¿En dónde andamos relajados? ¿Dónde no estamos a la defensiva? ¿En dónde estamos a gusto como para apagar el temor y las rencillas? ¿Dónde el tiempo no corta, no asfixia, no mata, solamente está ahí como el amigo que calla y anima? ¿Dónde podemos desandar las líneas de nuestra sonrisa? ¿En dónde podemos jugar a buscar la palabra que define nuestra valía? ¿En dónde podemos pensar o no pensar, sin el afán o el reproche de no estar haciendo nada? ¿Dónde ser memorioso sin el oprobio ni el impulso de haber extraviado algo valioso? ¿Dónde, en qué lugar se caen rótulos e importancias para sentir nuestra propia transparencia marca registrada? ¿En dónde podemos abrir nuestra propia puerta para sentirnos por dentro como en casa? ¿En dónde podemos mantener el afuera y su turbulencia a raya? ¿Dónde nos sentimos en paz? ¿Dónde podemos jugar con nuestra libertad? ¿En dónde podemos respirar a nuestras anchas? ¿Dónde el aire que tomamos es el camino luminoso y profundo que conduce a nuestros jardines y no el corredor oscuro de nuestras cloacas? ¿En dónde todavía vemos juguetes? ¿Dónde guardamos los sueños que dejamos de soñar? ¿En dónde todavía despertamos con ese ímpetu del que quiere empujar su sueño al parque? ¿Dónde la muerte no nos distrae? ¿Dónde nos sentimos inmortales o por lo menos muy extasiados como para fijarnos en envejecer? ¿En dónde vivir o morir en paz son el mismo vértigo de una pesada ancla que cae con autoridad en el fondo de nuestros efímeros afanes? ¿Dónde está ese papel blanco llamado alma, para reteñir con calma el primer dibujito de nosotros hecho de rayones infantiles? ¿Dónde podemos cerrar los ojos y llegar a la zona VIP del amor sincero? ¿En dónde miramos nuestros sentimientos como miramos un carro deportivo por dentro? ¿Dónde las cosas pequeñas de los bolsillos de la infancia son monumentos? ¿En dónde quisiéramos sembrar nuestras últimas promesas entre lirios blancos?