No soy de los que solo quieren oír o saber de las noticias secas y escuetas. Soy de los que quieren verlas abundantes y conmoverse en tiempo lento y minucioso con ellas. No hay memoria sin detalles. Por eso fue que después de leer tres mendrugos de noticias sobre Caterine Ibargüen, extraviados por ahí entre más noticias nimias en las páginas de un periódico, quise buscarla para conocer su cuento completo. Las tres breves, registradas este año, hablaban de sus medallas de oro en competencias internacionales, primero en Shanghái, China; luego en Eugene, Estados Unidos, y después en Oslo, Noruega. Tres notículas sueltas que ni siquiera sumaban sus logros. Al tercer triunfo hace unas semanas, sin mayor explicación en los medios, ya era hora de invitarla a nuestra casa. Su origen humilde, hija de Apartadó, sus proezas en el salto triple y su belleza eran suficientes razones para llamar la atención de CROMOS, una revista que desde 1916 vive recogiendo las emociones de Colombia y los colombianos. Coincidencialmente estaba de paso por Medellín, antes de viajar a París para seguir compitiendo con grandes atletas de renombre y talla mundial. Al primer contacto telefónico con Caterine, estaba claro que ella por esencia es una atleta. Su timidez explicaba un poco por qué de sus logros había tan poca historia minuciosa y tinta impresa. No quería tomarse fotos y mucho menos hablar de su vida. Lo de tener que maquillarse y ceder unas horas de su preciado sueño para una entrevista era para ella una pesadilla. El plan no lo entendía ni mucho menos le interesaba. Su hábitat está muy lejos de una sala o de un estudio de fotografía, su ambiente natural es un gimnasio o una pista, lejos de la curiosidad de los periodistas. Fueron necesarias tres llamadas para convencerla de que las hazañas, además de lograrlas, había que enmarcarlas y ponerlas en un portarretrato muy familiar llamado CROMOS. Al final, ella no solo mostró sus largas piernas y su risa, sino también su candidez y su temple de diosa negra.