En 2009, durante la Semana de la Moda de Nueva York un joven diseñador colombiano, Brian Reyes, aprendía una tremenda lección con su pasarela: los zapatos pueden arruinar un show. Tras el primer tropezón de una de las modelos, las otras fueron cayéndose sistemáticamente de los imposibles zapatos, tanto que al final, por su bien y por evitar que el inexperto diseñador terminara pagando el seguro médico de alguna, todas decidieron salir descalzas. El suceso no escandalizó a nadie en el extraño mundo de la moda.
En 2008 en los desfiles de Pucci y de Gucci, un par de modelos salieron con las rodillas sangrando y en las pasarelas de Chanel y Dolce & Gabanna la altura de los tacones venía concentrando ya más miradas que los cortes de los vestidos. La crítica y los asistentes a los desfiles habían terminado por acostumbrarse a ver a las modelos hacer artimañas para salir ilesas de sus propios zapatos.
Pero desde hace unos años, no son solo las modelos las que tienen que sobrevivir a la irracionalidad de unos tacones, son las mujeres normales, las trabajadoras y amas de casa las que han decidido encaramarse en zapatos de más de 12 centímetros.
El famoso creador de zapatillas de cristal, Christian Laboutin, no podía dar crédito a lo que veía pasar en sus tiendas cuando los zapatos que diseñaba para que las estrellas del cine se pararan sobre la alfombra roja, terminaban siendo la elección de las jovencitas de Miami o Madrid para ir toda una noche de fiesta. “¿Seguras? ¿Van a caminar con eso?”, se preguntaba el diseñador. Pero la genuina pregunta del creador quizás encerraba un valor más esencial: “mujeres ¿van a caminar en eso? ¿Por qué?”.
“Desde hace unos años empieza a aparecer en las pasarelas, como si se tratara de un juego, elementos rarísimos en los zapatos, basta recordar los armadillos que propuso Alexander McQueen o las exploraciones en plataformas de Noritaka Tatehana. Pero eso bizarro, eso raro, eso extremadamente erótico, empieza de un tiempo para acá a salirse de esos universos fantasiosos y a extrapolarse a la vida cotidiana gracias a la influencia de los medios. Las mujeres ya no están dispuestas a renunciar a la fantasía que les han hecho soñar”, explica la investigadora y diseñadora de zapatos Catalina Navia.
Entonces si es verdad lo que asegura Elizabeth Semmelhack, la autora del libro Heights of Fashion: A History of the Elevated Shoe, (Las cumbres de la moda: Historia de los zapatos elevados) de que a unos zapatos se les pueden hacer verdaderas preguntas sobre las realidades socioeconómicas, la construcción de género y hasta la identidad religiosa de una sociedad, ¿qué dice este exceso de plataformas y tacones altísimos de la sociedad en la que vivimos?
De puntillas en la historia
Los zapatos de tacón se hicieron populares en los años 50 cuando Christian Dior sacó su New Look y las casas de zapatos, después de las demanda de la Segunda Guerra Mundial, por fin pudieron acuñar delgadas piezas de plástico para ponerlas en las suelas. Desde entonces los zapatos fueron una de esas prendas que encarnaron una doble función: poder y erotismo.
Rápidamente desde su afincamiento en el mundo de la moda, los tacones hicieron parte del imaginario erótico masculino. Basta con recordar aquellas estrellas del pin up como Betty Page usando una ropa interior de cuero y unos altísimos zapatos, o con retomar aquella frase que dijo Laboutin cuando vino a Colombia: “Una mujer desnuda con tacones no es más que una mujer desnuda”.
Pero los zapatos altos, sobre todo en los años 80, también se convirtieron en una apuesta por el poderío femenino. Si las hombreras y las chaquetas de tallas más grandes (la moda oversize) fue una inteligente estrategia para conquistar el mundo laboral, -siempre dominado por los hombres-, los tacones fueron también una manera de emular la altura, de estar más cerca de la mirada de los hombres y de vincular -queramos o no-, el poder femenino al poder de la seducción. “Cuando se echa un vistazo a la historia de la moda es muy interesante notar que en los momentos de más liberación femenina, más ha aumentado la altura de los tacones”, añade Catalina Navia.
¿Estamos asistiendo entonces a un momento de mayor liberación femenina? La escritora Elizabeth Semmelhack se aventura a dar también otras hipótesis: “Ha ocurrido un cambio y es que la presentación del cuerpo femenino que solía verse en las fantasías eróticas masculinas ahora se ha vuelto parte de la moda y sus revistas”, quizás sea esta la razón de que zapatos de plataforma y tacón fino que pertenecían exclusivamente a las revistas de soft porn, hayan sido despojado de su valor sexual y se hayan vuelto más bien un mandato de la moda.
“Aunque Yves Saint Laurent lleva haciendo zapatos de tacón fino y plataformas hace alrededor cinco años, en Colombia apenas los estamos viendo llegar porque aquí las cosas funcionan si no hay prejuicios sobre ellas. La plataforma con tacón aguja indudablemente estaba ligada a la vida nocturna y sexual y a la estética gay”, añade Navia, quien parece comulgar con las sugerencias de Semmelhack.