Aquí, sentada en mi mecedora, rodeada de algunos de mis 19 nietos, le puedo decir que no sé de dónde sacó Liliana la vena boxística, si en la familia lo máximo que ha habido son peleas callejeras. Ella es la tercera de mis 6 hijos y todos la llaman La Tigresa. La llaman así desde que tuvo su primera pelea fuera del país. Fue en Panamá. El árbitro le alcanzó una bata para que usara y llevaba ese nombre. Ella no sabe de dónde la sacó, ni de quién era, el caso es que desde ese momento le dicen así: La Tigresa.
Estos 55 años me he dedicado al hogar, a ver crecer a mis muchachos y a ayudarles en la crianza de mis nietos. No fue fácil aceptar que ese era el camino de ella. Verla darse golpes con otras mujeres para ganarse la vida es duro.
Desde que La Tigresa era niña mostraba su gusto por el boxeo. Para aquellos tiempos, en el corregimiento de Las Palomas, a orillas del Río Sinú, donde vivíamos, ella practicaba en el patio de una casa en el que apenas había un saco viejo y nada más, pero ella, con su empeño, aprendió a dar y a recibir los primeros golpes. Me acuerdo que en ese sitio le rompieron la boca por primera vez y ella, después de llorar por el dolor, se llenó de ganas para no dejarse nunca más de nadie y se desquitó.
Yo no estaba muy de acuerdo con esas inclinaciones; la aconsejaba y le decía que debía preocuparse por estudiar y olvidarse de las peleas. Ella solo pudo terminar el bachillerato y no ha podido seguir una carrera, aunque quiere seguir estudiando, algo sencillo, pero que le dé más oportunidades. Antes no me gustaba lo del boxeo, pero ella tenía eso metido en la cabeza, entonces decidí a apoyarla. A los hijos hay que motivarlos porque finalmente con eso consiguen triunfos que no son para uno, sino para ellos.
Yo he sido testigo de esa lucha de Liliana como boxeadora y mi amor de madre me ha permitido ver el sacrificio que eso implica: madrugar, practicar hasta el cansancio en lugares que ni siquiera están en buenas condiciones y lidiar con los oficios de la casa al mismo tiempo. Cuando ella viaja a otra ciudad o a otro país a cumplir con sus peleas, yo la reemplazo en su hogar y le ayudo al esposo. Él la apoya en todo, pero yo me encargo de alistar a los dos niños para que vayan a la escuela, los atiendo y de paso procuro que la televisión esté en perfectas condiciones para no perderme la transmisión.
Verla pelear es un sufrimiento. Yo no voy a verla entrenar ni a las peleas, pero las veo por televisión y sufro desde el primer asalto, siento que el corazón se me dispara. Cuando veo que mi hija se defiende, me tranquilizo y disfruto la pelea. Esa sensación es repetitiva, yo no dejo de emocionarme cuando la veo con sus guantes puestos.
Cuando La Tigresa sale en busca del triunfo, yo la apoyo porque sé lo que ha luchado por obtener su título. Es terrible saber que tiene que practicar en una bodega vieja y sucia en la que no hay siquiera un baño para poder prepararse y darlo todo en el cuadrilátero. Siempre la recibo con el mismo cariño: pierda o gane. Yo sé que la vida me va a permitir verle cumplido su sueño de tener una casa propia. Tarde o temprano alguien va a reconocer lo buena que ella es y se la va a dar. Al pensar en eso la sonrisa se me borra de la cara y el corazón se me llena de sentimiento. Quisiera tener para brindarle más, pero no tengo. Lo que más le pido a Dios es que mi hija tenga su casa, para que deje de pagar arriendo para su familia. Ese es el anhelo de ella y mío, que tenga un lugar digno en donde vivir. Yo ya dije que voy a comprar la lotería a ver si me la gano y puedo cumplirle su sueño”.
Foto: Mario Burgos.