Estoy convencido de que el estatus de la mujer es un barómetro de la salud de una sociedad. Una gran parte de los problemas del mundo -el hambre, las guerras, la devastación ecológica, los colapsos económicos y la depresión crónica que vivimos- tienen que ver con una cosmovisión machista ligada a una innegable barbarie que ha acompañado el curso de la historia.
Hemos exaltado valores masculinos como la competitividad, la agresión y el predominio del intelecto y despreciado valores femeninos como la afectividad solidaria, la cooperación, la inteligencia emocional, la empatía, la intuición y la sabiduría del cuerpo, entre otras.
El nuestro es un país machista, con una religión misógina y valores enfermizamente patriarcales, que todavía sigue oprimiendo a las mujeres con la desigualdad de los salarios, con las costumbres sexuales, con las presiones laborales, con los imaginarios sociales, entre muchas otras. No nos engañemos, en Colombia todavía empequeñecemos a las mujeres.
Además de lo anterior, el conflicto armado ha sido construido desde valores patriarcales y es una historia hecha en su mayoría por hombres, testosterona, competición y ansias masculinas de gloria, donde lo femenino brilla por su ausencia, entonces vale la pena preguntarse: ¿no es necesario reivindicar la presencia de las mujeres y de valores tradicionalmente femeninos en el posconflicto y en la construcción de la paz?¿Después de 50 años de barbarie masculina, de hegemonía patriarcal, cuál sería su lugar y qué podrían aportar para la construcción de una nueva Colombia?
Creo que lo primero es el coraje del corazón. El posconflicto y la paz verdadera requieren de un coraje que tienen las mujeres en mayor medida que los hombres: ellas no tienen miedo de querer y de entregarse, de sacrificar un poco de egoísmo por amor. Todos necesitamos ese coraje para reunirnos en un pacto social intrépido que defienda a la humanidad por encima de las ideologías, los bandos y los partidos y sobre todo, que atraviese el egoísmo que todos tenemos y las heridas que nos hemos hecho durante medio milenio de inhumanidad.
Pero no perdamos de vista el hecho irrefutable de que las mujeres saben defender mejor la vida. No me malinterpreten: no estoy diciendo que todas las mujeres tienen que ser madres, sino que hay algo que todos tenemos que aprender de la maternidad. Si no cuidamos, si no nutrimos, si no esperamos, si no atendemos, si no sentimos al otro, ninguna paz será real. Si la vida no se erige como valor y bien supremo, si no estamos a su servicio incondicional, si se puede vender o comprar o transar, entonces la paz será un frágil sofisma.
Y ojo, necesitamos que la voz de las mujeres rompa esa estéril historia masculina de próceres y caudillos poseídos por la testosterona y la sed infantil de gloria. Necesitamos que cuenten los nombres de las cosas, el horror de la guerra, que nombren a las heroínas y héroes anónimos que trabajaron para el amor o por un poco de dignidad humana. Necesitamos que nos recuerden que cada estadística es una mentira, porque detrás de los números había carne sintiente y nombres y afectos. Necesitamos que nos digan dónde quedó la ternura, que nos recuerden que detrás de cada muerto había una madre, que nos digan cómo se siente en el útero cuando a un hijo lo mata una guerra entre carteles o una ideología.
Por otro lado, la realidad de una posguerra es un asunto emocional. ¿Dónde ponemos el miedo, el odio, la rabia, la tristeza? ¿Qué haremos con las emociones que enterramos? ¿Cómo soltar el miedo de los huesos para dejar que surja una nueva confianza? ¿Y qué hacer con la rabia de años de tortura y desaparición? ¿ Cómo llorar a nuestros muertos para que el dolor del sacrificio se convierta en una fuerza de paz? Nunca pierdan de vista que detrás de la pulcritud de la ideas, está la fuerza de las emociones. Y tendremos que encararlas para que esta paz sea sostenible. Y este arte de vivir las emociones sin pelear con ellas, de nombrarlas sabiamente, de entender que el otro también las tiene, lo hacen mejor las mujeres.
Esta guerra no se acaba si no cambiamos de zapatos, si no nos ponemos los del otro. Todos tenemos razones para odiar y matar. Pero si todos entendemos que todos tenemos razones para hacerlo, entonces de inmediato nos llega la consciencia de que la guerra no es un asunto personal, sino una gran ceguera que se alimenta de seres humanos enceguecidos. La empatía es una virtud femenina: saberse poner en el lugar del otro. Y creo que si por un momento todos la desarrolláramos un poco, se acabarían los argumentos para matar.
Y por último, no olvidemos de que la paz verdadera no la haremos nosotros, sino los hijos que vienen tras la guerra. El amor de madre, el cuidado de la infancia, la nutrición, la ternura, la atención a los niños, es el verdadero y definitivo antídoto contra la guerra. Debería haber un consenso social en defensa radical de los niños y las madres. Pero todos necesitamos algo de ese amor y esa sensibilidad por los niños, si queremos que algún día llegue la paz.
Por último, necesitamos recuperar la sabiduría del cuerpo, la inteligencia de las sensaciones, el arte del placer. El patriarcado nos ha enseñado a condenar el erotismo y el placer. Y creo que es recuperando esa profunda sabiduría que podremos trascender la insatisfacción que nos lleva a la guerra. “Más amor y menos guerra” decía el lema en los años 60. Y en ese terreno, ya es hora, por favor, de escuchar y sentir a las mujeres.
Recuperar estos valores femeninos es tarea de todos, de hombres y mujeres. Ya las mujeres han desarrollado en gran medida valores masculinos. Es hora de que los hombres le demos un espacio también, sin miedo, a estos valores femeninos. Tal vez podamos decir que el fin de toda guerra va ligado a una plena capitulación entre los sexos.
Una autora:
Riane Eisler, antropóloga y socióloga, nació en Austria y vive en E.U. Propone entender las sociedades desde una perspectiva no patriarcal. En El cáliz y la espada cuestiona que las sociedades humanas en el neolítico estuvieran marcadas por la subordinación de la mujer.
Un autor:
Claudio Naranjo, chileno, pionero de la psicología transpersonal, en El ocaso del patriarcado, dice: “Las cosas están peor que nunca (…)Hay un ecocidio, no solo por la destrucción del ambiente, también de los valores, del sentido de comunidad, del sentido de familia”.
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