Desde pequeña le vi a mi hija esa vocación de servicio. Además de ser muy inteligente (fue el mejor ICFES del colegio), fue también muy servicial y desprendida con las cosas materiales. Apenas conoció Médicos Sin Fronteras (MSF) en Colombia, dijo que se quería ir con ellos. Yo no entendía muy bien cómo era ese trabajo, así que no me pareció mal. Ella había estudiado Finanzas y Relaciones Internacionales en el Externado y había trabajado con cooperación internacional en entidades como Planeación Nacional, el Das y el Ministerio de Salud. En 1998 se fue a la Universidad Complutense de Madrid a hacer una maestría y empezó el trámite para entrar a MSF. Allá en España hizo cursos hasta que un día me llamó y me dijo que la habían seleccionado y que su primera misión era en Somalia. Ahí empecé, fui consciente de que no les dejan misión en sus países de origen.
Ella empezó a contarme cómo era la realidad de ese país; que, a pesar de todo, los africanos son felices, y que mucho de lo que pasa tiene que ver con su cultura. Los occidentales les han hecho daño porque los acostumbró a vivir con la mano estirada esperando ayuda. Eso es lo bueno del trabajo de mi hija, que viaja y conoce mucho y yo aprendo también.
Lo malo es que le toca vivir en unas condiciones muy difíciles, como cuando vivió en Sudán. Eso fue después de estar dos años en Somalia y otros dos en Angola. Allá no hay un cine, no hay un teatro, pero ella es feliz con su trabajo y eso me deja tranquila. Ahora está en Paquistán y le ofrece algunas comodidades más, aunque le toca viajar a sitios peligrosos.
Vivo pendiente de las noticias internacionales, y cuando pasa algo cerca de donde está, la llamo. Ella me tranquiliza y me explica que MSF siempre elige sitios seguros y tranquilos para sus misiones. Nunca ha estado en peligro de muerte.
Cuando estuvo en Bolivia, estuve más tranquila; al finalizar su contrato nos encontramos en Cusco. Esa es la otra ventaja del trabajo de mi hija, que cada año nos encontramos en un lugar distinto del mundo. La primera vez fue en Londres, porque mis otras dos hijas estaban estudiando allá. Otras dos veces más en Estados Unidos. Y en 2007 nos vimos en Nairobi, en el matrimonio de ella con Timothy.
De tanto estar en África tenía que salir enamorada de un africano. Ella me contaba de su romance y de lo bueno que era con ella y cómo su familia la quería. Yo le creí, ella no es una adolescente y ha demostrado ser sensata ¿Qué más le podía yo decir? Pues que fuera feliz.
Hay mucha gente que me dice, “¡cómo se fue a casar con un africano, por qué no con un gringo o un europeo!”. Yo no les pongo cuidado. Si mi hija es feliz, así está bien.
El matrimonio fue civil y un pastor amigo del papá de Timothy les dio la bendición. Yo hubiera preferido que se casara aquí, por lo católico, pero eso de las religiones no me afecta. Soy de pensamiento abierto. Él es coordinador logístico y ella coordinadora financiera y han trabajado juntos en misiones desde el 2005. Dentro de poco se irá para Nariobi, como coordinadora regional para Sudán y Sudán del sur, Etiopía e India. Tendrá que viajar mucho más.
Yo creo que Mónica tiene que pensar en el retiro porque una persona que vive en medio de tanta tragedia se agota rápido; ella dice que todavía no. Creo que ella no volverá a Colombia y eso me preocupa. Ya echó raíces en Kenia, pero qué le vamos a hacer, que esté donde sea mejor. Yo no soy mamá gallina de esas que desean que sus hijos estén ahí al lado. Lo importante es que ella se sienta realizada”.
Foto: Juan José Horta.