toneladas que produce al mes.
Ante tamaña confesión mi mente regresó al Putumayo, a esas parcelas donde también conocí a Agustín Díaz, un hombre que dice que gracias a Rodrigo y la pimienta que siembra desde hace 10 años, levantó a su familia. Para los 60 socios de este proyecto, su mentor es un campesino en el que se puede confiar, que solo piensa en crecer y conseguir ayuda técnica para mejorar sus cultivos.
Al despedirme, Rodrigo, un labriego de 50 años que estudió hasta cuarto de primaria, me entregó una bolsa de su pimienta y me dijo “pruébela, degústela y sienta por qué esta pepita que usted me va ayudar a dar a conocer nos devolvió la paz y la tranquilidad”.