Hace varios años, en 1992, después de un viaje azaroso como reportero de la revista al basurero de Navarro, a las afueras de Cali, y luego de haber publicado una historia titulada «El rey de la basura», una mañana apareció en las puertas de CROMOS un hombre de la calle envuelto en trapos y con un costal al hombro, gritando mi nombre. Cada vez que me nombraba, su voz ronca y destemplada subía un peldaño, en una letanía latosa insufrible. Al cabo de un rato y después de que el portero de turno lograra silenciarlo, el hombre explicó que traía un mensaje para mí de parte de Julio César Sánchez, el líder natural del botadero y el protagonista de mi crónica. Crucé la sala de redacción y, mientras iba a su encuentro, con el nerviosismo evidente de quien se acerca a una momia, el enigmático mensajero pudo darse cuenta del terror que me inspiraba. Como queriendo relajar el ambiente, sacó su largo brazo de ese torbellino de harapos con un pedazo de hoja doblada y sucia en la mano. Desde una sonrisa sin dientes, como desde un palco macabro, me anunció que no me preocupara, que no era grave, que todo lo contrario, que lo que él me traía era un «papelito feliz». Me lo entregó y se esfumó. Cuando lo abro y veo aquella pequeña frase, recuerdo que el remitente no sabía leer ni escribir, y que seguramente alguno de sus súbditos la escribió por él. La leo otra vez y siento una sensación de burbujas en el corazón. La vuelvo a leer y me contagio de ese papelito feliz que dice: «Gracias por su historia, nunca imaginé que mi vida fuera tan interesante». De verdad es un papelito feliz para él porque le conté su propia vida, y para mí por haber podido acercarme a la grandeza de un hombre que ve en la basura riqueza y en el gas metano que emana de esa tierra sucia y descompuesta, la oportunidad de hacer un fuego de hogar para su hija. A veces la felicidad es darnos cuenta de lo que hacemos, sin la apatía ni los ojos de la rutina. Solo algunas veces porque así es la felicidad… escasa.