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Tiempos aciagos, pero felices

Tuve el privilegio de dirigir Cromos en los años en los que pasaron por sus páginas algunos de los periodistas más brillantes de su historia

Por Redacción Cromos

04 de octubre de 2016

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Por:

Julio Andrés Camacho
Apasionado por la letras, adquirió Cromos en 1985 y pasó a dirigirla. 
Durante sus paso por la revista, sus páginas tuvieron un profundo carácter humanista. Dejó la publicación en el 92.

 

Me correspondió dirigir Cromos en los momentos duros de los años ochenta y comienzos de los noventa, a la cabeza de un equipo de periodistas de excepcionales capacidades que en su mayoría, hoy, veinticinco años después, han entrado con méritos propios por la puerta grande a la historia periodística de Colombia. Algunos estaban ya consagrados y con amplio kilometraje a su haber, otros apenas comenzaban, pero con los años demostrarían su bagaje y se destacarían en diferentes medios como líderes de opinión. Entre los primeros están Fernando Garavito, Antonio Morales, Cecilia Orozco y Rodrigo Pardo. A riesgo de olvidarme de algún nombre, recuerdo con especial admiración a Ligia Riveros, Pedro Claver Téllez, Nicolás Suescún, Camándula, Rafael Baena, el omnipresente Hollman Morales, René Pérez, Daisy Cañón, Pedro Badrán y a toda una tribu de jóvenes que arrancaron bajo la égida de la revista y muy pronto calentaron el brazo y comenzaron a brillar con luz propia. Se destacan Yolanda Ruiz, Gustavo Gómez, Fernando Araújo, Álvaro García, Yirama Castaño, Claudia Hoyos y un jovencísimo Jairo Dueñas que se encargó de Cultura desde su llegada. Teníamos notables corresponsales, como Eduardo Mackenzie en París, Lili Urdinola en Santiago de Chile, Kelly Velásquez en Roma y Ligia Riveros en España, cuando debió exiliarse como una de las primeras periodistas amenazadas por esas fuerzas oscuras que, años después, obligarían también a Fernando Garavito y a notables colegas de otros medios a irse. Parte fundamental de la revista eran nuestros fotógrafos, insignes reporteros como Fabio Serrano, Daniel Jiménez y los dos Alfonsos: Reina y Durier. Y como aventajado alumno estaba José Herchel Ruiz. Colaboradora infaltable era por entonces la gran Dora Franco, ojo privilegiado para la moda y las modelos que marcó toda una época en estos temas. Por un tiempo, en esta misma área, también se destacó un gran fotógrafo paisa, Pablo Ramírez, que rápidamente se consagró en las grandes revistas de papel couché.


 
La actualidad política, la coyuntura internacional, la crónica, el reportaje y la entrevista hacían parte de una fórmula que mantuvo a Cromos como la nave insignia de su segmento durante muchos años. Siempre con el mascarón de Proa de la modelo semanal, que durante la mitad del año era ocupado por las candidatas al Concurso Nacional de Belleza, y después por las reinas mismas, verdaderos ídolos populares que adquirieron vigencia eterna en la sociedad colombiana, como Susana Caldas o Paola Turbay. 

 

Asumíamos una competencia encarnizada con casi todos los medios. Esa era nuestra fortaleza y, según algunos, también nuestra debilidad. A las señoras no les gustaban de las reinas y preferían los temas muy serios, más consejos de belleza, más chismecitos y más moda. Políticos, intelectuales y artistas hacían presencia en nuestras páginas, pero echaban de menos el espacio que ‘desperdiciábamos’ a cambio de recortar sus sesudas disertaciones. Muchos no entendieron la importancia que siempre le dimos a la información internacional. La mezcla produjo grandes chivas periodísticas. Una de las principales fue el cubrimiento de la toma de la Embajada Dominicana por parte del M19 en tiempos de Elvira Mendoza. En mis tiempos fueron claves las primeras fotos de la toma del Palacio de Justicia hechas por Daniel Jiménez. Luego, con Alfonso Durier tuvimos las únicas fotos aéreas del desastre de Armero, que fueron portada de Time y tuvieron un enorme despliegue en revistas europeas. Otro reportaje gráfico memorable fue del asesinato de Luis Carlos Galán, tomadas por José Herchel Ruiz, las cuales permitieron identificar, en minutos, a los sicarios. Además tuvimos una infinidad de primicias light que eran la delicia de nuestros lectores, como la historia de la familia colombiana de una Miss Universo gringa, a quien juntamos con sus hermanas mayores que ni siquiera conocía.

 

Fueron años muy intensos por la violencia desbocada que los caracterizó. Por esos días se vivieron las bombas de Pablo Escobar en el DAS, el Centro 93 y el avión de Avianca; los secuestros de Andrés Pastrana y Diana Turbay, y la tragedia de Pozzeto, donde perdimos a nuestro colaborador Jairo Gómez, director de la revista Vea, que, como una paradoja del destino, fue el primero en caer bajo las balas de un sicópata, un tema que lo maravillaba como a pocos en su ejercicio de la crónica roja. También fuimos testigos del asesinato de Guillermo Cano. La redacción ardía en ese entonces y no daba a basto para registrar con mayor detalle los acontecimientos de los años más candentes de nuestra historia reciente. 

 

El carácter pluralista y no militante de la revista era reconocido en todos los sectores. En 1991, cuando cumplimos 75 años, se hizo una enorme celebración. Reprodujimos con una modelo en vivo el dibujo de Coriolano Leudo que fue portada la primera edición de 1916. Se hizo una fiesta inolvidable, atendida por nuestro banquetero habitual, el queridísimo Roberto Vélez, recientemente fallecido y cuya imagen quedó imperecederamente atada a la casa de la calle 71, que nos sirvió de sede en esos años. 

 

Fueron también esos los años de modernización en la producción de la revista. Aunque todavía teníamos que acudir a procesos anteriores, como la separación de colores, que requería de un trabajo largo y dispendioso, en comparación con los enormes adelantos que se han registrado en estos últimos 25 años. Los cierres eran entonces un drama difícil de narrar, con trasnochadas bíblicas, correcciones y adecuaciones épicas hasta las tres y cuatro de la madrugada. 

 

Cromos era entonces una verdadera familia y sus miembros se la jugaban a fondo por una empresa pequeña, con estrechez económica, pero con una gran mística. No puedo dejar de recordar a personas definitivas en los resultados de esos tiempos, como nuestro gerente Mauricio Gaitán, don Manuel Pineda —el jefe de producción— Hilda Zamudio —la directora de Arte— e Hilda Pinzón —la eterna secretaria de redacción—. Además, nuestro jefe de archivo, Ricardo Andrade, así como Ofelia y Mireyita. Y nuestras ejecutivas comerciales, Silvia Isaza, Conchita Ruiz, María Clara López, María Claudia y Catalina Grohis. En fin, éramos tantos que no dudo estar cometiendo omisiones involuntarias. 

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Se trató de una época crucial llena de hitos que tuvieron un sello propio, significaron una escuela de periodismo y dejaron para la historia crónicas y reportajes valiosísimos, como registro de una época que esperamos que se convierta pronto en un mal recuerdo magistralmente contado. 

Por Redacción Cromos

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