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La vida sentimental de Fidel Castro

Una mirada al hombre, el esposo, el amante y su poder sobre las mujeres.

Por Archivo CROMOS

26 de noviembre de 2016

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Publicado el 10 de junio de 1963.

 

Fidel Castro ha creado deliberadamente una pintura de sí mismo como tipo viril, una especie de robador de corazones de las mujeres cubanas. ¿Pero es ello cierto o apenas una pintura? En este reporte exclusivo vamos a dar primeramente una mirada al rudo dictador cubano que traicionó su propia revolución y veremos, de una vez, su flaco lado humano: el hombre, el esposo, el amante y su poder sobre las mujeres.

 

La hija de un hombre de negocios de los Estados Unidos, uno de los últimos americanos en dejar la Cuba de Fidel Castro, ha hecho una descripción de las condiciones que allí se vive, señalando primeramente la enorme influencia de Castro sobre las mujeres cubanas. Cómo se alinean por miles en las calles cuando aquel ha de pasar –las mozas lo mismo que las viejas- arrojándole besos y flores. El fuego que se transparenta en sus rostros sudorosos pone de manifiesto que quisieran ofrecer sus propios cuerpos. La americana describió de qué modo las mujeres chillaban histéricamente cuando él aparecía a su vista, clamando su nombre una y otra vez y ansiando pelear y hasta morir por él. Como conclusión de su relato ella hizo notar con cierta admiración. “Castro ha reunido por sí mismo el mayor club femenino de abanicos del mundo”.

 

Existen dos escuelas de pensamiento a propósito de Castro: la primera está de acuerdo con lo dicho por la muchacha americana, según la cual Castro juega astutamente con su buen porte y su masculina atracción, de tal suerte que el imperio que mantiene sobre Cuba, lo mantiene más ampliamente sobre las mujeres cubanas. Otros insisten en que Castro no es más que un fantoche, pues dicen que “con su país y sus mujeres es uno y el mismo”; y en el sentir de uno de los exiliados, “aquel toma por la mano tanto a Cuba como a sus mujeres para conducirlas por la senda de la amargura y la decepción”.

 

Según un viejo dicho, “para entender al hombre se debe antes conocer al niño”. De modo que para entender a Castro es preciso conocer a Fidel. Si uno va a la pequeña población de Beirán, en la remota provincia del Oriente cubano en cualquier 13 de agosto, ha de ver a la gente reventando petardos y bailando en las calles para celebrar el día de nacimiento de Castro, pues allí nació hace 35 años, como quinto hijo de Angelo Castro, propietario de una plantación de azúcar. En su vestuario de mantilla, Fidel era único. Fue tal vez la única época de su vida en que no portaba fusil o ideas revolucionarias. Aunque nunca le faltó buen alimento, cama suave o juguete costoso, no era más que el hijo de un rico en una de las secciones más pobres de Cuba. No podía ayudar en nada, pero sí se daba cuenta de las miradas adustas provocadas por el odio y la envidia que los hijos descalzos de los campesinos diseñaban a su paso. Entonces empezó a plantearse preguntas.

 

Quizá se convirtió en un preguntón, porque su padre, tan pronto como pudo, se apresuró a enviarlo a una escuela de Santiago de Cuba. Fidel no se daba cuenta de esto. Era un muchacho corpulento para su edad y causaba impresión verlo con su uniforme azul marino, complementado con una correa blanca de estilo militar. Durante los veranos volvía a su casa para nadar, cabalgar, ejercitarse en el tiro y añadir algunas preguntas más. Ya musculoso y fastuoso, aun en sus tempranos años, empezó a ser motivo de atracción para las muchachas, que se hubieran ruborizado al saber cuán joven era. Entonces, por su parte aprendió algunos trucos de los adultos.

 

En 1942 Fidel se trasladó a la Escuela Superior de La Habana. Sus compañeros lo querían y se preocupaban por él. He aquí lo que el anuario estudiantil decía de él tres años más tarde: “Fue un verdadero atleta, que defendía con bravura y orgullo la bandera de la escuela. Tiene buena madera y su papel de actor no se hará esperar en él”.

 

A la edad de 19 años, con 6 pies de estatura, que aún prometían aumentar, Castro se matriculo en la escuela de Derecho de la Universidad de La Habana. Era un caracterizado escolar entre los pocos estudiantes que no solo hablan y actúan con criterio radical, sino que lo son de veras. Se presentaba usualmente con vestido descuidado, barbas revueltas bajo la quijada y un cabello medio ensortijado en torno a las orejas. A pesar de su aspecto desaseado –o quizás a causa de él- Castro atraía a un buen número de muchachas. Las dejaba riendo, las dejaba gritando o enfurecidas, pero las dejaba. Su interés estaba en libros pesados o en discusiones acerca de la libertad, con otros jóvenes rebeldes.

 

Pero Fidel Castro ha hecho algo más que hablar. Puede que no haya actuado siempre bien, pero ha actuado. En 1947 jugaba jooky en la escuela de leyes a fin de reunir una abigarrada tripulación de revolucionarios. Armábanse de unos pocos fusiles y de no poco entusiasmo para libertar al vecino pueblo de la República Dominicana, mas algunos botes fusileros de Cuba interceptaron su pretendida liberación y Castro se vio obligado a decidir entre la captura y prisión o ir por entre las aguas del Caribe con maquinaria de guerra para ser atrapado por el cuello. Escogió saltar y, cubierto por la oscuridad de la noche, retrocedió a la playa justamente antes del peligro de ser dragado.

 

No mucho después de esta experiencia, Castro libertó otra cosa: su corazón. La chica que atrajo en esta ocasión fue Mirtha Díaz Ballar de Nuñez. Todos los que la han visto dicen que ella era –y es- la más bonita. A los 19 años, siendo estudiante de filosofía de la universidad se encontró con Castro casualmente en torno a unos pocillos de café tinto en La Habana. Discutieron sobre los grandes filósofos, algunos puntos en que resultaban de acuerdo el uno con la otra. De la filosofía pasaron a la poesía y ésta los condujo por las calles de la ciudad en medio de una noche tibia. Por Mirtha, Fidel cambió un poco. Adquirió dos trajes nuevos y visitaba con alguna frecuencia al barbero. A los 20 se enamoró y, según el decir de sus amigos, “se hundió en el romance con su intensidad habitual”.

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Archivo Cromos

 

Su escogencia fue extraña, pues Mirtha no pertenecía a la escuela de los reformadores sociales. No tenía ningún interés por el mejoramiento de las condiciones de las masas hambrientas de Cuba y, al contrario de su prometido, nunca había sido arrestada por conducir manifestaciones estudiantiles. Era de antecedentes conservadores, y de hecho, su padre era un oficial del gobierno que Castro detestaba. No siendo la política, sin embargo, un obstáculo, la pareja decidió casarse. Cuando el padre de Mirtha puso objeción, ella se limitó a decir: “Fidel no está sino en una fase. Usted lo vera; apenas salga de la escuela montará su oficina de abogado”.

 

Celebraron el matrimonio en casa de la familia de Mirtha, no muy distante de la del desposado, y fueron a pasar en Nueva York la luna de miel. Allí se presentó la primera diferencia, el primer anuncio de unas relaciones que iban a hacer quiebra, y el dinero fue el problema. Por lo demás, obraron muy apresuradamente: Mirtha quiso telegrafiar a su casa para pedir algo más, y Castro, estudiante pobre pero orgulloso, quiso cortar en seco su luna de miel. Él gritaba, ella lloraba, y finalmente sobrevino el compromiso: Fidel empeñó su viejo reloj y otros objetos de valor y continuaron así por algún tiempo más.

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De vuelta a la escuela, Castro leía, estudiaba y escribía apasionadamente, hasta que un día surgió un milagro diminuto: su hijo Fidelito, nacido a los once meses de las bodas; y, por fin, el tan ansiado diploma en leyes y una participación en una respetable firma de abogados.

 

Las compañeras de Mirtha la envidiaban. Lo tenía todo: un bien dotado y confidente esposo, más un hermoso y sano bebé. ¿Qué más podía desear una mujer? Mirtha no quería más, pero tampoco menos. Sin embargo advertía un hecho: que el abogado –su esposo- no renunciaba a sus ímpetus revolucionarios, que más bien aumentaban día a día, en vista de los procederes del General Batista, odiado enemigo.

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Por este tiempo Castro era aún partidario sincero de la libertad y veía que Batista gobernaba a Cuba con un fusil a la espalda y que las fuerzas productivas de los trabajadores iban destinadas a engrosar la riqueza de Batista y sus compinches. Castro empezó a considerarse entonces como el salvador de Cuba y, sin perder tiempo, procedió a formar un grupo secreto de revolucionarios para interponerlo al gobierno. Todo esto asustaba a Mirtha, quien vio suceder un cambio en su esposo, el cual ya no se ocupaba de sus deberes como esposo y padre, sino solamente de la política. Su práctica de la abogacía estaba tan descuidada como su familia. Más de una vez Mirtha perdió el sueño, preguntándose por lo que iría a suceder si las ideas revolucionarias de Castro se ponían fuera de control.

 

Y fuera de control se pusieron, con la racha que alumbro a toda Cuba en 1953, cuando Castro, a la cabeza de un grupo de unos doscientos revolucionarios, estableció su fortaleza en la Provincia de Oriente. Mas este intento se convirtió en desastre, y Castro y sus rebeldes compañeros se encontraron atrapados y sin esperanza dentro de las paredes de piedra del fuerte, de modo que los que no fueron muertos, quedaron arrestados. Castro fue entonces la figura central del más sensacional proceso que se haya producido en La Habana en muchos años. Día tras día la sala de la Corte se vio colmada, y el mayor número de espectadores estuvo formado por esposas de los oficiales del gobierno y socialistas prominentes, todas mujeres que se abrían paso.

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¿Por qué se mostraban las damas tan interesadas? Una mirada a sus semblantes inquietos da la respuesta: querían ver una increíble representación, la de Fidel Castro, todo barbado, de robustos hombros y erguido como el tronco de un árbol fuerte, abogaba por su propia causa. Usaba de todos los recursos de los códigos y con mano libre hendía el aire de ademanes que acentuaban el punto discutido. Su voz dominante atacaba con furia todos los desmanes del gobierno. A los 11 días del juicio se produjo un aspecto diferente, casi increíble; empezó cuando Fidel no apareció más en la sala de la Corte; era el principal de los defensores que faltaba. El juez anunció inmediatamente la razón: Castro había caído gravemente enfermo en su celda durante la noche. Por tanto el juicio seguiría sin él.

 

Y he aquí lo que ocurrió. Antes de que el juez terminara de hablar, una voz, la de Haydée Santamaría, militante femenina de 24 años, y perteneciente al grupo de revolucionarios de Castro, se dejó oír en el salón: “No. Fidel no está enfermo”. Y se abalanzó, sin hacer caso del murmullo que se levantó en la sala, ni de las bayonetas y carabinas con las cuales amenazaban los guardias. “Fidel Castro se halla en perfecta salud” –continúo.  “El gobierno está planeando su asesinato bajo el pretexto de que pretendía escapar. Él ha escrito esta nota, ¿quieren hacer el favor de leerla?”.

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Archivo Cromos
 

El juez, atónito, demostró asentimiento. La mano de Haydée voló como un pájaro hacia su propia cabellera espesa y negra, y de allí volvió a salir estrechando algo blanco y delgadito –una diminuta hoja de papel que, bien enrollada, podía ocultarse fácilmente. La guardia de Batista miraba a la muchacha “con el deseo de matarla escrito en su semblante”, según lo anotó uno de los observadores, si bien no podía hacerlo dentro de la sala de la Corte. Con cabeza levantada, caminó despacio hasta el juez y le entregó la nota, que era de importancia vital.

 

La valentía de Haydée en hacer llegar el mensaje hasta la corte salvó la vida de Castro, puesto que el juez designó inmediatamente a un oficial para custodiarlo. La misa Haydée no se sentía segura, porque había sido forzada a presenciar la tortura hecha a su hermano (segundo de Castro en el comando) en venganza por la prisión de algunos oficiales acusados de deslealtad. De consiguiente permaneció en solitario confinamiento por el resto del tiempo que duró el juicio, y más tarde dijo: “Era necesario hacerlo si Fidel iba a continuar viviendo. Sí, y me alegro de haberlo hecho”.

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La devoción sincera de Haydée es típica. Es la primera de las mujeres que han ayudado a Castro en momentos de crisis. Ha provocado muchos comentarios en cuanto a la verdad de sus relaciones con Fidel luego del episodio sucedido en la Corte. ¿Fue la revolución el único lazo, o hubo algo más entre ellos? Por algún tiempo no se habló más del asunto, pero subsecuentes acontecimientos probaron el hecho.

 

Mirtha, la esposa de Castro, no asistió al juicio, sino que permaneció en casa llorando hasta que, finalmente, se supo la sentencia de 15 años de prisión decretada en contra de su esposo. Se consideró entonces, por sí misma, viuda y mártir de una causa que no conocía y en la cual no podía creer. Pero la estrella de la suerte de Castro no había declinado. En 1955, una amnistía general fue promulgada y libertado miles de prisioneros políticos, entre ellos Castro y Haydée. En el día de la liberación una gran multitud se agolpó junto a las puertas de la prisión. Allí había reporteros, fotógrafos, y estaban la hermana de Castro y Haydée. Cuando se vieron entre sí, ella se deshizo en llanto, mientras él también se sentía embargado por la emoción. Era un día inolvidable. No faltaba sino una persona, y ella era Mirtha.

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Dos años de prisión no habían mermado en nada el ardor revolucionario de Castro. Al contrario, más que nunca se sentía destinado a destruir a Batista. Vivía vigilado constantemente, y por eso no podía crear un nuevo movimiento clandestino.

 

-Debo ir a Méjico- dijo resueltamente a Mirtha. Organizaré un nuevo grupo rebelde allí y prepararé una invasión a Cuba. Es el único modo de traerla la libertad a nuestro pueblo.

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-¿Vas a abandonar a Fidelito y dejarme?- preguntó Mirtha, con una sombra de terror que cubría su rostro.

 

– No será sino por un poquito tiempo.

 

-Siempre ha sido por poquito tiempo- comentó ella-, aunque de todos esos poquitos resultan años. Sí, años desde que he tenido un esposo.

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– Mirtha,  dijo Castro tendiéndole una mano, creo que hayas comenzado a comprender.

 

Mirtha afirmó con la cabeza y se apartó un poco de él, ocultando su cara. –Si te vas, dijo penosamente, me divorciaré de ti.

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Castro la miró a los ojos, unos ojos hermosos, negros y profundos que ahora demostraban tristeza y fría determinación, porque Mirtha sabía lo que estaba diciendo. El volvió a mirar a Fidelito, un hermoso bebé de seis meses, ocupado de jugar con uno soldaditos de plomo. Miniatura de los soldados de Batista, pensó Castro amargamente y respiró. Crecerá separado de su madre, ya que sus creencias y las mía<s son diferentes, decía pensando en su adorado hijo.

 

-No tengo alternativa, terminó diciendo y salió apresuradamente de la habitación. Pocos días después salía para Méjico. Y Mirtha, conforme a lo prometido, se divorció inmediatamente. Castro sepultó su pena con el trabajo, el trabajo de reclutar y entrenar rebeldes para invadir a Cuba.

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Y hubo otra crisis aún. El gobierno de Batista presionaba a las autoridades mejicanas para que arrestaran y pusieran en prisión a Castro con el cargo de conductor de actividades ilegales. Tres meses de arresto, durante los cuales el reducido grupo amenazaba con disolverse.

 

De nuevo sucedió lo inesperado. Una mujer vino en su rescate. Como en los libros de historietas, entró en la celda un día una morena y graciosa muchacha, completamente desconocida, la que le entregó un papelito enrollado y manifestó: “Soy cubana. Mi nombre y dirección están en ese papel. Si usted necesita un amigo cuando deje este lugar, venga a buscarme”.

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Castro no vaciló en hacerlo apenas se le comunicó su libertad. El nombre de la muchacha era Teresa Cususo, hija de un ingeniero civil que realizaba algunas obras en las cercanías de La Habana y cuyo esposo –un escritor cubano- había sido muerto durante la guerra civil española. Ella y Castro se entendieron perfectamente, porque éste en medio de los abrazos que provocó el entusiasmo, descubrió que ella odiaba a Batista tanto como él mismo. La joven ayudó a Castro n todo lo que pudo: lo ocultó en su casa de la ciudad de Méjico cuando los espías de Batista lo expiaban por todas partes; alquiló algunas casas para que se alojaran los del grupo y fue hasta Nueva York a recoger dinero para ampararlo.

 

Sin lugar a duda fue profundamente atraída por Castro. Compartieron las horas juntos. Pero el gigante barbudo se hallaba desposado con su misión, y cuando los barcos de su invasión estuvieron listos para salir de Méjico, se despidieron sin turbación. No sabía ella entonces que años más tarde sus ojos se pondrían rojos de tanto llorar por él.

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Ochenta y dos enfermizos cubanos invadieron a Cuba en diciembre de 1956. El ejército de Batista, bien avisado, esperaba. Muchos de los cubanos fueron muertos en la playa. El resto, y Castro con ellos, tuvieron que dirigirse a la remota y salvaje Sierra Maestra. El desembarco fue un fiasco, un terrible fracaso. Batista, irritado, decía que aquel puñado de rebeldes sería sorprendido y muerto. Pero se equivocaba, al no considerar el poder obsesionante de un fanático que ha de cumplir una misión, y ese poder comenzó a sentirse por los raids que Castro dirigiría sobre las poblaciones aledañas a la Sierra.

 

Las mujeres se juntaban para buscar sitios de refugio. Las dueñas de casa reunían municiones y armas para él. Una sociedad de muchachas que nunca se habían ensuciado las manos, curaba a los heridos después de los combates o los conducían hasta los médicos; además, sin conocimiento de la topografía de la Sierra, se ingeniaban, sin embargo, y sabían encontrar sendas para ocultar armas y vestidos, alimentos y morteros; y jóvenes cuya experiencia de vuelo se había limitado a vigilar la ruta de los aparatos enemigos, armadas de pistola, atacaban ellas mismas los aeroplanos enemigos.

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Había muchachas muy atractivas, como Melba Hernández, abogada de 25 años de edad, una de las más eficaces ayudantes de Castro y que reunió luego a todas las mujeres en la unidad única. También Celia Sánchez, hija de un médico rico, quien desechando su vida fácil, actuó como conductora voluntaria de las fuerzas de Castro y se quedó luego con él en calidad de secretaria particular.

 

¿Y qué descubrían todas estas chicas en Castro? Descubrían a un hombre erguido, infatigable e impulsivo, cuyo semblante de mártir ejercía un efecto hipnótico para ellas. Descubrían a un romántico casi aventurero, cuya personalidad se imponía casi por fuerza. Descubrían así mismo al hombre egoísta y falto de madurez, al hombre fuerte, de manos brutales que las aprisionaba con deseo de posesión, pero que para ellas era simplemente un intento frustrado. Porque su pasión se agotaba por sí misma en las horas de su permanencia en la tierra estéril de Sierra Maestra y al regreso se envolvía de nuevo en sus fanáticos sueños.

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Con todo eso, las mujeres le hacían calle de honor y proclamaban su nombre, aunque algunas de ellas que alguna vez que alguna vez estuvieron muy cerca de él, como Teresa Casuso, en Méjico, se habían alejado. Castro había designado a Teresa como miembro permanente de Cuba en misión acerca de las Naciones unidas y ella sirvió fielmente ese cargo hasta octubre del año pasado; pero después, por medio de una emocionada carta de once páginas, renunció, consignando esta queja: “Usted ha creado una policía de estado fuera de Cuba. Y ha inspirado resentimiento y odio. La historia lo condenará”. Y dijo algo más que los reporteros se han apresurado a consignar con respecto al hombre: “Se halla obsesionado con la muerte y la destrucción. No puede construir nada porque está lleno de odio. Se halla en guerra con todos y con el mundo entero, lo que equivale a hacerse la guerra a sí mismo”.

 

Sea cual fuere lo que Teresa experimenta, no puede ocultar el golpe asestado a su frío nivel político, puesto que acaba su carta a Castro con la devastadora anotación que muestra toda la contrariedad y la angustia que sienten casi todas las mujeres que,  de algún modo, han estado en su intimidad.

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Porque ella escribió: “Si algún día fuera usted derrotado, no vacile en tocar a mi puerta, que yo le abriré y lo recibiré con toda la piedad hacia una persona enferma”. Hasta que ese día no venga, Fidel Castro permanecerá en el trono hecho por sus propias manos como un oscuro e insaciable espíritu que prometió a la tierra de Cuba y a sus mujeres una cosa que no pudo darles: la plenitud.

 

Destacados o pies:

 

Los lugares donde habla Fidel, dice París Match, están siempre rodeados de bellísimas milicianas, casi todas menores de 20 años, para las que el líder barbudo es un ídolo incomparable.

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Las mujeres de la Unión Soviética fueron las nuevas admiradoras de Fidel.

 

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