Definiciones se nos cruzan en todos los estilos, como mujeres por las calles de la revista o por las páginas de las ciudades. Que mujer bella es una delicadeza que te mira y, en fracción de segundos, te convierte en un tasador de gramos de oro y de piedras preciosas. O que llega como un ventarrón indómito a revolver el orden aparente que nos gobierna. Caen de nosotros orgullos, hábitos y costumbres como papeles. También hay las mujeres catedrales que no corren como corre apresurada la vida, pero basta verlas desde lejos para saber que estamos condenados a cruzarlo todo para entrar en su silencio y en sus grandes altares. Adentro nos espera su oscuridad tocada por los delgados dedos de luz que atraviesan sus ojos como vitrales. Una mirada suya suena a campana, a Dios y a dignidad. Pero así como no faltan las sagradas como soles, tampoco dejan de aparecer las bellas profanas, las rebeldes, las tercas, las porfiadas, las que no quieren ser bellas y sin embargo un fuerte magnetismo las abarca. Las que rompen una copa en medio de un salón y suena a vals, las que su mala cara impostada nos atrae como una dulce melodía en un negro callejón, sin Dios ni nada, las que miran con rabia y no pueden ocultar su bondad. O están aquellas bellezas que salen del anonimato por una palabra, un movimiento, un esfuerzo sobrehumano, una corazonada, valientes guerreras que se imponen por un destello de su espada. Y no hay otra forma de descubrirlas que ignorarlas, como no esperamos un rayo de luz en la tormenta o un trueno en medio de la calma. No faltan las que llegan y se van como la música, las que duran eso: un abrazo y unas vueltas. O las que nos rozan como un perfume de campanillas. Las que basta verlas, oírlas y, por qué no, olerlas para saber que ya se marchan. Las mujeres amaneceres que nos despiertan y después ya no están… A menos que las congelemos en el tiempo de CROMOS, como hicimos en esta edición con la Señorita Colombia, Daniella Álvarez.