Lo mío debe ser una patología, una especie de masoquismo o mala suerte. Soy experta en quedar bajo el cargo de puros desequilibrados: kamikazes de los horarios, profesoras de yoga frustradas, emprendedores en bancarrota, coquetos casados… y la lista sigue.
La dinámica con mi último jefe evocaba una relación de pareja. Le dedicaba más tiempo y energía que a cualquier otra persona. Por si va al caso, él era Escorpión y yo Aries, transcurría el año del perro y Duque todavía no era presidente. El trabajo – al igual que sucede con los grandes amores– empieza con una idealización. Un idilio, sin sentido, que poco a poco empieza a descomponerse.
Empecé entusiasmada: cuaderno sin estrenar, medias con estampado y anuncio en el grupo familiar: “¡Tengo trabajo nuevo!”. No recibí respuestas, como si se tratara del inicio de un ciclo que ya conocían. Pero todo parecía apuntar que era un lugar distinto: oficina grande, ubicación céntrica, buen equipo de trabajo y salario acorde con mis estudios.
Este último jefe, pongámosle “Pedro” a partir de ahora, es carismático, enérgico y barrigón. Su sello personal es ser “bully”, fastidiar a la gente por sus características físicas o gustos individuales. Su mano derecha se llama Paty, una chica que solo sabe asentir con la cabeza y reírse después de cada chistecito. A sus espaldas, Pedro le dice “mono-neurona” y, en el fondo, me parece cómico.
Para contrarrestar las jornadas laborales largas y exigentes, puso una cancha de ping pong. A las 8:00 p.m. llegan las pizzas y los taxis no se descuentan después de las 10:00 p.m. La fórmula moderna de la explotación. Los días se pasaban entre la mala alimentación, una ansiedad de locos y el ejercicio constante de no tomarme las cosas de manera personal. Por lo menos estaba rompiendo mi récord en tenis de mesa.
No sé en qué momento las semanas comenzaron a tornarse infinitas: los comentarios se sentían más ofensivos y los trasnochos afectaban cada vez más mi estado de ánimo. Mi desempeño en la empresa bajó, padecía fuertes dolores de cabeza entregaba a tiempo los informes. Pero no podía rendirme tan rápido. Fui al médico y su diagnóstico me tumbó, a pesar de que sabía exactamente de qué se trataba: “tienes fatiga”, “exceso de trabajo”, me dijo. ¿Qué significa eso? “Si no disminuyes el nivel de estrés, el cuerpo no lo va a resistir. Estás somatizando”, vociferó el doctor.
En ese momento tomé una decisión que cambió mi vida: llamé a mi psicóloga de la infancia y le pedí que tuviéramos una reunión informal. En la primera cita me dijo que tenía una relación tóxica con Pedro y que mi miedo a quedarme en un limbo era más grande que mi salud emocional. Lo siguiente me aterró: identificó una falta de autoconocimiento. Hago un paréntesis, durante mi vida me he enfrentado con distintas religiones, me he rebelado contra los dogmas sociales y he construido mi propio camino espiritual. Pero ver que lo que ocasionaba mis desvelos era mi propia incapacidad de seguir mis deseos me hizo cuestionarlo todo.
Rikarena lo advirtió en una de sus canciones: “cuando el amor se daña es mejor cambiarlo, en vez de repararlo”. De igual forma pasa con los empleos. Solo que a veces es más difícil aceptar el fracaso.
Mis amigas, preocupadas por mi situación laboral, decidieron convocar un “círculo de mujeres” en casa, un encuentro de chicas, cuya única misión es hacer catarsis. Todas nos abrimos a contar nuestras historias. No era la única que estaba pasando por una crisis, unas se sentían frustradas, otras explotadas y la mayoría estancadas.
La que parecía más estable admitió que no cambiaba de trabajo, aunque le habían ofrecido otro con mejores condiciones. Se sentía atada a un lugar donde no valoraban su tiempo, pero la lealtad a la empresa la hacía permanecer ahí. Escucharla me hizo pensar en lo frágiles que somos, a pesar de nuestras máscaras.
Después de varias sesiones descubrí que no son los trabajos. ¡Soy yo! Dejar de ponerme en el papel de víctima me empoderó para tomar una decisión que siempre había querido, pero que nunca pensé que sería capaz de hacer: independizarme e iniciar un nuevo capítulo sin jefes, sin restricciones y lo más importante: sin autosabotaje. Le renuncié a Pedro y quedé en contacto con el resto de la oficina. No todo fue malo, de ahí saqué a mis grandes amigas y socias comerciales.
Soy periodista, así que quise dedicarme por primera vez a esto. Dicen que nadie vive del arte, pero ya no tenía nada que perder, las cartas estaban echadas. Era eso o esconder una depresión. El primer mes escribí más que nunca, contacté a la gente con la que realmente quería trabajar y todo fue fluyendo, más rápido de lo que esperaba. No voy a negarlo, al principio la economía apretó, y todavía aprieta. No gano lo mismo que antes, pero me despierto motivada.
Desde pequeños deberían enseñarnos el valor de nuestras habilidades. Clases prácticas para cobrar sin morir de la pena, tutorías para administrar nuestras finanzas personales y hojas de cálculo para prever los tiempos difíciles, que no nos cojan sin un peso.
Por haber esquivado los números en la universidad, hoy en día tengo una relación emocional con el dinero que se basa en el miedo y la culpa. Aprendí a vivir con menos y, en ese ejercicio de desprendimiento, me liberé también de todo lo que no necesito. Cambié fiestas con los amigos por buenas conversaciones en tiendas de barrio, descubrí mi talento en la cocina y me animé a andar en bicicleta.
Puede que ahora me esfuerce más que antes, pero tengo la capacidad de decidir en qué desgastarme y en qué no. Sé que mis proyectos valen la pena y están generando un cambio.
Hace unos meses monté mi productora audiovisual, viajo una vez al mes para escribir crónicas sobre los temas que me gustan, comparto con mi perrita el escritorio de mi casa, durante las mejores horas del día. Me di la oportunidad de ser disciplinada y de administrar mi tiempo sin dejar de cumplir con los pendientes.
Los de mi generación enfrentamos el reto de reinventarnos, pero también el de aprender a fracasar.
Historias en el cine
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