Basta compartir unos minutos en la planta de ladrillo de la familia de Sandra Gutiérrez Jaramillo, en Villavicencio, para darse cuenta del aprecio y el respeto que le profesan sus empleados. Mientras abro mi cuaderno de apuntes para empezar la entrevista, aparece un hombre joven, bajo, trigueño y de pelo corto que se presenta como desmovilizado y amigo de Carlos, el ex combatiente más antiguo que trabaja para ella.
Sandra habla con el recién llegado, se entera de su historia y le pregunta en qué parte del proceso de reinserción está. Al terminar la conversación, le dice a su esposo, Jorge Garzón, que vea en qué parte de la planta lo puede ubicar.
Ella me dice tajantemente que a ese muchacho hay que emplearlo, no sólo porque viene de la guerra, sino porque tiene un hijo de meses a quien alimentar. Ella sabe que estos hombres, por un hijo, hacen lo que sea, hasta irse de la guerrilla.
Entonces le pido que me explique por qué emplear a un desmovilizado. Su respuesta sorprende: “Estas personas son leales, esforzadas, valientes, fieles al trabajo y al empleador; y lo más importante, están comprometidos con sus familias para salir adelante. Estas materias primas esenciales en un empleado, escasean en el mercado”.
Carlos, que alcanzó a ser jefe de escuadra en las Farc, dice que Sandra además de darles la mano en lo laboral, es el principal apoyo que tiene el desmovilizado para no decaer en el objetivo de integrarse a la comunidad. “Ella nos da trabajo y lo mínimo que debemos hacer es responder”, dice este exguerrillero que empuñó las armas durante más de 15 años.
Lo que verdaderamente sorprende es enterarse de que esta mujer que ayuda a transformar la vida de los hombres que alguna vez empuñaron las armas, fue víctima de uno de esos grupos armados.
Es inevitable que el rostro de Sandra se endurezca al recordar ese momento de su vida. Dice que alguien por congraciarse con los paramilitares la acusó de ser auxiliadora de las Farc, olvidando que ella y su familia habían sido víctimas de esa guerrilla. Un secuestro quiebra el alma y mata el espíritu y, en su caso, no sólo perdió la libertad sino la esencia y la integridad. “Por eso después de sufrir en silencio, perdoné lo imperdonable aunque me costara el alma. Hoy estoy aquí, reinventada para salir adelante”, dice.
En cada una de sus frases hay profundas reflexiones sobre la paz. Sandra advierte que en este proceso que ella decidió iniciar se curan dolores, se sanan heridas, se aceptan los errores y se repara a las víctimas. Asegura que así nace la reconciliación, que no es otra cosa que la etapa en la que los enemigos vuelven a ser amigos en igualdad de condiciones. Es decir, en un escenario donde no hay vencedores ni vencidos y una vez recuperada esa amistad y aceptadas las diferencias se accede al siguiente escalón que es el perdón, y de allí a lo más grande, el olvido.
Y lo dice basada en su propia experiencia, ya que considera que superó la prueba de fuego más dura de su vida. Un día, mientras trabajaba con un grupo de desmovilizados en su comunidad, reconoció entre ellos a uno de los hombres que la tuvo en cautiverio. “Ese día, viéndole a los ojos le dije: borrón y cuenta nueva. Lloramos y aquí estoy”, dice con orgullo.
Su corazón se llena de satisfacción cuando dice que cada vez que ve a estas personas empuñando una pala o una pica, pintando una pared, remodelando una escuela, piensa que esas manos están construyendo paz. “Esa paz que deseo para mis nietos, Julieta y Sebastián”.
Cuando terminamos de grabar, vimos cómo unos 50 desmovilizados que recibieron su certificado de trabajo social en Villavicencio, reconocieron en Sandra Gutiérrez no sólo a la empresaria que les da empleo, sino a una mujer que está convencida que vale la pena perdonar.