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Rosa Tous:»Una mujer sin joyas es una mujer desnuda»

Su trabajo es reconocido en el mundo entero. Con el apellido de su marido y un oso como figura emblemática, ha forjado una marca con un estilo único en el mundo de la joyería. Entramos en su cuartel general a las afueras de Barcelona. Un diamante de mujer.

Por Jairo Dueñas

23 de marzo de 2016

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Sesenta kilómetros y seis túneles me separan de ella. Salgo del centro de Barcelona, atravieso la sierra de Collserola y llego a Manresa, un poblado de 75 mil habitantes agazapado en la ruta a Francia.

Me espera en su búnker, una edificación en piedra, camuflada en un paisaje verde. Antes de subir al corazón de Tous —el lugar de nuestra entrevista— sus asistentes me muestran sus instalaciones. En la primera planta un aviso de neón marca el número 500, me explican que es el contador oficial de almacenes, hace unos días un local en Shangai, China, aumentó la cuenta a 500. ¡Quinientos! 

Unos pasos más adentro del gran salón entramos en un laberinto de escritorios y muebles plásticos de color blanco, llenos de grandes cajones transparentes, cada uno con un gran rótulo, son 500 y cada uno contiene las nuevas joyas para los distintas boutiques esparcidas por el mundo. Alcanzo a leer en algunos gabinetes: Olympia, Mall Kuwait; Bonarka, Cracovia; Houston, Galleria; Nikolskaya, Street Moscow; Mayagüez Mall, Puerto Rico; Gallerias Mall Sonora, Hermosillo; El Retiro, Bogotá… Cada nombre impreso es un lugar en el mapamundi, una vitrina para el oso, su figura emblemática.

Por fin llega el momento de conocerla. En el último piso, Rosa no tiene oficina sino un apartamento para vivir el negocio en familia con su marido y sus cuatro hijas, un gran espacio con muebles blancos en medio de pisos, techos y paredes de un amarillo otoñal, todo contra un gran ventanal. 

Espero a una señora mayor y aparece, al final de un corredor, una mujer resplandeciente con el toque seductor del universo femenino que gira alrededor de James Bond. Su conjunto negro contrasta con su piel ámbar. El color blanco de su pelo parece caer y teñir su blusa impecable de cuello oriental que abre su chaqueta oscura. 

Junto a ella, de un lado su hija Martha, en jeans, tenis rosados y chaqueta blanca; y del otro su marido, Salvador, de jeans y blazer azul petróleo. Sonríe, y no hay duda de que esta mujer tiene un ángel inmenso.

 

“En el 65 nos casamos. Yo no sabía nada, tuve que aprender, tuvimos las cuatro niñas, fui muy lenta, necesité tiempo para conocer la joyería”.

 

“¡Quería ser monja!”

¿Cuál su sentido favorito?

Rosa: La vista. 

 

¿Es minuciosa, lo mira todo?

Rosa: Ahora sí, porque como fui una mala estudiante, me casé a los 18 años, poco preparada, entonces la vista para mi era otra cosa. Ahora que me preguntas, sin pensarlo, así de pronto, me sale la vista y más que nada la curiosidad de saber. No soy curiosa de querer mirar qué hacen los vecinos. No, eso no me gusta, pero sí de conocer, de indagar.

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Rosa, si no se hubiera dedicado a lo que hoy hace, ¿qué andaría haciendo?

Rosa: Si te digo lo que quería ser… ¡Quería ser monja! ¡Imagínate la locura! Como estaba interna y era muy alegre e introvertida, las monjas me querían aunque no fuera buena estudiante y quizás por esto deseaba ser como ellas. 

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Una postal inolvidable de Rosa la estudiante. 

Rosa: Viendo fotos, recuerdo las procesiones en que íbamos todas en fila en los dos lados de la calle, con una vela y todas con el mismo uniforme de falda hasta debajo de la rodilla, azul marino con pliegues, con una chaquetita con cuello blanco y azul, muy clásico.

 

¿Y esa pinta le gustaba?

Rosa: Bueno, era lo que había en aquel momento, piensa que yo no tuve ropa de calle o sea ropa normal, hasta los 15 o 16 años, mientras iba al colegio tenía el abrigo del colegio, el uniforme y zapatos cerrados con cordones y calcetines blancos.

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¿Qué falló para que no fuera monja?

Rosa: Pues que conocí a Salvador, éramos vecinos. Mis padres tenían la zapatería en el número nueve, que era de mi abuela, por lo tanto no se llamaba Oriol, se llamaba Calzados Torra. Era la zapatería más importante que había aquí en Manresa. Y mis suegros tenían la joyería en el número ocho, entonces estábamos frente a frente.

 

¿Quién cruzó la calle?

Salvador: Yo pasé a la zapatería. Voy pegado ahí hasta que esta (con un gesto de su boca señala a Rosa) me dice que sí.

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¿Cuándo empezaron a salir?

Rosa: Tardé un poco de tiempo y, cuando tenía dieciocho años, Salvador me propuso salir y al cabo de 8 días salimos a ver qué, tres o cuatro veces, luego fuimos a esquiar, nuestro deporte de toda la vida. Él tenía una carrera y la perdió, y me supo tan mal que le dije: “ahora podemos ser novios”. Pensé, bueno si realmente me conmovió su derrota es porque algo siento por él, y así fue. Este año cumplo 51 años de casada.

 

¿Cuándo se casaron? 

Rosa: En el 65 nos casamos. Yo no sabía nada, tuve que aprender, tuvimos las cuatro niñas, fui muy lenta, necesité tiempo para conocer la joyería.

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¿Hoy cuál es su ambición?

Rosa: El otro día hacíamos gimnasia con las amigas y me llevé unas piezas de casa para enseñárselas, antes sí que lo hacía, que ponía esfuerzo en vender, ahora me parece que no me gusta forzar a las amigas a que se compren cosas, si quieren, saben dónde estoy. A mí me da igual el dinero, cojones, se necesita el dinero para poder hacer todo ¿no?, pero no soy ambiciosa de dinero, soy ambiciosa de hacer producto. 

 

¿En qué se inspira para hacer sus diseños?

Rosa: Me he inspirado mucho en cosas de la naturaleza, nada complicado, flores, árboles, hojas.

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Salvador: Sabes esto es como lo decía Picasso: “La inspiración viene cuando quiere, pero mejor que te encuentre trabajando”.

 

Y cuando quiere alejarse del trabajo ¿A dónde va? 

Rosa: Vamos el fin de semana a Cadaqués y la pasamos fantástico, y el domingo ya empiezas a pensar lo que habrá el lunes que ya no es tan fantástico.

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¿No tiene un pasatiempo?

Rosa: No he tenido porque mi hobby ha sido el trabajo. Salvador ha encontrado el golf, que me parece extraordinario, aunque me despierte temprano por la mañana, pero ya lo arreglaremos, lo tenemos que hablar.  También esquía y yo no. Tuve que pensar a qué me podía dedicar, entonces he vuelto un poco a lo que hacía antes, a los servicios especiales.

 

¿Servicios especiales? 

Rosa: Como me han gustado siempre mucho las joyas, y cuando vamos a ferias siempre compramos gemas, que a veces no sabemos qué vamos a hacer con ellas, pues entonces un día de los que estaba pensando qué tenía que hacer, empecé a abrir cajones y vi tantas gemas que dije pues ya tengo trabajo, me pongo a montar todas estas gemas que están por aquí, y hago piezas especiales, que pueden ser únicas o ediciones de diez o de doce piezas.

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“Con el oso lo que ocurrió fue que pasando por una tienda de peluches en un viaje a Milán, pensé: “¿por qué no poder hacer un oso para la joyería?”.

  “Yo no sé dibujar”

¿Cómo surge la idea del oso?

Rosa: Con el oso lo que ocurrió fue que pasando por una tienda de peluches en un viaje a Milán, pensé: “¿por qué no poder hacer un oso para la joyería?” Y así fue como empezó, fui con un joyero, yo le enseñé un poco la idea de lo que me gustaba y poquito a poco se convirtió en un oso diferente. Yo no sé dibujar, soy un desastre. Mi hija Martha, por ejemplo, dibuja muy bien. Bueno el oso yo también lo dibujo, pero me queda mal y divertido. 

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Martha: Ahora el oso está más gordito. 

Rosa: Sí está más gordito, era muy delgadito. Con el oso empecé en Manresa. Creo que son 39 años del oso.

 

¿Cuál ha sido la clave de su éxito? 

Rosa: Yo creo que la clave está en que siempre hemos tenido a alguien que nos ha ido empujando. 

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Martha: Por eso, pero lo que has contado también es que los amigos que tenían, que eran joyeros, hablaban del futuro de los hijos y decían: “yo voy a poner una tienda para cada uno y así cada uno tiene lo suyo y ya está”, y vosotros que piensáis un pelín más, decían: “no, lo que tenemos que hacer es algo más grande para que todas puedan vivir de ello y sea de todas”.

Salvador: No sé si sabes que el mayor país consumidor de joyería en el mundo y de largo es India, porque todavía se asocia joyería a dinero, seguridad y futuro. Cuando nos casamos, yo recuerdo que lo que más se vendía eran cadenas y medallas, y no era nada raro porque la gente compraba la medalla porque valía algo, este concepto joya-valor en los países adelantados ha desaparecido. Ahora compramos las cosas porque nos gustan, no porque tengan un valor, entonces nosotros supimos coger este punto de cambio de paradigma.

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Rosa: También creo que la joya nunca se tira, aunque sea de plata, siempre se guarda. Porque te gusta y le pones sentimiento.

 

Pero en Tous no solo hay joyas.

Salvador: Tous es joyería, luego le metemos bolsos, luego relojes, luego le metemos pañuelos, luego le metemos marroquinería pero es joyería que vende joyas de un nivel medio, medio alto, buscando siempre la calidad del servicio al cliente, con la ayuda de todo el equipo humano de Tous. Es que nosotros siempre, en los últimos 30 años, hemos estado haciendo cursos con asesores exteriores para que nos orienten.

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Es su manera de mirarse al espejo para recordar lo que son.

Salvador: Exacto, porque si no, tienes una cierta tendencia a creerte que todo esto es por la gracia de Dios, y que por la gracia de Dios, ¡nada! Tienes que tener a alguien que te esté diciendo: “vuelve a pensar esto”. “¿Tú crees que esto lo haces bien?”. Y esa maldita pregunta ¿Y por qué? te mantiene vivo.

 

¿Y esos asesores que dicen?

Salvador: Que nuestro ADN es joyería, joyas, es lo que sabemos, es lo que entendemos, es lo que queremos, y bienvenidos sean los bolsos y bienvenidos sean los relojes y bienvenidas sean las carteras y el perfume.

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Una palabra clave en su vida.

Rosa: Amor. El amor a muchas cosas, el amor con la pareja, amor por los hijos, por el trabajo, la familia, la palabra recoge mucho.

 

¿Y la palabra Tous?

Rosa: Tous, aunque no sea mi apellido es el de mi marido y el de mis hijas. Yo recuerdo cuando vendíamos un reloj y hacíamos una garantía y firmábamos Rosa Tous, siempre Rosa Tous. Ahora por eso escribo un libro para que la gente sepa que soy Rosa Oriol y no Rosa Tous.

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Salvador: Lo mejor que podrías hacer es que la gente estuviese convencida de que Rosa Tous eres tú.

 

“Lo primero que hago el lunes por la mañana a primera hora, es mirar qué se ha vendido de mis piezas especiales y eso es lo que me da fuerza para seguir haciendo cosas”. 

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  La chica de Manresa

¿Cómo empieza todo?

Rosa: Éramos tres hermanas y la zapatería se la quedó mi hermana mayor. Se llamaba Asunción, y se murió hace 20 años, y mi hermana no tenía hijos, era una mujer muy caprichosa y le gustaban mucho las joyas, entonces, cuando iba a ferias, se encontraba con amigas suyas del mundo de los zapatos. ¿Entonces qué pasó? Que muchas le decían: “ay qué mono esta joya, qué mono este pendiente, qué mono este anillo”, y ella les decía: “me la hace una chica de Manresa”, y empecé a ir a Lérida a ver a mis clientas. Entonces pensé: “por qué no probamos en Lérida, ahí tengo unas clientas y tengo que ir muy a menudo. Entonces antes de ir a Barcelona pusimos la tienda de Lérida.

 

¿En qué año abre su tienda en Barcelona?

Rosa: En el 89, ya habíamos recuperado el dinero de la inversión en Lérida y fue el momento de ir a Barcelona. 

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Salvador: Además también abrimos Madrid. 

Martha: Si, no sé si fue el mismo año. 

Salvador: 88 o 90, pero abrimos Madrid.

 

¿Tiene alguna historia el apellido Tous? 

Salvador: Es un apellido poco común, si coges un listín telefónico de Barcelona y provincia me parece que podríamos ser treinta o cuarenta, en cambio en Mallorca hay más, lo cual me hace pensar que somos originarios de Mallorca. Mi padre era originario de la provincia de Tarragona, a 150 kilómetros de aquí, de un pueblo que se llama Montblanc, venía de allá, su padre también era de por allá.

 

¿Usted viene de tradición relojera?

Salvador: Mi padre era relojero, yo también aprendí de relojero, claro que hace cien años no reparo un reloj, de hecho hemos sido joyeros, no relojeros.

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Rosa: No, pero quizás antes vendíamos más relojes. 

Salvador: Empieza siendo un taller de reparaciones, luego de relojes, luego le pones un complemento de joyería, luego la joyería va tomando peso, luego llega ésta (con un gesto de su boca señala a Rosa) y hace sus creaciones y toma más peso, nos expandimos y toma más peso.

 

¿Se acuerda de lo primero que hizo?

Rosa: Ahora te podría decir, la imagen que tengo de lo primero que hice así especial. Salvador no estaba y vino una cliente que quería una sortija de diamantes, entonces yo recuerdo perfectamente como si fuera hoy, tenía que pesar los diamantes, que no lo había hecho nunca, y le tenía que hacer una sortija con un rosetón y se la vendí, debía tener 20 años y dos de estar en la joyería.

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“La mujer de hoy la entiendo como una mujer joven, joven me refiero a su espíritu porque hay gente de 50 años que es muy joven, mientras hay gente de treinta que es mayor”.

 

Quinientas Rosas

De la Rosa de la primera sortija a la de las 500 tiendas en el mundo, algo cambia.

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Rosa: Claro, no lo hacen como lo hacía yo, entonces lo importante es que la gente que está en las tiendas sepa transmitir y que tenga esas clientas que les encanta que les digas: “mira que ha llegado una pieza y he pensado especialmente en tí”. Esto no se puede dejar de hacer porque a la gente le encanta, le das importancia a las personas. Yo, por ejemplo, lo primero que hago el lunes por la mañana, a primera hora, es mirar qué se ha vendido de mis piezas especiales y eso es lo que me da fuerza para seguir haciendo cosas. 

 

¿Qué pasa por su cabeza con todas esas tiendas?

Rosa: No, nada, que hemos tenido la gran suerte de haber sabido salir de Manresa, viviendo en Manresa. En la peluquería a la que iba entonces siempre me dicen que no hemos cambiado nada.

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Salvador: Y hemos intentado mucho, sin que nos haya costado, no cambiar ni de amigos ni de costumbres, da igual, nosotros hacemos lo mismo ahora que tenemos no sé cuántas tiendas.

Rosa: ¡500!

Salvador: Es una gratificación cuando ves que haces una cosa y sale bien y haces otra y también, ¿sabes? Esto te da una vida y una proyección interesantísima, no es lo mismo que luchar contra entuertos constantemente porque luego te desmoronas.

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¿Cómo fue ese entuerto antes de decidirse a entrar en El  Corte Inglés?

Salvador: Cuando quise entrar a El Corte Inglés, me costó un año convenceros de que entrásemos y casi que tuvimos que entrar de escondidas porque nadie quería ir.

 

Fotos: Cortesía Tous.

 

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