Como nuestras vidas no son círculos perfectos, ni nuestros destinos juiciosos minuteros, que el tiempo comience a dar la vuelta con un nuevo año, el 2012, no nos obliga a girar en el mismo sentido. Entonces comenzar nos abre dos caminos, el de repetirnos o el de procurar hacer todo distinto. Desde el simple hecho de despertarnos en las mañanas, la manera de querer lo que siempre hemos querido, de insistir en lo que siempre hemos insistido, de ser tercos, porfiados y memoriosos o condescendientes, benévolos y olvidadizos, de asumir nuestro oficio, de jugar en los recreos, de sacar a pasear como un perro nuestros hábitos; hasta el acto final de cada día en nuestra cama detrás del mundo con los ojos cerrados creyendo o no en alguien o en algo. Podemos abrir otra vez los ojos resignados y mirar a la rutina con su cara impasible de vieja impedida y derrotada o volver a cerrarlos y olvidar, y ver una vez más la escena siguiente como una perfecta desconocida, fragante y radiante, que nos atrae y nos encanta. Empujarnos puede ser una consigna: a salir, a ser y a hacer. Atrevernos, puede ser otra: a decir sí, a cambiar, a decir no, a disentir, a buscar todas las piezas de nuestro propio juego, los espacios vacíos del rompecabezas. Volver a empezar lo que sea en la misma parte de nuestra existencia o en otra esquina cualquiera, esa es la esperanza o la insolencia. El reto es decidirnos a hacer divertida nuestra corta procesión por esta tierra. “Que la gracia de vivir/ es poner gracia en la vida./ Muere la rosa en el pecho/ igual que la no cogida”, eso dice Fernando Pessoa, y esa es, otra vez, la consigna… Seguir contando historias pensando entre imágenes es la nuestra.