Hay un libro con un gran inicio, no más, un gran comienzo que sirve para olvidar el resto de la historia y quedarnos con una tímida idea. Se trata del relato de Roberto Vecchioni, El librero de Selinunte. Sus primeras líneas alcanzan para pensar en lo que pasaría si les damos la espalda a las palabras, si nos encorvamos avaros con tan solo unas pocas, y ya no nos importe decir ni expresar ni mucho menos recrear porque los detalles ya no cuentan. Sentir se reduciría a unos cuantos vocablos. Vocablos como caminos, como pasos de sonámbulo. Los suficientes para internarnos en nuestra propia noche. Un encierro mortal. Los colores se enterrarían bajo tierra. Y habría más sombras que amaneceres. Oscuridad y silencio de una desgraciada especie de nuevos ciegos. Una que no se da cuenta de lo que ve, que no tiene palabras ni le importa no tenerlas, para hacer su inventario. Todo intercambio sería vano. Todo entusiasmo escaso. Todo encuentro árido. Sin palabras suficientes el mundo sería plano… Porque las palabras son matices… Y sin matices se escapan los sentimientos como se va el viento inútil sin un bosque fragante que lo perfume, como van muriendo las iglesias cuando abandonan sus campanarios en lo alto. Invisibles y mudos, lejos de los matices, de los sonidos, de los colores, de los sabores sutiles del mundo, no somos más que ideas encerradas en algún rincón de nuestra existencia. Mientras más palabras tengamos más grande y sensible es la mano que roza y acaricia la vida. Y porque lo sabemos, obsesivos las acumulamos como tesoros. Palabras llamativas como ventanas, tentadoras como puertas, cómodas como sillas, profundas como túneles y livianas como sábanas. Palabras que nos recuerdan que, en el fondo, todos somos historia. Y saber que todo ésto lo propició el buen inicio de una mala novela… Síganme en Twitter: @jairocromos