A la hora de contar cualquier cosa que suceda por ahí, en el instante en que una situación nueva aparece y toca nuestra puerta, al mirar por la mirilla, lo que podemos vislumbrar del otro lado es un estado de ánimo y una estética. Lo que sigue a continuación es nuestro buen juicio para abrirle o no todos nuestros sentidos. Y es en ese momento cuando el mundo se parte en dos: en lo bello y en lo feo, en lo exultante y en lo atormentado, en lo justo y en lo injusto, en lo abundante y en lo escaso, en lo vistoso y en lo olvidado, en lo luminoso y en lo sombrío. Lo que no toma partido y se queda en medio de ninguna parte no nos interesa. Es por eso que lo que hace diferente a esta casa es que los que trabajamos en ella, a pesar de querer ser siempre gratos y seductores, esta manera de ser no nos impide dejar entrar también esas historias poco glamurosas, que nos duelen y que a todas luces no quisiéramos que existieran, pero que a la postre hay que contarlas para que la vida sea más transparente, ancha y completa. No tenemos problemas –en nuestros 96 años no los hemos tenido–, en mostrar una vida llena de contrastes. Nos podemos solazar con una tarde de verano en Llano Grande, ante una mujer bella y atrevida como la de nuestra portada. Una Verónica Orozco maternal y decidida a parir a su hija en su casa. Y al mismo tiempo, podemos sentirnos atraídos por una realidad dura y fea en las montañas del Cauca, al punto de remontar nuestra agreste geografía para ir hasta Toribío a ver cómo pueden vivir bajo las balas. De una recién nacida a un pueblo asediado por la guerrilla desde hace 20 años. Esperanza y desesperanza y desesperación son los extremos en esta nueva edición. Y todo este río de palabras lo suscitó una frase rota de la novelista Joyce Carol Oates: “La ventaja de ser fea es que no hace falta que nadie te vea para ser real, como le sucede a alguien bien parecido”.