Natalia ha sido rebelde desde pequeña. En el colegio fue indisciplinada y en la universidad no se destacó por ser la mejor estudiante. Lo suyo ha sido la aventura.
A los 16 años se fue de intercambio a Estados Unidos. Cuando llegó, le asignaron una casa en un barrio popular. Allí vivía una enfermera con sus dos hijas. Una de ellas era drogadicta. Al enterarme, le dije que pediría el cambio de domicilio. Me dijo: “No mami, yo me quedo aquí, esto hace parte de mi experiencia”. Respeté su decisión pero fue una etapa de gran preocupación. Perdí varios kilos de solo pensar en los riesgos que corría.
A los 20 años se fue al Amazonas. ¡Es que no ha tenido freno! De ir a dormir en hamaca o hacer caminatas de tres días. Yo me preocupaba, claro, sobre todo porque no había celulares ni modo de localizarla. Sin embargo, me tranquilizaba que era una jovencita sana. De ese viaje, regresaron todos los amigos, menos ella. Natalia se quedó a desarrollar un proyecto ambiental con una fundación. Tiempo después, mientras hacían un recorrido por Santa Elena, los secuestró un grupo de delincuencia común. Los dejaron amarrados a unos árboles. Ella le habló tanto a uno de los muchachos que al parecer la amarró sin fuerza, de modo que cuando se fueron, ella pudo soltarse, liberó a sus amigos y escaparon.
El primer recuerdo que tengo de su carácter, es el de un viaje que hicimos al Nevado del Ruiz. Ella tendría cinco años. No le gustaba ponerse suéter. Al llegar, quise abrigarla pero no me dejó. Los demás tuvieron que irse sin nosotras, que nos quedamos en el carro porque la niña no quiso ponerse un saco.
Poco antes de terminar la carrera, decidió irse para un kibutz en Israel. Antes del viaje, debía pedir una autorización en la embajada de ese país en Bogotá y allá hizo excelentes relaciones con algunos funcionarios, tanto así, que le ofrecieron trabajo. La gente cercana nos preguntaba: “¿Y Natalia por qué se va a ir a un kibutz?”, “y no la detiene nadie”, contestábamos.
A mí me preocupaba su diploma, entonces fui a hablar con una de sus profesoras. “A Natalia no se le pueden cortar las alas. Yo me siento realizada con una alumna como ella, a pesar de que no sea buena estudiante”, me dijo. Su éxito estaba en los aportes que hacía en clase, siempre lista al debate.
Se fue a Bogotá y allí terminó el último año de universidad en la Javeriana. De ahí saltó a París. En Francia fue corresponsal de la W y de RCN, el canal que luego le propuso trabajar en Washington. Vivió varios años fuera, entre Estados Unidos y Francia, a donde regresó como corresponsal. En ese entonces, ya sabía que quería contar historias, hacer crónica. Cubrió un desastre ambiental que tenía muchos riesgos para la salud, siempre fue temeraria. Después la mandaron a cubrir la guerra de Libia y una bomba estalló muy cerca de donde estaba. Nosotros la vimos por televisión cuando le tocó esconderse detrás de un carro.
Regresó a París con ganas de volver a contar las historias detrás de la guerra. Resolvió hacer un grupo con sus propios recursos. Quería adentrarse en la resistencia de la sociedad civil, narrar los roles de las mujeres.
Cuando Natalia va a tomar una decisión, ella no me consulta, me cuenta. Y nosotros siempre le decimos: “Cuenta con nuestro apoyo”. Yo tengo dos hijas y de ambas rescato lo mismo: la sensibilidad social. Nunca han sido apáticas a los problemas sociales y siempre han sido inquietas intelectualmente. En cuanto a Natalia, es puro corazón.
Ella no tiene temor a defender sus ideas y lo hace con gallardía. Así fue con Álvaro Uribe. Él le propuso una vez que se fuera a trabajar con él a la Casa de Nariño. Natalia le dijo: “señor Presidente, yo con usted no podría trabajar”. Me gusta que sea así, que no le agache la cabeza a nadie. Uno no le agacha la cabeza sino a la persona que está por encima intelectualmente. De resto ni por plata, belleza o poder”.
Foto: Juan Fernando Cano.