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‘La tribu’ y su fascinante lenguaje universal

La ópera prima del director ucraniano Myroslav Slaboshpytsky se presentó en el FICCI con el Gran Premio de la Semana Internacional de la Crítica del Festival de Cine de Cannes 2014 bajo el brazo.

Por Gabriela Castro Rico

18 de marzo de 2015

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¿Han tenido la oportunidad de estar en medio de una conversación de sordomudos? Yo sí, desde pequeña conozco algo del lenguaje de señas gracias a mi mamá, quien ha trabajado con ellos y con quienes escasamente me saludo, intento esbozar alguna seña o deletreo todo lo que quiero decir. De lo contrario estoy todo el tiempo perdida, a excepción de esos momentos en los que por sus gestos y expresiones obvias intento adivinar qué puede estar sucediendo, qué pueden estar hablando.

Lo mismo sucedió en La Tribu, la primera película del director, guionista y editor ucraniano Myroslav Slaboshpytsky, en la que no hay subtítulos, voz en off o musicalización que ayude a entender todo lo que realmente sucede, y esa fue la razón por la quise verla en esta edición 55 del FICCI.

En el tráiler y antes de comenzar el film aparece una frase en la que se advierte al espectador de la falta de traducción, por lo tanto, se pueden comprender las situaciones demasiado obvias, pero, claramente, hay pérdida en cuanto a  los detalles exactos que suceden alrededor de ellas. Tres autobuses de colores distintos e igual de largos a un Transmilenio estacionan en el paradero, mientras un chico le pide a una señora que le indique cómo llegar al internado al cual va a ingresar. Durante su recorrido, los estudiantes están formados en círculo observando atentamente a la directora que está dando algunas indicaciones, en ese instante entiendo la primera seña, los fuertes aplausos con los que dan inicio a un nuevo año escolar. Después de eso, toda la atención está focalizada 100% en lo que sucederá en la siguiente escena porque nunca se puede deducir cuáles serán las acciones de los personajes y tampoco analizar con claridad y rapidez el por qué actúan de una u otra manera durante la historia.

 


Cortesía FICCI

El chico llamado Sergèi es recibido con burlas y crueldad, así que para sobrevivir medianamente tranquilo, debe adaptarse y pasar por una serie de pruebas salvajes y ser aceptado en La tribu que se dedica a la delincuencia y la prostitución. Sabiendo eso, hace todo lo que le piden y logra su cometido, sin embargo, la situación se complica cuando decide ser el proxeneta de turno y se enamora de una de las chicas. A partir de este momento, las acciones odio y maldad que hasta ahora se habían visto en el film disminuyen para dar paso a la pasión con la que todos los seres humanos queremos o amamos a alguien y muestra las consecuencias extremas e irreversibles a las que llega Sergèi.

Es increíble y admirable lo que hace Slaboshpytsky, empezando porque todos los integrantes del elenco son sordomudos y catalogados como “actores naturales”. La tensión que se siente en varias escenas era real, pues, al terminar de grabar muchos actores se unieron a una manifestación en la plaza Maidan liderada por los estudiantes, que luego fue apoyada por varios grupos sociales y en cuyo clímax se derrocó al presidente electo Víktor Yanukóvich, a pesar de que toda la protesta fue reprimida por el régimen detonando varias muertes.

Con esta creación, Slaboshpytsky deja por sentado que el cine nunca dejará de sorprendernos, fascinarnos y dejarnos sin aliento, aun cuando la mayoría de películas que circulan con gran fuerza dejaron, tal vez, una huella de hastío y pesimismo a la hora de encontrar algo diferente. Pero, además, mediante una narración lenta, a veces estática, muy detallada y precisa, se puede visibilizar una problemática política que vive Ucrania. Por otro lado, aunque suene obvio, logra darle voz a los que no la tienen, acercarnos a la comunidad sordomuda; conocer sus reglas, sus movimientos, su fuerza y, lo más importante, hacernos entender que a través del absoluto silencio también se pueden contar historias y comprender que al amar y odiar no se necesitan subtítulos, no se necesita traducción, porque amar y odiar son dos palabras, dos sentimientos, dos situaciones que hacen parte de un solo lenguaje universal.

 

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