El hielo es un símbolo de la muerte. O lo es para Carlos Jaramillo, quien hace muchos años, en su natal Cartagena, fue testigo del rito fúnebre con el que la gente despedía a sus difuntos. El cajón se llevaba a la casa de los familiares del fallecido y allí era velado hasta la mañana siguiente para luego transportarlo al cementerio. Esto solo era posible hacerlo, si el ataúd se ubicaba sobre enormes cubos de hielo que conservaran el cuerpo y evitaran que con el calor empezara a pudrirse y a emanar olores tóxicos. Por eso, cuando Jaramillo trabajaba en la idea de su obra La esquina desplazada, supo que esos bloques de agua congelada debían ser personajes de la pieza; detrás de la movilización forzada de centenares de colombianos no solo hay historias de desarraigo, sino de violencia y muerte.
Sin embargo, la intención de Jaramillo –precursor de la danza contemporánea en Colombia–, nunca fue victimizar a los desplazados sino devolverles su dignidad a través del arte, así que el hielo, aunque en principio representa la tragedia, en los brazos de los bailarines se derrite: la muerte se esfuma y da paso a la esperanza.
En 2008, el coreógrafo estuvo en Bogotá –hace 20 años vive en Alemania– y se dio cuenta de que en sus calles aparecían personas que la gente no quería ver. Parecían almas en pena, pero eran campesinos que resultaban incómodos para una sociedad que en ellos reconocía la realidad del país –más allá de la burbuja citadina– y, a la vez, la quietud generalizada de los colombianos frente a la situación; al fin y al cabo, ¿qué podían hacer para atacar una problemática tan compleja? Jaramillo, no obstante, decidió combatir el drama y la indiferencia con la única arma que tenía a su alcance: la danza. Así creó La esquina desplazada, una obra que ganó una convocatoria del Ministerio de Cultura y que durante los próximos meses estará de gira por el país. Bogotá, Cartagena, Ibagué, Medellín, Cali y Manizales son algunas de las ciudades por las que pasearán los 20 bailarines que aparecen en escena.
Con el cerebro en los músculos
Jaramillo no camina, se desliza. Está muy cómodo con su cuerpo –se nota el tiempo que ha dedicado a entrenarlo, fortalecerlo, mimarlo–. Tiene 60 años, no toma gaseosa, evita las carnes rojas y en lugar de pan come granos sin procesar. Su vida es la danza pero no siempre lo fue. «En Cartagena, las mujeres siempre me sacaban a bailar, les encantaba cómo me movía, pero yo solo lo hacía por placer –cuenta–. Yo llegué a Bogotá a estudiar literatura, no danza». Sin embargo, muy pronto –como se lo reclamaban sus profesores de letras–, empezó a ponerle los cachos a la una con la otra. Pero para él no había infidelidad, para él la danza era poesía.
Sonia Osorio fue la primera en decirle que tenía madera. Él le creyó y la siguió. En solo unos meses aprendió todos los pasos folclóricos que debía saber y llegó hasta el teatro Olimpia, en París. Luego conoció la danza contemporánea –Irina Brecher fue su maestra– y se dio cuenta de que a ella quería entregarse el resto de sus días. Para perfeccionar su técnica estudió en el Alvin Ailey American Dance Theater y el Martha Graham Dance School en Nueva York, y luego, en 1981, regresó a montar la primera compañía de danza contemporánea de Colombia. «Yo sentía que le debía algo a mí país, así que volví. Durante diez años enseñamos y montamos obras, pero, después del asesinato de Lara Bonilla, la gente se sentía tan insegura que los papás ya no querían dejar salir a sus hijos y no llegaron más estudiantes. Tuvimos que cerrar». Jaramillo tuvo que huir, pero encontró un nuevo hogar en Hamburgo, Alemania, donde su compañía Triknia sigue funcionando y donde se le van sus horas libres enseñando.
La esquina desplazada
Nada en la danza es gratuito. Hace mucho tiempo Jaramillo dejo de bailar por instinto; cada paso está planeado, cada movimiento es calculado, cada latir del tambor adquiere un significado, cada objeto y cada imagen tienen un propósito y son un símbolo. Como el hielo, en La esquina desplazada los machetes, que en la guerra han causado tanto dolor, en el arte apuntan a un renacer, al regreso al campo: «Con los machetes se abre camino, se trabaja, se abren zanjas para sembrar», explica Jaramillo. Lo mismo ocurre con la sangre que, en lugar de hacer referencia a la muerte, habla sobre la vida: «La sangre aparece en las telas rojas y es sangre viva, que corre». Las faldas de color escarlata que visten las mujeres en algunas escenas, parecen flores que brotan, respiran y se mueven.
La obra narra la historia de un grupo de 20 desplazados que tienen que huir de su tierra. Se desarrolla en un espacio incierto, entre el campo y la ciudad, y en ningún momento representa de manera explícita la muerte o la violencia. No se ven en escena matanzas o violaciones, lo que se siente es el daño que produjeron esas vejaciones en los personajes. «Con los bailarines investigamos y dialogamos mucho sobre el desplazamiento –cuenta Jaramillo–. A medida que montábamos la obra nos llenamos de imágenes de lo que esas personas tuvieron que enfrentar, así que, a pesar de que nunca mostramos violencia explícita, sus consecuencias se sienten con cada golpe de los pies en el suelo, la desesperación se ve cuando las mujeres se agarran rítmicamente la cabeza».
Y aunque de alguna forma era necesario hacer referencia a lo devastador que es el desplazamiento, lo más importante para Jaramillo era visibilizar a esas personas que tuvieron que dejar sus tierras y así trabajar por lograr un cambio y sembrar esperanza. Por eso, cuando discutió con su equipo la estética de la obra, para él era muy importante el color. También era esencial que, a pesar de que fuera danza contemporánea, no pareciera europea sino colombiana, así que tanto en los movimientos como en la música se siente el currulao, la cumbia y el bambuco. Al final, el resultado conjuga la danza, el baile aéreo, el videoarte, la poesía y el teatro, que en sus diálogos dice: «Esperanza y río iban aguas arriba, removían desesperanzas, amargura y dolores».