«Toya” aún no ha hecho su carta para el Niño Dios; sin embargo, para muchos, el mejor regalo es ella. Es una mujer entregada, comprometida y con un corazón tan grande que es imposible describirlo en letras, hay que verla en acción para dejarse contagiar de la magia que irradia.
Creció rodeada de paz y tranquilidad en una familia costeña de 70 personas, que se ha encargado de demostrarle el verdadero significado de la palabra amor. Recuerda con mucha emotividad los momentos que ha vivido junto a los suyos, celebrando la Navidad en casa de su tía, donde comparten y disfrutan de una gran cena, que hace que esta festividad sea sagrada.
Desde muy pequeña le ha interesado ayudar a los demás con labores sociales. En el colegio hacía recolectas de mercados, ropa y útiles para ayudar a las personas que se vieran afectadas ante cualquier circunstancia; luego, trabajó en la Liga Contra el Cáncer en Santa Marta, y ahora está vinculada con la fundación Sonrisas con futuro.
Tiene claro dónde está la felicidad, y no se encuentra precisamente en un lugar de sueños propios sino de millones de personas que forman parte de esta Fundación, que fue creada aproximadamente hace diez años por unos amigos de su natal Santa Marta, con el propósito de hacer sonreír a desplazados, minorías étnicas, madres cabeza de hogar, adultos mayores, y niños y jóvenes, en diferentes regiones del país.
Entre todas estas ramas de acción, formar niños lejos de la violencia, la pobreza y la desigualdad se ha convertido en su foco y en su misión de vida. Para ella los niños son el futuro del país y del mundo, por eso trabaja arduamente por que tengan una vida digna y por desarrollar el potencial de cada uno de ellos, mediante proyectos que mejoren su educación y nutrición, entre otras cosas.
Cuando llega a casa después de haber realizado alguna actividad para estas personas, su corazón late tan fuerte que sabe que está haciendo lo correcto. Le ha retribuido a la vida lo buena que ha sido con ella. Se siente muy afortunada porque puede dedicarse a lo que le gusta, trabajar para la Fundación, donde ha descubierto que los sueños se alcanzan: «Toya» logró convertirse en un trampolín para hacer felices a otros y esa es su mayor satisfacción al levantarse a diario.
Gratitud. Esa es la palabra que se le viene a la cabeza cuando piensa en este proyecto, que empezó como algo inalcanzable y que hoy es una realidad. “La gente que tiene poco es inmensamente feliz con un pequeño grano de arena que aporte alguien”, explica «Toya».
Para ella, la Navidad se traduce en la paz del deber cumplido, en la fuerza que tiene el amor para unir corazones y en la capacidad que poseen los seres humanos para adaptarse a una sociedad difícil, que sobrevive gracias a la solidaridad y la esperanza.
Foto: Daniel Álvarez