Por: Natalia Tamayo.
Rubén es de esos tipos impasibles que no son dados a hablar sino a hacer. Llegó un par de minutos tarde y se excusó. Estaba trabajando. El sudor en su sien lo delató: es repartidor de Rappi. Su historia encima de una bicicleta se remonta al 2010, cuando decidió aventurarse en un viaje muy particular.
No recuerda si fue un 14 o un 15 de enero que salió de su casa en Bogotá, junto a Francisco Forero, ‘El Pollo’. En un morral de 50 litros empacó cinco prendas de vestir, una carpa, un sleeping, su cámara, una estufa de gas, algunas herramientas y un millón de pesos en efectivo.
Tenía 20 años y no ponderó los 6.861 kilómetros que lo separaban de Buenos Aires. Él quería viajar en bicicleta y ‘El Pollo’ soñaba con Argentina.
No fue capaz de decirle a su mamá, doña Teresa, que iba a suspender sus estudios de ecología para recoger el dinero suficiente para irse. Le escribió una carta para evitar la incomodidad de las palabras cuando se mira a los ojos. Ella no le creyó hasta el día en que se despidieron.
Salieron a las cinco de la mañana, custodiados por doña Teresa tras seis meses de acondicionamiento físico. “Entrenamos por la 170, por la montaña de San José de Bavaria. Subíamos todos los días”. Arrancaron sin refuerzo de gimnasio, sin preparación mental, sin conocimientos de mecánica para bicicletas, solo con el impulso de querer llegar y las ganas de pedalear.
Ese día, a ‘El Pollo’ lo invadió el miedo. Solo se aventuraría hasta terminar la ruta por Colombia. Eso no aminoró los ánimos de Rubén. Él salió seguro y confiado. No tenía nada que perder, sino todo por ganar.
En Cusco lo arrastró un río y vio la muerte. Hoy, sin embargo, esa es una anécdota más del viaje.
Les tomó quince días y 200.000 pesos llegar a la frontera con Ecuador. El trayecto por Colombia estuvo sopesado por los amigos de los amigos, el clima sin estaciones, la familiaridad del paisaje y la comida.
En Tulcán, Ecuador, se separaron. “Ese día se me pinchó la bicicleta. No servía el inflador, empecé a caminar y comenzó a llover. Tenía lágrimas y el dinero suficiente para tomar un bus de vuelta a casa, pero no quería regresar”, dice hoy entre risas como si hubiera encontrado la fórmula para contrarrestar la frustración.
Llegó a Quito impulsado por sus piernas. La suerte le puso buenos desconocidos en el camino. Uno de ellos, en la capital ecuatoriana, le presentó la Casa de Ciclistas y a Santiago, su dueño, la priemra persona que le dijo: “Usted sí puede llegar en bicicleta, hay mucha gente que lo hace”.
Santiago lo llenó de consejos. Que no pagara por dormir, que usara más su carpa, que no dudara en tocar la puerta de hospitales, iglesias y estaciones de policía y bomberos para pasar la noche.
Rubén y ‘El Pollo’ planearon con ambición llegar hasta donde nacen Los Andes. El primero cumplió. El segundo se despidió en Tulcán, Ecuador.
Llegó a Perú y sobrevivió gracias a la hospitalidad de los bomberos. Fue allá que sufrió la última diarrea de viajero y donde sintió, por única vez, que su vida corría peligro. Estaba por Cusco y la luna, seductora, lo motivó a acampar al lado de un río. Tenía que pasar de una orilla a otra para conseguir el mejor ángulo de contemplación y, en el intento de atravesar, la corriente lo arrastró. Quedó sumergido en las aguas heladas. Creyó que la muerte le llegaría ahí, solo. Pero la vida pudo más.
Bolivia fue el país de los peros. Le dieron 30 días de permanencia, cuando atravesar cada país le tomaba casi mes y medio. La policía lo hizo llorar cuando no supo justificar que su bicicleta no era robada. Se compadecieron y lo dejaron continuar.
Llegó hasta Santiago de Chile y tomó la ruta de Los Andes. Pedaleó más fuerte que nunca. Alcanzar el país del tango ya no era una utopía.
El 11 de junio del 2010, día en el que España ganó el Mundial de Suráfrica, Rubén llegó a Buenos Aires, luego de seis meses y más de 70 kilómetros recorridos por día. Lo invadió una sensación de tranquilidad. Se había cumplido a sí mismo. Regresó casi igual a como se fue. Perdió unos kilos y ganó un poco de barba, pero siguió siendo el tipo con ambiciones silenciosas, mesurado con sus palabras y elemental con lo que busca en la vida: una buena bici para recorrer nuevos destinos.
Foto: Archivo partícular.