El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Una defensa de los calcetines rotos: ¿por qué nos negamos a tirarlos a la basura?

Actualmente tengo dos pares cuyo daño es irreversible. Cuando los saco de la lavadora, soy precavido en el trato para que no se terminen de deteriorar. En tiempos de Marie Kondo, los conservaré hasta que se rompan por completo.

Por Alberto Ochoa Mackenzie

29 de enero de 2019

Pixabay
PUBLICIDAD

Advertencia: si todavía viviera con mamá, seguramente ella, a escondidas, los hubiera terminado de rasgar. Y yo, con mi memoria de dependiente al celular, por supuesto no habría inquirido en su desaparición. ¿Cuántas veces sucedió esta situación? La respuesta carece de sentido porque ya no me acuerdo de lo que tuve roto, y ya no vivo con mamá.

Lo que sí tiene sentido es preguntarse ¿por qué me niego a echarlos a la basura? En tiempos de Marie Kondo, hago el ejercicio que la japonesa planeta en su exitoso programa: saco todo, lo pongo en una pila, sostengo cada objeto con los dedos índice y anular y, al interrogante «¿esto me hace feliz?», contemplando las medias rotas, la respuesta es “no”. Siempre será “no”. 

“Tener medias rotas es mala educación”, decía mi mamá. Siendo niño nunca reparé en sus palabras. ¿Qué siginificaba eso de tener “buena educación”? Mi reacción era llevarle la contraria, por eso desarrollé un apreció especial por la ropa que se iba deteriorando. Aquí aparecen las medias rotas, en mi caso el agujero siempre está a la altura del talón o en algún punto de los dedos. Es un orificio que crece semana a semana hasta que, de modo inexplicable, deja de ceder. Puedo continuar usando la prenda ahuecada sin ningún problema. En mi niñez y adolescencia, si mamá no las descubría, las medias nuevas permanecían años en el cajón, esperando que las rotas sacaran la mano de una vez por todas o cayeran en las fauces de su sistema de vigilancia, una especie de veeduría implacable, para hacer el cambio.

¿Por qué conservo la idea de respetar la vida útil de los calcetines rotos? Es jodido apartarse de razones románticas. Para todos los casos debe haber una explicación romántica, sobre todo para defender unos de calcetines rotos. Aclaro: que estén rotos no significa que estén sucios. Continúan cumpliendo su función. Ni mis pies ni el zapato van a sufrir sus consecuencias. E importa poco la opinión de los demás cuando toca quitarse los zapatos y mis medias están con su habitual deterioro. Las luzco con orgullo y no tengo inconveniente en ser el foco de atención durante un rato incómodo.

Unas blancas y unas oscuras componen mi bestiario de medias rotas. Ayer que estaba guardando la ropa recién lavada, caí en cuenta que a ambos pares les doy palo como a nada más en el mundo. Y ahí siguen, rasgadas, entre ambas suman alrededor de una década de uso desde que las compré. Simbolizan que lo roto no es sinónimo de inservible, simbolizan que siempre valió la pena llevarle la contra a mamá, simbolizan mi alma de pelao en un cuerpo que irremedialemente se envejece. Y me ponen a pensar que en la tierra debe haber gente que, como yo, también aprecia las medias rotas.

Ver todas las noticias