Lo más triste de un tiovivo, así esté muy bien pintado y aceitado, es que deje de girar, que quede ahí no más como un monumento estático, por el simple hecho de que alguien quiera administrarlo, racionalmente, con el propósito ingenuo y a la vez peligroso de que no se deteriore… Cuando el mayor desgaste de una cosa es cuando esa cosa deja de ser lo que es y comienza a formar parte del olvido. Ver un carrusel quieto es verlo muerto. Sin movimiento no hay juego ni mucho menos niños corriendo. En torno a algo tan simple como un círculo de caballos primorosos, pintados de fiesta, que gira y gira en su propia fantasía, se erige lo inútil y bello de las vueltas de la vida. No hay que parar por temor al final, en la medida en que el final es parar, cuando se pierde el impulso de la existencia. Todos tenemos algo de tiovivo. Y todo esto por el encuentro de unos fútiles corceles de plástico con las palabras de gran profundidad de Joseph Conrad, en su cuento El duelo, cuando dice: «Ningún hombre logra éxito en todo lo que emprende. En ese sentido cualquiera de nosotros es un fracasado. El punto esencial reside en que no fallemos al ordenar y sostener el esfuerzo de nuestra vida». Y algo así sucede en nuestras páginas, en cada CROMOS hay historias y más historias, esperando entretener con sus vueltas a nuestros lectores, por el simple hecho de empeñarnos en cada edición en contar un cuento. En esas andamos desde 1916. No hay que olvidarlo. Estamos muy cerca, a dos años, de un siglo completo recreando historias con nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.