Subdirectora de La Luciérnaga.
Columnista de El Espectador.
Si me preguntan qué es eso de ser espiritual, diría que son las cualidades que convierten a algunas personas en seres especiales, quizás, más que otras del común, y que solo es posible conseguir la espiritualidad si abarca la mente y el cuerpo y por ende, todo lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Y además están las formas de conseguirla. Hay quienes con la fe religiosa se conectan con lo más profundo de su ser, o lo consiguen con el yoga u otra práctica, e incluso, a través de los hijos. Yo, por ejemplo, acudo también al silencio.
Lo espiritual, entonces, se relaciona con aquellos que entienden que hay que ser primero bueno con uno mismo para poder serlo con los demás. Es evitar la contaminación, cualquiera que sea, crear mecanismos de limpieza y no dejar que tanta miseria afecte lo más importante del ser. Si logramos eso, sabremos qué es eso de tener el sentido de pertenencia que necesitamos y sentiremos una cosa bellísima que poco brilla en el mundo de hoy: la compasión.
El amor es un sentimiento sin el que la espiritualidad no sería posible. Y cuando pienso en eso recuerdo el intercambio de cartas entre León Tolstoi y Mahatma Gandhi en 1908. El ruso le decía al hindú que solo el uso del amor como arma, a través de una resistencia pasiva, podría acabar con la opresión de la colonia. Si quisiéramos trasladar ese principio a nuestra historia de hoy e intentáramos resolver nuestros conflictos a través de la espiritualidad y el amor, seguramente nos dirían que es una utopía. Pensar que tal vez ahí, en lo más simple, en los sentimientos más puros, estaría la respuesta a tantos vacíos que tenemos como ciudadanos y como sociedad. Si fuéramos más espirituales y menos violentos sería más cercana una posibilidad real de paz en Colombia.
El mismo Gandhi dijo lo siguiente: “Mantén positivos tus pensamientos porque tus pensamientos se convierten en palabras. Mantén tus palabras positivas porque tus palabras se convierten en tus actos. Mantén tus actos positivos porque tus actos se convierten en hábitos. Mantén tus hábitos positivos porque tus hábitos se convierten en valores. Mantén tus valores positivos porque tus valores se convierten en tu destino”.
Pensemos entonces si no estamos ante la ausencia de un buen destino tanto desde lo individual como desde lo colectivo como país, y si valdría o no la pena revisar nuestros principios espirituales para enrutar un camino tan áspero como el de esa realidad con la que amanecemos todos los días.
Yo practico yoga, hago silencios prolongados, me cuestiono, me peleo, leo, abrazo a mi hija de seis años y a mi esposo, los cuido, los amo, ayudo tanto como puedo a los más necesitados, reviso mi ser cuando está rabioso o adolorido e intento curarlo para no dañar a los demás, y le rezo a mi mamá y a mis ángeles en el cielo para que siempre me den luz. Con eso alcanzo algo de espiritualidad pero aún me falta. Lograr niveles superiores será el mejor aporte para mi mente, para quienes me rodean y para la sociedad.
Foto: David Schwarz.