En enero de 2006, siendo presidente de Bolivia, el entonces presidente electo de Bolivia le prometió a Cromos una entrevista de una hora. Empezó puntual pero a los 15 minutos había tanta gente esperándolo que Evo se levantó y no siguió respondiendo. El autor, Nelson Fredy Padilla, decidió quedarse tres días pegado a la sombra del mandatario y construir la historia con frases que iba sacándole de a pocos. Este fue el resultado de un reportero insistente y persistente.
Por: Nelson Fredy Padilla, enviado especial a La Paz, Bolivia.
Fotos: Archivo Cromos.
Durante tres días fuimos la sombra del nuevo Presidente de Bolivia. Percibimos su nerviosismo, sus preocupaciones y la fortaleza de un indio que ‘masca’ coca. Soñaba con ser periodista, pero “los dioses” del lago Titicaca lo escogieron para refundar su nación… para hacer historia.
El primer encuentro fue en un ambiente para él ajeno: el lobby del Hotel Radisson, el más lujoso de la capital boliviana. Álex Contreras, el hombre que le organiza la maratónica agenda diaria y que guarda en su maletín y en su libreta de periodista los secretos de la biografía “del Evo”, me citó a las 7:30 de la mañana. En punto llegó el presidente electo, luciendo una chaqueta de cuero café con apliques de lana de alpaca en el pecho y con un ímpetu que más parecía vestido con armadura.
Al saludarlo, en su mano sentí la fuerza acumulada de cuatro décadas como pastor de llamas, cultivador de coca, líder sindical. Trasquila una oveja en ocho minutos, con la misma facilidad que moviliza millones de personas y, desde hace diez años, aísla durante semanas a la capital del país a punta del bloqueo de vías arterias.
Es el “compañero Evo”, el mismo al que se le atribuye la caída de los dos últimos presidentes –Gonzalo Sánchez de Losada y Carlos Mesa–, al que Washington y las agencias de inteligencia internacional han llegado a relacionar con la guerrilla y el narcotráfico.
Los cargos le resbalan porque la leyenda del agua bendita del lago Titicaca lo protege eternamente. Esa es su explicación al multitudinario trance indígena del 21 de enero, que todo el mundo vio por televisión en las milenarias ruinas de Tiwanacu. La asunción de Evo Morales a la Presidencia de la República regocijó a lo seis millones de indígenas de Bolivia, tanto como el día que sus padres les contaron el origen milagroso de los incas: cuando de las gélidas profundidades del lago mayor emergieron Manco Cápac y Mana Occllo para fundar el histórico imperio.
Ahora, miles de años después, los indios aymaras tienen la certeza de que sus antepasados les enviaron un salvador. “Evo es el escogido –me dice uno de ellos–. Heredó de los dioses el poder y ahora refundará la nación que nos usurparon los blancos”. El comentario parecía fruto de la emoción y de la imaginación, pero el primer presidente indio de nuestros tiempos lo ratifica: “El agua es todo para nosotros y estas son sagradas; son nuestro origen, nuestra vida, nuestro legado, nuestra fortaleza”.
Evo está seguro de que el magnetismo que se percibe mientras se navega por el Titicaca fue la energía que le permitió soportar hace doce años el encierro en la prisión de Copacabana, levantada en una de sus orillas y donde fue confinado por “subvertir el orden”. Se siente signado por el agua desde que nació hasta que fue elegido presidente. Su bautizo, hace 46 años y a 3.600 metros de altura, fue en un rancho de arcilla y paja brava, junto a las aguas del vecino lago Poopó; “las que cuidan la herencia de los Andes, desde la arena de los silencios del altiplano”. Aquí está la respuesta a los periodistas de todo el mundo que no entendimos, tres días antes de su posesión, por qué decidió crear un Ministerio del Agua.
Recordando a su madre, también le explicó la teoría del agua a José Antonio Ocampo, el ex ministro colombiano que lo esperaba en un salón del hotel, como enviado especial del secretario general de Naciones Unidas (Kofi Annan), para garantizar su posesión como mandatario de nueve millones de bolivianos. Mientras se acercaba la ceremonia, Evo no quería detenerse un minuto para evitar que la emoción se apoderara de él. “Yo nunca soñé con esto y me estoy sintiendo cada vez más nervioso”.
Cuando no era tan famoso, en agosto de 2001, estuvo en Bogotá para defender la cultura de la hoja de coca, gracias a amigos aquí presentes como Luis Evelis Andrade, presidente de los indígenas de nuestro país. Ahora que acaba de terminar su primera gira mundial, Evo se ríe de que todavía en algunas partes confunden a los bolivianos con los colombianos y de que fue un colombiano, el ex embajador de Estados Unidos en La Paz, Manuel Rocha, quien lo catapultó al primer lugar de las encuestas, satanizándolo todos los días.
Ahora, entronizado como el más valiente de los aymaras frente a la Puerta del Sol –donde cada año se arrodillan a esperar la luz que marca la hora de cosechar–, a uno de los tres hijos sobrevivientes (entre siete) de Dionisio y María, no le da pena admitir que le teme “a la sed y al poder”.
No olvida que fue la gran sequía de 1983, sumada a la falta de servicios de salud y educación, la que lo lanzó a las carreteras hacia un destino sin retorno: el maíz se agotó y su familia no podía sobrevivir a punta de carne. Arriando 50 llamas viajó con su padre durante una semana, desde la devastada Orinoca hasta Oruro. Por primera vez vio una ciudad y los buses, desde los que la gente tiraba cáscaras de naranja que él recogía. “Eran un manjar”, recuerda Evo. Le calmaban el hambre y secarlas al sol se volvió un recurso para añadir té a la escasa dieta de los Morales Mamani.
Otra semana de descenso necesitaron para mendigar tanto maíz que les rindió hasta para compartir con sus vecinos de Ayllu. A su regreso hubo fiesta. Sonaron charangos, bombos y quenas, y bailaron la danza de La Morenaza. Pero haber visto el valle que conduce al Trópico de Cochabamba cambió sus vidas, de una forma radical. Tan deslumbrante, como cuando entró al Palacio Quemado (la residencia presidencial) por un piso de mármol de colores café y beige. Un hambriento nómada de los Andes ahora orgulloso de su sangre y con la banda presidencial en el pecho.
A estas alturas, pretender continuar con una entrevista ‘exclusiva’ con el personaje internacional del momento, que aprendió español y liderazgo leyendo La revolución india, de Fausto Reinaga, era imposible. Lo reclamaban a gritos los periodistas chilenos; como casi todos los días desde hace tres meses, los pacientes reporteros de Discovery Chanel no le pierden pisada para un documental; CNN quiere un directo para el medio día, NBC alquiló en el piso 14 una suite para maquillarlo y preguntarle sobre su antiimperialismo, hasta el canal árabe Al-Jazeera ruega por un testimonio de diez minutos.
Según la bitácora del Movimiento al Socialismo (MAS), el movimiento político de Morales, que ganó las elecciones presidenciales del 18 de diciembre con un récord de 54% de los votos y ahora preside el Senado y la Cámara de Diputados, desde hace tres meses Evo da un promedio de 150 entrevistas por semana. Empieza con las llamadas de medios europeos a las 4:00 de la mañana. De 5 a 6 hace ejercicio; “paleta” (especie de squash al aire libre), si está en Cochabamba; “fulbito” (fútbol), en el Chapare, y unas cuantas flexiones y ejercicios de respiración si le tocó dormir en La Paz.
Oye durante 20 minutos el reporte que le hacen sus asesores sobre lo que publica la prensa de su país. “Cuando era pequeño soñaba con ser periodista para estar donde ocurren las cosas –oía radio porque no conocía ni los televisores ni los periódicos–. Por eso y por mis responsabilidades me gusta estar informado”. Se indigna cuando le cuentan que la principal carretera del país, la que lo atraviesa de oriente a occidente, una vez más fue arrasada por una creciente de río. Hubo 37 muertos y un rescate épico de un equipo de fútbol en medio de la avalancha.
Hace su primera de tres masticaciones de coca y el resto del día –hasta las 10 de la noche– lo dedica “a atender a mis hermanos originarios”. A esa hora cena lawita de jankakipa (sopa de maíz), lee sobre el Che Guevara, oye música andina y “lavo sagradamente mis calzoncillos y mis medias”. Sus dos hijos y sus “evas” son temas vedados.
Sea en el rancho del Poopó, en la modesta casa de dos aguas en Cochabamba o en la que arrendó en la capital desde que se convirtió en diputado (1998), indígenas como ‘la chola’ Julia Pinto saben que, “por tarde, desde las 7:00 a.m. podemos pasar a hablar con el Evo para contarle nuestros problemas”.
Luego de tres jornadas agobiado por el enjambre de periodistas cada vez que abría la puerta, optó por dar una corta declaración a la televisión francesa, que terminó con un sorprendente “merci beaucoup”, y limitó su agenda pública a una rueda de prensa general por día. No había más remedio que seguirlo a donde fuera, con la complicidad de su asesor de cabecera y su escolta personal.
Evo no fue al coctel de despedida del embajador chino, en un lujoso barrio de La Paz, pero envió a varios de sus hombres de confianza, informalmente vestidos, que se mezclaron entre elegantes y almidonados diplomáticos y empresarios, para aclararles que no gobernarán “con espíritu vengativo”. Sin saberlo, degustaron caviar negro y, en ese ambiente festivo, los meseros se apuraban a servirles diciendo: “Somos del MAS… más whisky”.
Allí supe que dos años después de la pavorosa sed del altiplano, los Morales Mamani ya estaban cultivando frutas y verduras en los montes del Chapare. Pero la miseria los volvió a alcanzar cuando el primer gobierno civil después de la dictadura liberó los aranceles para la industria extranjera “y el único sustento que nos quedó fue la coca”. Este cultivo ancestral, otro elemento fundamental de la filosofía de vida ‘evista’, fue el que lo llevó de la ingenuidad al poder.
Reunido con los coordinadores de 129 comisiones que le recibieron 16 ministerios al gobierno saliente, el nerviosismo se le disparó cuando le sentenciaron: “Bolivia es un país saqueado y quebrado”. Otros detalles los hablaron entre ellos en quechua y aymara.
El nuevo ministro de Planificación, Carlos Villegas, que lucía una camisa con el cuello raído y estaba acompañado de la nueva ministra de Desarrollo, la quechua Casimira Rodríguez, ex presidenta del gremio de las empleadas del servicio, le dijo a CROMOS: “A pesar de la fama de nuestro estaño y del gas, el Estado sobrevivía prácticamente gracias a las donaciones del exterior”.
Junto a ellos se rumora la presencia de expertos cubanos y venezolanos, enviados por Fidel Castro y Hugo Chávez con la misión de que la pobreza no siga concentrada en el 95% de la población india y toda la riqueza en manos de los blancos y mestizos (5%) que ostentaron el poder hasta que volvió a emerger de las aguas del Titicaca un sucesor de Manco y Mana. “No importa –les dijo–. Compartan el miedo de Evo pero, apenas nos pase el susto, le devolveremos la dignidad a nuestro pueblo, empezando de cero”. Todos gritan en coro: “¡Pachakuti!” (renacimiento).
A la salida, dentro de un ascensor, le comenta a su vicepresidente, Álvaro García Linera: “No me convenzo de que el Evo es el Presidente”. Entonces el rey de los aymaras, al que todavía le falta cumplir el sueño de que Bolivia tenga una salida al mar, me voltea a mirar y alega: “¿Qué hace éste aquí, colado a toda hora?”. Linera, blanco, canoso y con fama de intelectual, me grita: “Por favor, ¡se sale ya! ¡No lo queremos ver más!”. Para mí fue suficiente.